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Edición 314

El Constitucionalismo 

contra el pueblo 

¬ŅCu√°ndo al rev√©s?

JAVIER P√ČREZ MART√ćNEZ*¬†¬†


 

‚ÄúAfirmo, pues, que no siendo la soberan√≠a sino ejercicio de la voluntad general, jam√°s deber√° enajenarse, y que el soberano, que no es m√°s que un ser colectivo, no puede ser representado sino por √©l mismo: el poder se transmite, pero no la voluntad. [‚Ķ] Si, pues, el pueblo promete simplemente obedecer, pierde su condici√≥n de tal y se disuelve por el mismo acto: desde el instante en que tiene un due√Īo, desaparece el soberano y queda destruido el cuerpo pol√≠tico‚ÄĚ.

                        El contrato social. Libro II Capítulo I.

 J. J. Rousseau


Con apoyo de la cita de Rousseau, autor que parad√≥jicamente ha servido para cimentar las bases del Constitucionalismo, se revelan argumentos y conceptos para desmontar la falacia que legitima una Constituci√≥n por ‚ÄúVoluntad General‚ÄĚ.



Antonio-Carlos Pereira Menaut.


Romper con ese imaginario de aceptación jurídico-formal resulta una de las primeras tareas para quienes quieran construir una sociedad sin despotismo, donde valores como justicia y libertad no sean eufemismos en cartas (magnas) escritas con sangre.

La estrategia del poder ha sido martillear por siglos al pueblo hasta reducirlo y domarlo, convirtiendo su autodeterminación en una incierta capacidad para elegir el vicio y no la virtud, lo cual, no exime la responsabilidad del pueblo en su dejadez. Por ende, la soberanía popular sufre un proceso histórico de enajenación que se remonta al pasado, y tiene un punto de inflexión en la promulgación de la Pepa (1812).

Con la declarada ley suprema se implanta una estructura de Estado central moderno y se mete a las gentes del territorio peninsular en (cintura) del liberalismo.

Conforme estudia F√©lix Rodrigo Mora en su art√≠culo El Concejo abierto y el Mundo Rural Popular , ‚Äúel vuelco liberal tiene como uno de sus primeros prop√≥sitos extinguir el r√©gimen de concejo abierto y poner fin a lo que a√ļn subsist√≠a de la autonom√≠a del municipio‚ÄĚ.

El ataque a esas instituciones populares destruye la ‚Äúvida en com√ļn y la convivencia hermanada‚ÄĚ. Igualmente, al desmantelar esas formas de organizaci√≥n, se escamotea tambi√©n la √ļnica democracia que puede ser llamada como tal: Asambleas populares. En definitiva, el laberinto del Constitucionalismo encerr√≥ al pueblo (de pueblos peninsulares) que, coaccionado acabar√≠a por obedecer al parlamentarismo, perdiendo as√≠, su condici√≥n y palabra.



Félix Rodrigo Mora.


En posición de la oligarquía, el contexto exigía un cambio histórico para hacer competitivo al Estado (frente a otros como Inglaterra y Francia) y proyectar el continuum capitalista. De modo que, las élites políticas, al calor de las revoluciones liberales, pretendían cultivar un imaginario de nación soberana.

Para convenir esos intereses al mismo pueblo y obtener cierta aceptación, el poder también tenía que liquidar su arraigo cultural. Lo cual, equivale a desnaturalizar el cuerpo político de las asambleas autónomas y soberanas, convirtiendo a sus integrantes en sujetos sumisos, atomizados y dependientes del dinero.

El poder en (re)forma se moderniza, la organización del Estado, entonces absolutista y más débil para el control interior y de ultramar, se hace más fuerte. De fondo, se siembran los valores burgueses (destacados de principios constitucionales de la tradición anglosajona) de propiedad privada, exclusivo a las élites urbanas y se decreta (sobra decir que ilegítimamente) la expropiación del comunal mediante desamortizaciones.

La norma no es suficiente si se carece de la fuerza f√≠sica o psicol√≥gica para ejercer el dominio. El motivo constitucional no era otro que apuntalar ese objetivo de dominaci√≥n, pero el ente liberal no contaba con la aprobaci√≥n de las mayor√≠as. De ah√≠, que se hiciera uso del potencial castrense, pues el ideario com√ļn de las gentes era dif√≠cilmente mutable en ese contexto.

Al día de hoy se han producido importantes cambios, dado que, es un hecho constatable que aparatos de gran sofisticación -como los instrumentos de propaganda que insisten en homogeneizar y hacer masa dócil y consumista, y la fuerza de represión policiaco-militar- resultan indispensables para cultivar el miedo y sostener este consentimiento actual.

Para este tiempo, el pueblo está prácticamente disuelto y su voluntad ha sido domesticada en conformismo, antónimo de libertad.

¬ŅD√≥nde queda el principio de autodeterminaci√≥n? La lucidez del fil√≥sofo Heleno Sa√Īa en su Breve tratado de √Čtica¬†alumbra sobre el asunto: ‚ÄúA la conciencia del hombre de nuestros d√≠as pertenece el sentimiento de castraci√≥n, surgida de la intuici√≥n o certeza de que no puede cambiar esencialmente el orden reinante en el que est√° y de que est√° condenado a aceptarlo como una realidad definitiva‚ÄĚ.



Heleno Sa√Īa.


En efecto, el pueblo yace preso de su propia debilidad, de su soledad, de un vac√≠o interior, de ego√≠smo y de incultura , a excepci√≥n de algunas personas y peque√Īas comunidades con medios estrechamente vinculados a unos fines nobles.

La Constituci√≥n de 1978 es el fruto del consenso de la partitocracia para ‚Äúconsolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley‚ÄĚ, como dicta su Pre√°mbulo, pero en ning√ļn caso ‚Äúcomo voluntad popular‚ÄĚ como hemos visto.

Precisamente se consolida la forma político-jurídica dictada desde arriba, a modo de derecho romano dirigido por el poder y en interés del propio Imperio. El derecho, en cuanto a ordenamiento posterior al pensamiento y a lo moral, puede ser diverso, entre tanto: Jerárquico u horizontal como lo ha sido por siglos el derecho consuetudinario plasmado en numerosos fueros de los pueblos peninsulares.

A cerca de Lecciones de Teor√≠a Constitucional distingue Antonio-Carlos Pereira Menaut:¬†‚ÄúDesde un punto de vista material, la Constituci√≥n consiste b√°sicamente en la sumisi√≥n del poder al Derecho‚ÄĚ. Pero, siendo nociones jur√≠dicas forjadas en ideas y maneras de ver el mundo, y no matem√°ticas, ¬Ņqu√© sucede si ese Derecho significa la voluntad de poder? ¬ŅY si a quien se obliga a su cumplimento se niega, entre otras cosas, por contar con el propio derecho a todas luces m√°s √©tico? As√≠, sucedi√≥ un enfrentamiento entre lo popular, por la defensa de aquellos valores contrapuestos y, el poder, por el mando y abuso de la indigna ley.

En resumen, el constitucionalismo decimon√≥nico se vali√≥ de un siglo de guerras para imponer su tiran√≠a. La desobediencia de aquellos municipios rebeldes mostr√≥ que no ten√≠an due√Īos y, por tanto, eran soberanos. Pero, no obstante, fue derrotada por su antagonista liberal sucesivas veces y humillado durante el franquismo y la misma democracia.

Para reponerse de tantas derrotas, se debe pensar en el c√≥mo y el porqu√© de aceptar una Constituci√≥n. Probablemente, el c√≥mo sea un proceso hist√≥rico de perversi√≥n, anulaci√≥n y absorci√≥n del pueblo; y el porqu√© son los intereses del Estado y el capitalismo, claramente incompatibles con ‚Äúlos ideales muy enraizados en el alma hispana‚ÄĚ, seg√ļn medita Heleno Sa√Īa en su Atlas del Pensamiento Universal. Estos iban ‚Äúdesde el sentido de la igualdad y de la justicia no formal, al individualismo y la rebeld√≠a, sin olvidar el fondo religioso‚ÄĚ.



Jean -Jacques Rousseau.


Por estas razones esencialmente humanas elevo el disenso Constitucional, porque el pueblo no puede ser representado en ning√ļn caso, y esas maniobras de juriconsultos subyugan la voluntad.

M√°s all√° del contenido alarmante y laxo de varios de sus art√≠culos (v√©ase el apartado 1¬ļ del art. 55 De la suspensi√≥n de los derechos y libertades:‚ÄúCuando se acuerde la declaraci√≥n del estado de excepci√≥n o de sitio‚ÄĚ ), y de su ejercicio parcial y amoral como mecanismo en provecho de unos pocos, la Constituci√≥n Espa√Īola vive por la neutralizaci√≥n del pueblo y el robustecimiento del poder. Es por ello, que ninguna reforma contiene una mejora, sino, al contrario, un poder central constituido.

Si deseamos ser pueblo necesitamos, con un gran esfuerzo de reflexión histórica, desmontar la legitimidad del Constitucionalismo y desafiar con ideas el poder al que sustenta.

Mejorar la suerte popular empieza por reponer de la enajenaci√≥n sus m√°s valiosas ra√≠ces y, plantarlas de nuevo para ver crecer el sentido de justicia desde bien abajo. Sin ‚Äúdeber moral‚ÄĚ y ‚Äúesp√≠ritu de sacrificio‚ÄĚ, jam√°s se doblar√° el despotismo ni se recobrar√° la Voluntad General. Hablemos de emancipaci√≥n, imaginemos ese horizonte mientras buscamos sin cesar aquellas soberanas ra√≠ces.

 *Rebelión



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