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Edicion 212

   ENTRE LAS MEDALLAS DE cobre conquistadas por el Partido Acción Nacional (PAN) durante sus primeros cien meses de ocupación  de Los Pinos está, en primer término, la del campeonato en ineptitud, revalidado a partir de 2006, a la que en el transcurso se han agregado diversos records mundiales en innumerables disciplinas, llámense culturales, económicas o sociales.

Existe, sin embargo, un liderato en el que el PAN ha resultado imbatible desde su fundación en 1939: El de un verbalismo procaz en el que el panismo ha instituido la diatriba y la insolencia como ruines armas  contra sus adversarios políticos, lo mismo si están en el poder que en la oposición.

Conviene, en abono a los padres fundadores del PAN, hacer una obligada distinci√≥n: √©stos, poseedores de una cultura general que incluso les permiti√≥ producir pensamiento pol√≠tico y sociol√≥gico, usaron p√ļblicamente -en la lucha de los contrarios- la s√°tira pol√≠tica con cierto grado de elegancia y eficacia que hicieron a sus destinatarios morder el polvo del rid√≠culo.

Hacia la d√©cada de los ochenta del siglo pasado, con el arribo del neopanismo, cuya expresi√≥n m√°s enervada fueron Los b√°rbaros del norte, las bocas de ganso de ese partido se refugiaron en la clandestinidad para, desde ah√≠, generar, no un discurso, sino una exclamatoria soez, tope en lo cual el √ļltimo ide√≥logo de esa formaci√≥n partidista, el difunto Carlos Castillo Peraza, reputado como mentor ideol√≥gico de Felipe Calder√≥n Hinojosa, no escatim√≥ la calificaci√≥n de victoria cultural a la lograda por el PAN con su ascenso electoral.

En el degradado y degradante tr√°nsito de la moralidad a toda costa al relativismo moral, y de √©ste a la galopante inmoralidad pol√≠tica, el PAN se hizo eco de la cerril e injuriosa ignorancia de Vicente Fox Quesada, y lleg√≥ a pensarse -al menos los militantes hist√≥ricos lo pensaron- que, en ese aspecto, en el sexenio pasado el partido hab√≠a tocado fondo en su miseria intelectual. Pero faltaba a√ļn que llegara a la jefatura nacional Germ√°n Mart√≠nez C√°zares para convencer de que aquella percepci√≥n, o esperanza m√°s bien, era ilusoria.

Martínez Cázares viene de la subcultura parlamentaria que consagró los arreglos legislativos en lo oscurito de la entonces diputada y coordinadora priista Elba Esther Gordillo Morales (2003), quien, en la hora de la ruptura, de sus correligionarios partidistas más conspicuos solía decir que operaban desde los sótanos y las cloacas de la política. Como lo informa la conseja popular, el alumno ha superado ahora a su maestra, producto ella misma de las más inmundas ciénegas.

Con los antecedentes anotados (el hilo conductor de esa cafre-cultura del subdesarrollo pol√≠tico puede documentarse con creces en el √≥rgano oficial del PAN, La Naci√≥n, o en los volanteos de campa√Īa electoral), resulta ocioso culpar a los asesores mercadot√©cnicos extranjeros -sean gringos o gachupines- de la autodegradaci√≥n del partido. Si acaso, √©stos s√≥lo pusieron al d√≠a la utilizaci√≥n de la propaganda negra patentada por los reg√≠menes fascistas para denigrar al adversario, al que elevaron para sus aviesos fines al rango de enemigo.

Por supuesto, el empleo de la guerra sucia no es privativo del actual jefe nacional del PAN. Se le personaliza, porque es la representaci√≥n de una formaci√≥n que gustaba ser identificada como ‚Äúel partido de la gente decente‚ÄĚ y porque, sobre todo, es el partido en el poder. Cuando el PAN cre√≠a poseer el monopolio de la oposici√≥n, en cada proceso electoral reclamaba por sistema al presidente de la Rep√ļblica en turno, priista desde luego, no hacer uso sectario, faccioso, abusivo pues, de una investidura instituida para el gobierno de ‚Äútodos los mexicanos‚ÄĚ, sin distinci√≥n de clase, credo o partido. Hoy, del otro lado de la mesa, el PAN echa mano de todos los recursos m√°s innobles, ahora potenciados por la tecnolog√≠a medi√°tica, para perpetuarse a la mala en el poder, tan cuestionado desde su origen que sus detractores lo sustancian en una sola palabra: usurpaci√≥n.

Es obvio, que cualquier exigencia de rectificaci√≥n resulta ingenua, habida cuenta que partidos y autoridad electoral, administrativa o judicial, forman parte de un mismo entramado que tiene a la democracia por mera coartada. Eso no obsta para dejar constancia de un fen√≥meno de corrupci√≥n que parece haber llegado para quedarse. ¬ŅCon qu√© cara se pide, entonces, que el ciudadano del llano hipoteque su confianza participando en la organizaci√≥n de las elecciones o emitiendo el sufragio, si los resultados finales se dejan sellados en paquetes blindados por un secreto m√°s inescrutable que el bancario o fiduciario, bajo el cual se pretende encubrir todo el inventario de bellaquer√≠as perpetradas desde el poder p√ļblico?¬†¬†¬†¬†¬†¬† ¬†




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