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Edición 243 | |||
Martes, 28 de Septiembre de 2010 14:21 | |||
El apátrida RAYMUNDO RIVA PALACIO
Ernesto Zedillo fue invitado a la ceremonia de El Grito del Bicentenario como ex presidente de México y no fue. Su ausencia provocó indignación entre políticos y reclamos por lo que llamaron un “desaire”. En realidad no lo es. Zedillo es probablemente el Presidente más distante y solitario que ha habido, incluido para con sus colaboradores, más miserable como ser humano, y más vengativo. Estas palabras no lo califican; lo definen en su esencia y su personalidad. Zedillo pasará a la Historia de México con letras de oro por haber sido el Presidente priista que facilitó la alternancia en el poder. Será injusto, pues ese relevo no se dio por un diseño de construcción de la democracia, ni por un trabajo de transición pactada -como sucedió en países como España y Chile- a Zedillo no le importaba la política; tampoco era un demócrata. Era un fundamentalista que detestaba la política, a los políticos y al PRI, que se dedicó a dirigir la política económica durante su sexenio y delegó los asuntos políticos en sus subalternos.
También, porque el entonces superasesor presidencial José Córdoba, José Córdoba, saboteó la segunda selección del ex presidente Carlos Salinas, Francisco Rojas, en ese entonces director de Pemex y por su equipo íntimo. Nunca lo consideraron un buen economista. Zedillo era despreciado por Salinas y cuando en los días posteriores al asesinato de Colosio llegaron a mencionar su nombre en Los Pinos, entre los más cercanos al ex Presidente lo consideraban un zoquete. Y con la invención del delito de asesinato contra Raúl Salinas Zedillo se vengó con una campaña contra Salinas, encontrando en ellos a los chivos expiatorios para desviar la atención de la crisis económica que provocó a los 19 días de haber llegado al poder por un mal manejo del deslizamiento del peso, en el llamado “error de diciembre”.
En Los Pinos trabajó de secretario de Hacienda, y todos los sábados, con su jefe de asesores Luis Téllez y el subsecretario Santiago Levy, definían la estrategia económica.
La política la delegó en el segundo secretario de Gobernación, Emilio Chuayffet, quien frenó los acuerdos de San Andrés Larráinzar con el EZLN, y por su negligencia creó las condiciones para que paramilitares asesinaran a 45 mujeres y niños tzotziles en Acteal. A salir Chuayffet por el escándalo mundial, la política quedó en manos de su secretario particular, Liébano Sáenz, quien se encargó de la campaña mediática contra el ex Presidente Salinas.
Años después, Zedillo ya fuera de México, ambos fueron a ver a Salinas a pedirle perdón por los agravios que cometieron en su contra. Perdonó a Chuayffet, pero nunca a Sáenz. Sáenz siempre lo apoyó, inclusive en la campaña de Colosio donde Zedillo era un apestado, y fue su hombre más leal y eficaz. Pero ni con él mostró Zedillo un gesto de agradecimiento. Cuando años después se atrevió a pedirle una carta de recomendación para acompañar la solicitud de ingreso de su hijo a una universidad estadounidense, su ex jefe, en cuyo hombro lloró cuando asesinaron a Colosio, le dijo que no. Al irse de México no rompió totalmente con su círculo íntimo, pero se alejó totalmente de ellos. Los usó, y luego los desechó.
En realidad, quienes lo hicieron fueron otros. Téllez, por un lado, quien persuadió al entonces jefe de Gabinete, Leo Panetta, que la Casa Blanca entendiera que la crisis de México sería un problema de seguridad nacional para Estados Unidos. Guillermo Ortiz, por otro lado, quien como secretario de Hacienda le dijo en Washington a su par, Lloyd Bentsen, que si no apoyaban financieramente a México, declararían la moratoria a su deuda. Una consecuencia, acordada o no, fue que Zedillo regaló la banca a los extranjeros y rescató a los que más tenían en México.
Washington, feliz de que un panista llegara al poder, lo premió. Hizo a Zedillo miembro de más de una decena de consejos de administración de multinacionales, lo colocaron en un cargo en las Naciones Unidas y le abrieron la puerta en la Universidad de Yale, donde los maestros están resentidos con él porque ni da clases ni es tutor de ningún alumno, como esa la norma.
Hace años su corazón dejó de ser tricolor para pintarse con barras y estrellas. Yes, sir.
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