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Edición 326

Voces Director

 

 

 

Voces

 

El eminente pensador español don José Ortega y Gasset, en una de sus obras más iluminantes -La rebelión de las masas, en la que, más que aludir a la plebe, hace la crítica a la aparición, ascenso y supremacía de los técnicos-, sostiene la defensa de la continuidad cultural   y advierte que los cambios súbitos dictados desde lo alto exponen a la sociedad al retorno a la era del orangután.

 

jcarpizo

 

El tránsito de una cultura humanista hacia una civilización tecnocrática, que se retrata hoy en la globalización económica, tiene como marca de la casa el abandono de la persona -convertida en simple guarismo-, para privilegiar a la sociedad anónima, transformada de lo que en un tiempo fue empresa familiar en trust,y a estas alturas en omnipresente y omnipotente cártel, cuya transnacionalización encarna un nuevo colonialismo sobre las sociedades humanas denominadas simplemente “periféricas”.

Con arrogancia pretendidamente infalible, los tecnócratas mexicanos, formados en centros de estudio extranjeros, preferentemente estadunidenses, se dieron a la tarea de postular la postmodernidad del país, sin compadecerse del tiempo cultural y social que antes del ensayo neoliberal privaba en nuestras familias, en las relaciones de producción y en la política misma.

Desde que, en su discurso de asunción al poder presidencial, Carlos Salinas de Gortari anunció la Reforma del Estado para restringir su intervención de la economía, dijo responder a las demandas “de la sociedad”. Más sociedad, menos Estado, fue el santo y seña de su retórica meliflua.

Conforme fue decantando unilateral y arbitrariamente sus llamadas reformas estructurales, incubadas y diseñadas en los acogedores salones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM), el ex presidente tuvo un desliz del subconsciente: Ni los veo ni los oigo. Éste fue una especie de decreto no escrito legado a sus sucesores en Los Pinos, que han actuado con absoluta discrecionalidad administrativa -facultades metaconstitucionales,las definió con acertada puntería jurídica el doctor Jorge Carpizo- en la conducción del país.

Paradójicamente, el salto del populismo al absolutismo tecnocrático se dio en un momento en que, como reacción ante  los terremotos que en 1985 devastaron la Ciudad de México -con el espectáculo de un gobierno pasmado ante la tragedia-, en la zona metropolitana tomaron la iniciativa movimientos sociales emergentes que se dieron como ejemplo el de una comunidad que, desde los primeros impactos de los sismos, acudieron espontáneamente al rescate de las víctimas.

La cadena de fenómenos desencadenados por la Naturaleza sobre las provincias mexicanas -no por casualidad las más marginadas históricamente- ha sido atendida a bote pronto por agentes del gobierno que, después de tomarse la fotografía, se olvidan de los escenarios del drama. La suplencia permanente en el auxilio y la reconstrucción ha sido asumida por las propias comunidades afectadas.

José Ortega y GassetEse proceso ha sido fundamento en una nueva cultura social y política que, más allá de situaciones coyunturales, se ha implantado especialmente en los espacios rurales y suburbios metropolitanos,   reivindicando causas colectivas y cuestionando políticas públicas inconsultas, selectivas y discriminatorias propias de los designios neoliberales. Particularmente desde el sexenio pasado, la respuesta del gobierno ha sido la criminalización del activismo social.

Haciendo alusión a los dramáticos acontecimientos del 68, José López Portillo, al poner a caballo la Reforma Política, en 1978 acuñó una oración: De la crisis de conciencia, pasamos a la conciencia de la crisis. A esta reflexión correspondió la iniciativa de dicha reforma que, si bien puso el acento en contenidos electorales, fue acompañada por una Ley de Amnistía a los presos políticos y perseguidos sociales en pos de la reconciliación nacional.

Previo a ese esfuerzo en favor de la democracia, el entonces secretario de Gobernación, don Jesús Reyes Heroles -un orteguiano él-, precisamente en Guerrero, pronunció un mensaje cuya clave está sustanciada en estas ingentes palabras: ¡No despertemos al México bronco! Una advertencia que la arrogante tecnoburocracia no quiso escuchar.

Hace unos días, en el entorno de los violentos sucesos en Guerrero, detonados por la  brutal represión contra estudiantes normalistas en el municipio de Iguala, el presidente Enrique Peña Nieto declaró que tales acontecimientos ponen a prueba a las instituciones y a la sociedad.

Hoy resulta imperativo hacer un deslinde dialéctico -y didáctico- entre los sujetos a los que alude el Presidente: La sociedad, cada vez más informada, demandante y actuante, durante todos estos años ha estado reclamando a las instituciones del Estado la restitución de sus libertades cívicas y sus derechos políticos y económicos. Las instituciones han dado respuestas políticas sesgadas, en el mejor de los casos, o definitivamente punitivas, como la criminalización contra luchadores sociales ya mencionada.

Recientemente, un alto ejecutivo del Fondo Monetario Internacional, hizo una metáfora estrujante pero acertada frente a la crisis por la que atraviesa el modelo neoliberal: El sistema económico, dijo, está siendo presa de un ébola financiero, que tiene como paciente último a la humanidad toda.

La vacuna contra esa pandemia no la tienen las élites del gran dinero, sino los Estados nacionales. Hacer instituciones públicas que privilegien al ser humano por encima de los capitales, es la gran cuestión en el verdadero México moment de esos días.   

   



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