joomla visitor
AuditorŪa
C√≥mo se forma la ‚Äúopini√≥n p√ļblica‚ÄĚ
Buscar Autor o Artículo
ÔĽŅ
PULSE LA TECLA ENTER
Voces Diario
Banner
Noticias
389 Suplemento
Banner
Voces del Periodista EnVivo
Banner
Radioteca
Posada del Periodista
Banner
Club de Periodistas
408
407
Banner
406
Banner
405
Banner
ÔĽŅ
Edición 275

 

Texto inédito

 

C√≥mo se forma la ‚Äúopini√≥n p√ļblica‚ÄĚ

 

PIERRE BOURDIEU*

 

* Le Monde Diplomatique

 

 

Un hombre oficial es un ventr√≠locuo que habla en nombre del Estado: toma una postura oficial -habr√≠a que describir la puesta en escena de lo oficial-, habla a favor y en nombre del grupo al que se dirige, habla por y en nombre de todos, habla en tanto que representante de lo universal. Aqu√≠ llegamos a la noci√≥n moderna de opini√≥n p√ļblica. ¬ŅQu√© es esta opini√≥n p√ļblica que invocan los creadores de derecho de las sociedades modernas, sociedades en las cuales el Derecho existe? T√°citamente, es la opini√≥n de todos, de la mayor√≠a o de aquellos que cuentan, de aquellos que son dignos de tener una opini√≥n. Pienso que la definici√≥n patente en una sociedad que se dice democr√°tica, es decir donde la opini√≥n oficial es la opini√≥n de todos, oculta una definici√≥n latente, a saber, que la opini√≥n p√ļblica es la opini√≥n de los que son dignos de tener una opini√≥n.

 

Hay una especie de definici√≥n censitaria de la opini√≥n p√ļblica como opini√≥n ilustrada, como opini√≥n digna de ese nombre. La l√≥gica de las comisiones oficiales es crear un grupo as√≠ constituido que exhiba todos los signos exteriores, socialmente reconocidos y reconocibles, de la capacidad de expresar la opini√≥n digna de ser expresada, y en las formas establecidas. Uno de los criterios t√°citos m√°s importantes para seleccionar a los miembros de la comisi√≥n, en especial a su presidente, es la intuici√≥n que tiene la gente encargada de componer la comisi√≥n de que la persona considerada conoce las reglas t√°citas del universo burocr√°tico y las reconoce: en otras palabras, alguien que sabe jugar el juego de la comisi√≥n de manera leg√≠tima, que va m√°s all√° de las reglas del juego, que legitima el juego; nunca se est√° m√°s en el juego que cuando se va m√°s all√° del juego. En todo juego existen las reglas y el fair-play. A prop√≥sito del hombre kabil, o del mundo intelectual, yo hab√≠a empleado la f√≥rmula: la excelencia, en la mayor√≠a de las sociedades, es el arte de jugar con la regla del juego, haciendo de ese juego con la regla del juego un supremo homenaje al juego.

 

El transgresor controlado se opone completamente al her√©tico. El grupo dominante coopta miembros a partir de √≠ndices m√≠nimos de comportamiento, que son el arte de respetar la regla del juego hasta en las transgresiones reguladas de la regla del juego: el decoro, la compostura. Es la c√©lebre frase de Chamfort: ‚ÄúEl Gran Vicario puede sonre√≠r sobre un tema contra la Religi√≥n, el Obispo re√≠r con ganas, el Cardenal agregar lo que tenga que decir‚ÄĚ. Cuanto m√°s se asciende en la jerarqu√≠a de las excelencias, m√°s se puede jugar con la regla del juego, pero ex officio, a partir de una posici√≥n que no admita ninguna duda. El humor anticlerical del cardenal es supremamente clerical.

 

La verdad de todos

 

La opini√≥n p√ļblica siempre es una especie de doble realidad. Es lo que no puede dejarse de invocar cuando se quiere legislar sobre terrenos no constituidos. Cuando se dice ‚ÄúHay un vac√≠o jur√≠dico‚ÄĚ (expresi√≥n extraordinaria) a prop√≥sito de la eutanasia o de los beb√©s de probeta, se convoca a gente que trabajar√° aplicando toda su autoridad. Dominique Memmi describe un comit√© de √©tica [sobre la procreaci√≥n artificial], compuesto por personas dis√≠miles -psic√≥logos, soci√≥logos, mujeres, feministas, arzobispos, rabinos, eruditos, etc√©tera- cuyo objetivo es transformar una suma de idiolectos √©ticos en un discurso universal que llene un vac√≠o jur√≠dico, es decir que aporte una soluci√≥n oficial a un problema dif√≠cil que trastorna a la sociedad -legalizar el alquiler de vientres, por ejemplo.

 

Si se trabaja en ese tipo de situaci√≥n, debe invocarse una opini√≥n p√ļblica. En ese contexto, resulta muy clara la funci√≥n impartida a las encuestas. Decir ‚Äúlas encuestas est√°n de nuestra parte‚ÄĚ, equivale a decir ‚ÄúDios est√° de nuestra parte‚ÄĚ, en otro contexto. Pero el tema de las encuestas es engorroso, porque a veces la opini√≥n ilustrada est√° contra la pena de muerte, mientras que los sondeos est√°n m√°s bien a favor. ¬ŅQu√© hacer? Se forma una comisi√≥n. La comisi√≥n constituye una opini√≥n p√ļblica esclarecida que instituir√° la opini√≥n ilustrada como opini√≥n leg√≠tima en nombre de la opini√≥n p√ļblica -que, por otra parte, dice lo contrario o no piensa nada (lo que suele ocurrir a prop√≥sito de muchos temas). Una de las propiedades de las encuestas consiste en plantearle a la gente problemas que ella no se plantea, en sugerir respuestas a problemas que ella no se ha planteado; por lo tanto, a imponer respuestas.

 

No es cuestión de sesgos en la construcción de las muestras, es el hecho de imponer a todo el mundo preguntas que se le formulan a la opinión ilustrada y, por este hecho, producir respuestas de todos sobre problemas que se plantean sólo algunos; por lo tanto dar respuestas ilustradas, puesto que han sido producidas por la pregunta: se han creado para la gente preguntas que no existían para ella, cuando lo que realmente le importaba, era la cuestión en sí.

 

Voy a traducirles sobre la marcha un texto de Alexander Mackinnon de 1828 extra√≠do de un libro de Peel sobre Herbert Spencer. Mackinnon define la opini√≥n p√ļblica; da la definici√≥n que ser√≠a oficial si no fuera inconfesable en una sociedad democr√°tica. Cuando se habla de opini√≥n p√ļblica, siempre se juega un doble juego entre la definici√≥n confesable (la opini√≥n de todos) y la opini√≥n autorizada y eficiente que se obtiene como subconjunto restringido de la opini√≥n p√ļblica democr√°ticamente definida: ‚ÄúEs ese sentimiento sobre cualquier tema que es cultivado, producido por las personas m√°s informadas, m√°s inteligentes y m√°s morales de la comunidad. Esta opini√≥n se extiende gradualmente y es adoptada por todas las personas con alguna educaci√≥n y sentimiento que conviene a un Estado civilizado‚ÄĚ. La verdad de los dominantes deviene la de todos.

 

Cómo legitimar un discurso

 

En los a√Īos 1880, en la Asamblea Nacional se dec√≠a abiertamente lo que la sociolog√≠a tuvo que redescubrir, es decir, que el sistema escolar deb√≠a eliminar a los ni√Īos de las clases m√°s desfavorecidas. Al principio se planteaba la cuesti√≥n, pero luego fue totalmente reprimida ya que, sin que se lo pidiera, el sistema escolar se puso a hacer lo que se esperaba de √©l. Entonces, no hubo necesidad de hablar sobre el tema. El inter√©s del retorno sobre la g√©nesis es muy importante, porque en los comienzos hay debates donde se dicen con todas las letras cosas que, despu√©s, aparecen como provocadoras revelaciones de los soci√≥logos. El reproductor de lo oficial sabe producir -en el sentido etimol√≥gico del t√©rmino: producere significa ‚Äúhacer avanzar‚ÄĚ-, teatraliz√°ndolo, algo que no existe (en el sentido de lo sensible, visible), y en nombre de lo cual habla. Debe producir eso en nombre de lo que tiene el derecho de producir. No puede no teatralizar, ni dar forma, ni hacer milagros. Para un creador verbal, el milagro m√°s com√ļn es el milagro verbal, el √©xito ret√≥rico; debe producir la puesta en escena de lo que autoriza su decir, dicho de otra manera, de la autoridad en nombre de la cual est√° autorizado a hablar.

 

Encuentro la definici√≥n de la prosopopeya que estaba buscando: ‚ÄúFigura ret√≥rica por la cual se hace hablar y actuar a una persona que es evocada, a un ausente, a un muerto, un animal, una cosa personificada‚ÄĚ. Y en el diccionario, que siempre es un formidable instrumento, se encuentra esta frase de Baudelaire hablando de la poes√≠a: ‚ÄúManejar sabiamente una lengua es practicar una especie de hechicer√≠a evocatoria‚ÄĚ. Los letrados, los que manipulan una lengua erudita -como los juristas y los poetas-, tienen que poner en escena el referente imaginario en nombre del cual hablan y que ellos producen hablando en las formas; tienen que hacer existir eso que expresan y aquello en nombre de lo cual se expresan. Deben simult√°neamente producir un discurso y producir la creencia en la universalidad de su discurso mediante la producci√≥n sensible (en el sentido de evocar los esp√≠ritus, los fantasmas -el Estado es un fantasma‚Ķ-) de esa cosa que garantizar√° lo que ellos hacen: ‚Äúla naci√≥n‚ÄĚ, ‚Äúlos trabajadores‚ÄĚ, ‚Äúel pueblo‚ÄĚ, ‚Äúel secreto de Estado‚ÄĚ, ‚Äúla seguridad nacional‚ÄĚ, ‚Äúla demanda social‚ÄĚ, etc√©tera.

 

Percy Schramm mostró cómo las ceremonias de coronación eran la transferencia, en el orden político, de ceremonias religiosas. Si el ceremonial religioso puede transferirse tan fácilmente a las ceremonias políticas mediante la ceremonia de la coronación, es porque en ambos casos se trata de hacer creer que hay un fundamento del discurso que sólo aparece como auto-fundador, legítimo, universal porque hay teatralización -en el sentido de evocación mágica, de brujería- del grupo unido y que consiente el discurso que lo une. De allí el ceremonial jurídico.

 

El historiador ingl√©s E. P. Thompson insisti√≥ en el rol de la teatralizaci√≥n jur√≠dica en el siglo XVIII ingl√©s ‚Äďlas pelucas, etc.‚Äď, que no puede comprenderse en su totalidad si no se considera que no es un simple artefacto, en el sentido de Pascal, que vendr√≠a a agregarse: es constitutiva del acto jur√≠dico. Impartir justicia en un traje convencional es arriesgado: se corre el riesgo de perder la pompa del discurso. Siempre se habla de reformar el lenguaje jur√≠dico sin nunca hacerlo, porque es la √ļltima de las vestiduras: los reyes desnudos ya no son carism√°ticos.

 

Puro teatro

 

Una de las dimensiones m√°s importantes de la teatralizaci√≥n es la teatralizaci√≥n del inter√©s por el inter√©s general; es la teatralizaci√≥n de la convicci√≥n del inter√©s por lo universal, del desinter√©s del hombre pol√≠tico -teatralizaci√≥n de la creencia del sacerdote, de la convicci√≥n del hombre pol√≠tico, de su fe en lo que hace. Si la teatralizaci√≥n de la convicci√≥n forma parte de las condiciones t√°citas del ejercicio de la profesi√≥n del cl√©rigo -si un profesor de filosof√≠a tiene que aparentar creer en la filosof√≠a-, es porque ello constituye el homenaje esencial del oficial-hombre a lo oficial; es lo que hay que agregarle a lo oficial para ser un oficial: hay que agregar el desinter√©s, la fe en lo oficial, para ser un verdadero oficial. El desinter√©s no es una virtud secundaria: es la virtud pol√≠tica de todos los mandatarios. Las locuras de los curas, los esc√°ndalos pol√≠ticos, son el desmoronamiento de esta especie de creencia pol√≠tica en la cual todo el mundo act√ļa de mala fe, ya que la creencia es una suerte de mala fe colectiva, en el sentido sartreano: un juego en el cual todo el mundo se miente y miente a los otros sabiendo que se mienten. Esto es lo oficial‚Ķ

 

 

 

 

{vozmestart}
{vozmeend}

{vozmestart}

C√≥mo se forma la ‚Äúopini√≥n p√ļblica‚ÄĚ

 

PIERRE BOURDIEU*

 

Un hombre oficial es un ventr√≠locuo que habla en nombre del Estado: toma una postura oficial -habr√≠a que describir la puesta en escena de lo oficial-, habla a favor y en nombre del grupo al que se dirige, habla por y en nombre de todos, habla en tanto que representante de lo universal. Aqu√≠ llegamos a la noci√≥n moderna de opini√≥n p√ļblica. ¬ŅQu√© es esta opini√≥n p√ļblica que invocan los creadores de derecho de las sociedades modernas, sociedades en las cuales el Derecho existe? T√°citamente, es la opini√≥n de todos, de la mayor√≠a o de aquellos que cuentan, de aquellos que son dignos de tener una opini√≥n. Pienso que la definici√≥n patente en una sociedad que se dice democr√°tica, es decir donde la opini√≥n oficial es la opini√≥n de todos, oculta una definici√≥n latente, a saber, que la opini√≥n p√ļblica es la opini√≥n de los que son dignos de tener una opini√≥n.

 

Hay una especie de definici√≥n censitaria de la opini√≥n p√ļblica como opini√≥n ilustrada, como opini√≥n digna de ese nombre. La l√≥gica de las comisiones oficiales es crear un grupo as√≠ constituido que exhiba todos los signos exteriores, socialmente reconocidos y reconocibles, de la capacidad de expresar la opini√≥n digna de ser expresada, y en las formas establecidas. Uno de los criterios t√°citos m√°s importantes para seleccionar a los miembros de la comisi√≥n, en especial a su presidente, es la intuici√≥n que tiene la gente encargada de componer la comisi√≥n de que la persona considerada conoce las reglas t√°citas del universo burocr√°tico y las reconoce: en otras palabras, alguien que sabe jugar el juego de la comisi√≥n de manera leg√≠tima, que va m√°s all√° de las reglas del juego, que legitima el juego; nunca se est√° m√°s en el juego que cuando se va m√°s all√° del juego. En todo juego existen las reglas y el fair-play. A prop√≥sito del hombre kabil, o del mundo intelectual, yo hab√≠a empleado la f√≥rmula: la excelencia, en la mayor√≠a de las sociedades, es el arte de jugar con la regla del juego, haciendo de ese juego con la regla del juego un supremo homenaje al juego.

 

El transgresor controlado se opone completamente al her√©tico. El grupo dominante coopta miembros a partir de √≠ndices m√≠nimos de comportamiento, que son el arte de respetar la regla del juego hasta en las transgresiones reguladas de la regla del juego: el decoro, la compostura. Es la c√©lebre frase de Chamfort: ‚ÄúEl Gran Vicario puede sonre√≠r sobre un tema contra la Religi√≥n, el Obispo re√≠r con ganas, el Cardenal agregar lo que tenga que decir‚ÄĚ. Cuanto m√°s se asciende en la jerarqu√≠a de las excelencias, m√°s se puede jugar con la regla del juego, pero ex officio, a partir de una posici√≥n que no admita ninguna duda. El humor anticlerical del cardenal es supremamente clerical.

 

La verdad de todos

La opini√≥n p√ļblica siempre es una especie de doble realidad. Es lo que no puede dejarse de invocar cuando se quiere legislar sobre terrenos no constituidos. Cuando se dice ‚ÄúHay un vac√≠o jur√≠dico‚ÄĚ (expresi√≥n extraordinaria) a prop√≥sito de la eutanasia o de los beb√©s de probeta, se convoca a gente que trabajar√° aplicando toda su autoridad. Dominique Memmi describe un comit√© de √©tica [sobre la procreaci√≥n artificial], compuesto por personas dis√≠miles -psic√≥logos, soci√≥logos, mujeres, feministas, arzobispos, rabinos, eruditos, etc√©tera- cuyo objetivo es transformar una suma de idiolectos √©ticos en un discurso universal que llene un vac√≠o jur√≠dico, es decir que aporte una soluci√≥n oficial a un problema dif√≠cil que trastorna a la sociedad -legalizar el alquiler de vientres, por ejemplo.

RAPIERRE

Si se trabaja en ese tipo de situaci√≥n, debe invocarse una opini√≥n p√ļblica. En ese contexto, resulta muy clara la funci√≥n impartida a las encuestas. Decir ‚Äúlas encuestas est√°n de nuestra parte‚ÄĚ, equivale a decir ‚ÄúDios est√° de nuestra parte‚ÄĚ, en otro contexto. Pero el tema de las encuestas es engorroso, porque a veces la opini√≥n ilustrada est√° contra la pena de muerte, mientras que los sondeos est√°n m√°s bien a favor. ¬ŅQu√© hacer? Se forma una comisi√≥n. La comisi√≥n constituye una opini√≥n p√ļblica esclarecida que instituir√° la opini√≥n ilustrada como opini√≥n leg√≠tima en nombre de la opini√≥n p√ļblica -que, por otra parte, dice lo contrario o no piensa nada (lo que suele ocurrir a prop√≥sito de muchos temas). Una de las propiedades de las encuestas consiste en plantearle a la gente problemas que ella no se plantea, en sugerir respuestas a problemas que ella no se ha planteado; por lo tanto, a imponer respuestas.

 

No es cuestión de sesgos en la construcción de las muestras, es el hecho de imponer a todo el mundo preguntas que se le formulan a la opinión ilustrada y, por este hecho, producir respuestas de todos sobre problemas que se plantean sólo algunos; por lo tanto dar respuestas ilustradas, puesto que han sido producidas por la pregunta: se han creado para la gente preguntas que no existían para ella, cuando lo que realmente le importaba, era la cuestión en sí.

 

Voy a traducirles sobre la marcha un texto de Alexander Mackinnon de 1828 extra√≠do de un libro de Peel sobre Herbert Spencer. Mackinnon define la opini√≥n p√ļblica; da la definici√≥n que ser√≠a oficial si no fuera inconfesable en una sociedad democr√°tica. Cuando se habla de opini√≥n p√ļblica, siempre se juega un doble juego entre la definici√≥n confesable (la opini√≥n de todos) y la opini√≥n autorizada y eficiente que se obtiene como subconjunto restringido de la opini√≥n p√ļblica democr√°ticamente definida: ‚ÄúEs ese sentimiento sobre cualquier tema que es cultivado, producido por las personas m√°s informadas, m√°s inteligentes y m√°s morales de la comunidad. Esta opini√≥n se extiende gradualmente y es adoptada por todas las personas con alguna educaci√≥n y sentimiento que conviene a un Estado civilizado‚ÄĚ. La verdad de los dominantes deviene la de todos.

 

Cómo legitimar un discurso

En los a√Īos 1880, en la Asamblea Nacional se dec√≠a abiertamente lo que la sociolog√≠a tuvo que redescubrir, es decir, que el sistema escolar deb√≠a eliminar a los ni√Īos de las clases m√°s desfavorecidas. Al principio se planteaba la cuesti√≥n, pero luego fue totalmente reprimida ya que, sin que se lo pidiera, el sistema escolar se puso a hacer lo que se esperaba de √©l. Entonces, no hubo necesidad de hablar sobre el tema. El inter√©s del retorno sobre la g√©nesis es muy importante, porque en los comienzos hay debates donde se dicen con todas las letras cosas que, despu√©s, aparecen como provocadoras revelaciones de los soci√≥logos. El reproductor de lo oficial sabe producir -en el sentido etimol√≥gico del t√©rmino: producere significa ‚Äúhacer avanzar‚ÄĚ-, teatraliz√°ndolo, algo que no existe (en el sentido de lo sensible, visible), y en nombre de lo cual habla. Debe producir eso en nombre de lo que tiene el derecho de producir. No puede no teatralizar, ni dar forma, ni hacer milagros. Para un creador verbal, el milagro m√°s com√ļn es el milagro verbal, el √©xito ret√≥rico; debe producir la puesta en escena de lo que autoriza su decir, dicho de otra manera, de la autoridad en nombre de la cual est√° autorizado a hablar.

 

Encuentro la definici√≥n de la prosopopeya que estaba buscando: ‚ÄúFigura ret√≥rica por la cual se hace hablar y actuar a una persona que es evocada, a un ausente, a un muerto, un animal, una cosa personificada‚ÄĚ. Y en el diccionario, que siempre es un formidable instrumento, se encuentra esta frase de Baudelaire hablando de la poes√≠a: ‚ÄúManejar sabiamente una lengua es practicar una especie de hechicer√≠a evocatoria‚ÄĚ. Los letrados, los que manipulan una lengua erudita -como los juristas y los poetas-, tienen que poner en escena el referente imaginario en nombre del cual hablan y que ellos producen hablando en las formas; tienen que hacer existir eso que expresan y aquello en nombre de lo cual se expresan. Deben simult√°neamente producir un discurso y producir la creencia en la universalidad de su discurso mediante la producci√≥n sensible (en el sentido de evocar los esp√≠ritus, los fantasmas -el Estado es un fantasma‚Ķ-) de esa cosa que garantizar√° lo que ellos hacen: ‚Äúla naci√≥n‚ÄĚ, ‚Äúlos trabajadores‚ÄĚ, ‚Äúel pueblo‚ÄĚ, ‚Äúel secreto de Estado‚ÄĚ, ‚Äúla seguridad nacional‚ÄĚ, ‚Äúla demanda social‚ÄĚ, etc√©tera.

 

Percy Schramm mostró cómo las ceremonias de coronación eran la transferencia, en el orden político, de ceremonias religiosas. Si el ceremonial religioso puede transferirse tan fácilmente a las ceremonias políticas mediante la ceremonia de la coronación, es porque en ambos casos se trata de hacer creer que hay un fundamento del discurso que sólo aparece como auto-fundador, legítimo, universal porque hay teatralización -en el sentido de evocación mágica, de brujería- del grupo unido y que consiente el discurso que lo une. De allí el ceremonial jurídico.

 

El historiador ingl√©s E. P. Thompson insisti√≥ en el rol de la teatralizaci√≥n jur√≠dica en el siglo XVIII ingl√©s ‚Äďlas pelucas, etc.‚Äď, que no puede comprenderse en su totalidad si no se considera que no es un simple artefacto, en el sentido de Pascal, que vendr√≠a a agregarse: es constitutiva del acto jur√≠dico. Impartir justicia en un traje convencional es arriesgado: se corre el riesgo de perder la pompa del discurso. Siempre se habla de reformar el lenguaje jur√≠dico sin nunca hacerlo, porque es la √ļltima de las vestiduras: los reyes desnudos ya no son carism√°ticos.

 

Puro teatro

Una de las dimensiones m√°s importantes de la teatralizaci√≥n es la teatralizaci√≥n del inter√©s por el inter√©s general; es la teatralizaci√≥n de la convicci√≥n del inter√©s por lo universal, del desinter√©s del hombre pol√≠tico -teatralizaci√≥n de la creencia del sacerdote, de la convicci√≥n del hombre pol√≠tico, de su fe en lo que hace. Si la teatralizaci√≥n de la convicci√≥n forma parte de las condiciones t√°citas del ejercicio de la profesi√≥n del cl√©rigo -si un profesor de filosof√≠a tiene que aparentar creer en la filosof√≠a-, es porque ello constituye el homenaje esencial del oficial-hombre a lo oficial; es lo que hay que agregarle a lo oficial para ser un oficial: hay que agregar el desinter√©s, la fe en lo oficial, para ser un verdadero oficial. El desinter√©s no es una virtud secundaria: es la virtud pol√≠tica de todos los mandatarios. Las locuras de los curas, los esc√°ndalos pol√≠ticos, son el desmoronamiento de esta especie de creencia pol√≠tica en la cual todo el mundo act√ļa de mala fe, ya que la creencia es una suerte de mala fe colectiva, en el sentido sartreano: un juego en el cual todo el mundo se miente y miente a los otros sabiendo que se mienten. Esto es lo oficial‚Ķ

* Le Monde Diplomatique

{vozmeend}

 



Comentarios (0)Add Comment
Escribir comentario
 
 
corto | largo
 

busy
¬ŅQui√©n est√° en l√≠nea?
Tenemos 452 invitados conectado(s)
Tenemos visitas de:

224
Banner
273 Suplemento
Banner
404
Banner
403
Banner
402
Banner
401
Banner
400
Banner
399
Banner