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Edición 377

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Las confrontaciones públicas entre los sucesivos gobiernos italianos y la Iglesia son parte de la escena política italiana, pero la última, relacionada con la inmigración, posiblemente apunta a algo más siniestro que al mero ambiente de la política estándar.

Italia: enfrentamiento Iglesia Estado

Ettore Casanova

¿Por qué la jerarquía de la iglesia italiana que gobierna Italia desaprueba con tanta fuerza la coalición?

LA CUESTIÓN LLEGÓ A UN PUNTO CRÍTICO hace unas semanas, cuando el semanal italiano católico Famiglia Cristiana puso en la portada la silueta de un papa con las manos extendidas hacia el rostro del primer ministro italiano Matteo Salvini y con las palabras: “¡Vade retro, Salvini!”, una velada referencia al rito del exorcismo, “¡Vade retro, Satanás!”.

LA PUBLICACIÓN dijo que era una reacción al “tono agresivo” de Salvini en lo que atañe a la inmigración. Salvini consideró que la portada era “de mal gusto”. “No soy un cristiano perfecto”, afirmó. Y añadió: “Pero no creo que merezca esto”. Dentro, la revista contenía un número de citas de prelados italianos criticando la política del gobierno en relación a la inmigración masiva sin control, el último de un aluvión de comentarios negativos de los líderes e instituciones eclesiales contra el gobierno del primer ministro Giuseppe Conte.

Recuperar el control

La retórica inició a empeorar en junio, cuando Salvini, que también ocupa el cargo de ministro del interior del país, ordenó el cierre de los puertos a los barcos de inmigrantes. Defendió esta medida argumentando su deseo de recuperar el control de las fronteras italianas, y afirmando que ya no quiere que Italia soporte la responsabilidad principal de este problema y se convierta en lo que él llama el “campo de refugiados” de la Unión Europea, mientras que otros países no aceptan a ningún refugiado.

Salvini añadió que prevenir la inmigración ilegal no sólo beneficia a Italia, que lucha por hacer frente a este problema, sino que también disuade a los propios migrantes de emprender el peligroso viaje (muchos pierden cada año su vida cuando atraviesan el Mediterráneo) y reduce el azote del tráfico de seres humanos.

La mayoría de los italianos apoya las medidas que la coalición ha tomado en relación a la inmigración (una encuesta de junio resultó en una cifra total del 72% de los votantes a favor de estas medidas; incluso el 46% de los votantes del partido de centro-izquierda PD las aprueba). Sin embargo, el mes pasado, el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado vaticano, criticó la medida que llevó al cierre de los puertos, pues en su opinión “no es la solución”. Su punto de vista se hace eco de la postura del cardenal Gualtiero Bassetti, presidente de la Conferencia Episcopal italiana, que instó al gobierno a seguir la “lógica del cristianismo” y a hacer lo que el Papa predica: “acoger, acompañar, integrar”, siguiendo el ejemplo del buen samaritano.

Sumándose a la ola

Otras publicaciones católicas, además de Famiglia Cristiana, se han posicionado contra el gobierno, incluyendo el periódico de los obispos Avvenire y el periódico semioficial del Vaticano, L’Osservatore Romano. Las críticas van más allá del tema de la inmigración, puesto que Avvenire publica con frecuencia artículos muy críticos sobre Salvini.

El padre jesuita Antonio Spadaro, editor de la influyente revista jesuita La Civiltà Cattolica y consejero muy cercano al Papa Francisco, también ha entrado recientemente en la batalla vapuleando al actual gobierno por haber aprobado una ley que exige exponer el crucifijo en todos los espacios públicos e instituciones. La cruz, ha argumentado el padre Spadaro, está siendo politizada, insinuando que está siendo usada contra los inmigrantes, muchos de los cuales son musulmanes.

Pero la amplitud y la fuerza de las críticas contra el actual gobierno no ha tenido sólo como resultado la indignación de los cada vez más numerosos defensores de Salvini (su partido, la Lega Norte, obtuvo el 17% de los votos en las elecciones de marzo; ahora está alrededor del 30% en la intención de voto), sino que ha llevado a algunos a preguntarse si el motivo principal de esta vehemente oposición por parte de la jerarquía de la Iglesia italiana es realmente la inmigración.

En un artículo del 29 de julio en el periódico italiano La Verità, Carlo Cambi sugiere que Salvini es el objetivo principal porque entre sus obligaciones como ministro del Interior está el ser responsable de las relaciones del Estado italiano con la Iglesia católica, una responsabilidad que le da acceso a información sensible. Cambi afirma que Salvini tiene en sus manos el “dossier” que contiene las pruebas de la corrupción financiera en la iglesia, vinculada sobre todo al APSA, la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica, el organismo responsable de administrar los activos y los bienes inmuebles del Vaticano, como también detalles de los casi 200 casos de pedofilia pendientes de juicio.

Corrupción financiera

Uno de los casos financieros de los que tiene conocimiento el gobierno italiano es el del cardenal Domenico Calcagno, hasta hace poco jefe del APSA, que se enfrenta a cargos de malversación de fondos que se remontan a la época cuando era obispo de Savona. Según Cambi, el cardenal había estado protegido, y lo sigue estando, por los privilegios extraterritoriales del Estado de la Ciudad del Vaticano, a pesar de que las autoridades italianas hicieron diversos llamamientos a organismos internacionales para que investigaran el caso.

Esta información, y otras más, han estado en posesión de los distintos gobiernos italianos durante años, que eligieron ignorarlas, en parte debido a la influencia de la iglesia y también por el hecho de que esta posee muchos bienes inmuebles e inversiones en Italia. Lo que ahora es distinto, indica Cambi, es que Salvini, en la cresta de la ola de la aprobación populista, “no parece estar dispuesto a seguir la línea blanda de los gobiernos anteriores”.

Como informó el Register en marzo, algunas personas utilizan el APSA como un “banco paralelo” (muchas de estas personas, si no la mayoría, tienen la residencia en Italia) para “crear capas de protección” e introducir lo que parecen ser “donaciones” en una sofisticada red de cuentas cifradas de paraísos fiscales y Suiza. Esta práctica corrupta salió a la luz en 2007. Todo este dinero suma millones de euros que deberían haber sido declarados como impuestos en Italia, país con una deuda nacional agobiante y que resulta en una gran presión fiscal sobre el ciudadano medio. En un artículo del 26 de julio para el portal financiero italiano Finanza & Lambrusco, Paolo Barnard calculó que el Vaticano gestiona unos “vehículos de inversión” de seis mil millones de euros; y según el Consejo europeo, en 2012 solo el APSA gestionó unos seiscientos ochenta millones de euros.

Cualesquiera que sean las cifras exactas, los italianos —sobre todo un creciente número de partidarios de la actual coalición en el gobierno—, no están de humor para oír los sermones de una jerarquía eclesial que permite que esta corrupción siga adelante a sus expensas. Y tampoco les gusta que el Papa y los líderes de la iglesia italiana sigan pidiendo con insistencia que se acepten más inmigrantes, cuando en la Ciudad del Vaticano no se acoge a ninguno.

Un punto especialmente sensible para la Iglesia italiana es el ingreso que obtiene con el “Otto per mille” (el 0.8% de los ingresos que cada italiano puede decidir que vaya a una religión determinada; si no se marca la casilla correspondiente, este porcentaje se queda en las arcas del Estado).

Cambi afirma que la iglesia en Italia tiene un “miedo cerval” a que el gobierno actual permita que esta fuente de ingresos disminuya hasta eliminarse. Si las autoridades así lo quieren, el Estado italiano también puede ejercer presión en otras áreas contrarias a la iglesia.

¿Podría ser, por lo tanto, que algunas personas en la iglesia italiana están tan nerviosas por lo que el actual gobierno populista pueda hacer con toda esta información sensible que esta ofensiva sería un intento de derrocarlo?

Es difícil saberlo a ciencia cierta, pero existe la sospecha de que ciertos líderes de la Iglesia italiana realmente protestan demasiado.



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