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Edición 337

juan 1

 


juan 2

 

La exhalación de los valores patrios, del ancestral recuerdo de las luchas de independencia, la clara exposición a la fiesta multicolor y prestancia a la eterna admiración de los desfiles militares y alegóricos en los distintos lugares y más apartados del país, nos llama a la profunda reflexión sobre el concepto de identidad nacional.

 

Es un debate que continua abierto, a pesar de fue explotado en las grises celebraciones por el bicentenario. La identidad es un tema que siguen en un análisis permanente, en una espiral que no termina en una famélica celebración de independencia o de la revolución mexicana cada año.

La lengua, dialectos, territorio, raza, arquitectura, modos de ser, actitudes, gastronomía, artesanía, el baile y las danzas, lo que se producen como cultura, representan una parte de lo que se concibe como identidad.

Los conceptos no se agotan, se agolpan. No caducan simplemente se modifican porque se incorporan nuevos elementos a una realidad y el pasado, suma, está ahí, y entra en una reinterpretación aún cuando en ocasiones pierde peso.

Reflexión de lo mexicano y la mexicanidad

En el siglo XIX, encontramos la definición de México como entidad política en diversos textos jurídicos, -de la América septentrional-en los bandos de Hidalgo, a la América Mexicana plasmada en los Sentimientos de la Nación de Morelos, a la noción de Imperio Mexicano con Iturbide. Pero la reflexión de lo mexicano y la mexicanidad se retoma hasta después de la Revolución y culmina con las aportaciones hechas del siglo XX de Antonio Caso, José Vasconcelos, Samuel Ramos, Alfonso Reyes, Edmundo O’Gorman, Leopoldo Zea, Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Cada uno de los historiadores y principalmente aquellos que dedicaron tiempo en obras maestras y referentes sobre la identidad, han aportado serios estudios de nuestras raíces incluso más allá de nuestras fronteras, porque fueron resultado directo de esas vivencias, como fueron los casos de Reyes, Paz y Fuentes.

Quizá el caso de Carlos Fuentes sea el que más se acerque a nuestros tiempos actuales (sin utilizar la palabra postmodernidad) porque en sus análisis, principalmente el del Espejo Enterrado, muestra la diversidad cultural y multicultural de nuestro país inserto ya en la era de la globalización, donde la identidad mexicana traspasa las fronteras para mostrarse en sus rasgos más profundos y distintos.

En la era del neoliberalismo, los nacionalismos parecieran sucumbir a los intereses del gran capital y con ellos, los valores, lenguajes, territorios con todo y sus riquezas y cultura.

Aun cuando se diga que estamos asistiendo al fin de las ideologías, los nacionalismos son capaces de supervivir como forma ancestral de los principios de una nación con todo y su constitución política, así estén trastocadas.

En estos días, en Europa estamos observando que pueblos enteros son obligados a abandonar sus países principalmente por motivos de inestabilidad social y de una guerra de exterminio, pero así como llevan a sus espaldas sus mochilas, cobijas y maletas, también llevan consigo su identidad, la cual no podrán abandonar porque les pertenece.

El éxodo hacia los Estados Unidos

Y lo mismo sucede con los mexicanos, que desde la década de los cincuenta, en forma masiva y permanente, iniciaron el éxodo hacia los Estados Unidos, sumándose allá a la gran comunidad hispana, calculada en 30 millones de habitantes principalmente en la zona de Los Angeles y sur de Estados Unidos.

La era digital, un fenómeno mundial, ha ampliado los horizontes de las naciones, su comercio y expansión de su cultura como idioma. Los múltiples productos y dispositivos electrónicos conectan al mundo de un extremo a otro en segundos, las personas interactúan en tiempo real, se amplían las relaciones culturales.

Y México no puede escapar a esas realidades, como señala atinadamente el historiador Víctor García Mota (Identidad ed. Tlaxcala. Biblioteca Carlos Monsiváis), nuestro país "es ya una sociedad inserta en el mundo de las multientidades, de la mestizofilia; es una sociedad multicultural, multiétnica, transcultural en las que diversas identidades nacionales buscan tener pleno respeto y derechos a través de un sustento jurídicos en consonancia con esta nueva realidad.

Seguirá siendo un debate permanente

En medio del surgimiento de sociedades flotantes, de migraciones multitudinarias en busca de mejores condiciones de vida, de la caída de los muros e ideologías, del fracaso de los Tratados de Libre Comercio con todo y sus proyectos megatransculturales, de la reconvención del poder copular demandado por las sociedades emergentes que reclaman el ejercicio directo del poder, las identidades no fenecen en todo caso se adaptan a las nuevas condiciones e interpretaciones y se mantiene como un necesario referente de un pasado, de principios, de que algún día se tuvo un inicio.

La identidad seguirá siendo un debate permanente, y qué bueno que así sea.



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