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Ediciòn 290

ALGUNAS PRECISIONES A UN TEMA RECURRENTE

Tráfico, mafias y beneficiados
ALBERTO ROJAS ANDRADE
*

 

 

ESTE ES UN TEMA ABORDADO por los medios de desinformación en Latinoamérica con un demarcado maniqueísmo, en el cual en raras ocasiones se profundiza y no obstante ha justificado por décadas la intervención del gobierno de EE.UU. en el continente.


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En el Capitolio mucho ruido y pocas nueces

 

LA ILEGALIZACION de la producción y contrabando de psicoactivos (marihuana, heroína, cocaína fundamentalmente), y su represión resulta ser como una especie de navaja suiza: posee múltiples utilidades ocultas en algo muy simple a primera vista.

De entrada es importante resaltar como el crecimiento de las actividades ilegales de contrabando de sustancias ilegalizadas se basa fundamentalmente de una ‘prohibición’, consolidándose cuando esta es levantada. Empero, con la producción y comercio de psicoactivos como los vedados actualmente, se ha llegado con dicha censura a niveles nunca antes vistos por la humanidad. Se han creado ostentosas organizaciones burocráticas exclusivamente para tales efectos prohibicionistas, como en la nación donde se consumen por excelencia toda clase sustancias proscritas: EE.UU.

Allí tenemos nada más ni nada menos que a la Drug Enforcement Administration (Administración de Cumplimiento de Leyes sobre Drogas), conocida como DEA, dependiente del Departamento (ministerio) de Justicia, nacida a inicios de los años setenta de manera tímida y con el tiempo adquiriendo dimensiones colosales muy al estilo de la parafernalia imperial; sin embargo, centrada en la persecución de actividades en otros momentos históricos consideradas como mercantiles, inocuas, del libre albedrío, más antiguamente relacionadas con lo metafísico, o cuando más reguladas por la costumbre social.

Es tal la desproporción y la incongruencia de esta criminalización con instrumentos burocráticos tan aparatosos dentro de una perspectiva histórica, que si transportáramos en el tiempo a una persona procedente de tan sólo un siglo atrás y observara la rocambolesca cacería a las ‘drogas’ presente, seguramente quedaría perplejo y estimaría que en este campo las sociedades han retrocedido a causa de una persecución tan absurda como cruel por sus consecuencias letales y de confinamiento de cientos de miles de personas.

Regresando al manejo burocrático del ‘problema de las drogas’, un ente como el mencionado de Arlington Virginia ha desarrollado unos usos y costumbres bastante peculiares en el acorralamiento de aquellos malvados traficantes inflexiblemente pertenecientes a etnias diferentes a la anglosajona. El obrar cotidiano de una entidad como la DEA contiene de hecho ingredientes sustanciales en sus procedimientos tan sorprendentes como estos:

-Agentes antidrogas actúan como traficantes para desenmascarar a otros traficantes, lavan dineros procedentes del tráfico prohibido con el objetivo de encontrar quienes lo hacen.

-Infiltran durante años redes de la industria ilegal para ‘saber mejor del negocio’ y colocar más efectivas celadas en espera del día adecuado para producir capturas.

-Montando acechanzas en espera del momento oportuno siguen una vida delictual a toda marcha la cual les hace idénticos a los delincuentes por capturar, incitando a la realización de actividades ilegales, en veces las facilitan o hasta las practican.

Es el estilo de ‘combate contra las drogas’ estadounidense: Todo funciona con base en una intrincada y extendida red de informantes, volteados, traidores, agentes dobles y hasta triples, con diversos grados de impunidad.

Manuel Antonio Noriega.
Manuel Antonio Noriega.

En el terreno de la realidad, cabal e intencionalmente se pretende combatir el delito continuando con la producción y tráfico de psicoactivos, en ejercicio de una paradoja de imposible solución. ¿Cómo se puede reprimir algo estimado como nocivo, continuándolo con perjuicios incluso mayores sin establecer una antinomia?

A su vez los trámites judiciales gringos, estimados por quienes no los han padecido, como un sistema óptimo, permiten y exhortan a una recolección de pruebas mínima y a la vez se sustentan básicamente en indicios testimoniales en esta clase de delitos lo cual de por sí es bastante subjetivo. Por consiguiente se reclutan como informantes traficantes para espiar a otros traficantes, banqueros corruptos (perdón la redundancia) para delatar a traficantes, y a estos para delatar burócratas y financistas (excepcional).

Dentro de la cadena de conspiraciones alentada los motivos para tales traiciones pueden ser tan banales como la del comerciante inescrupuloso que no paga por el alijo a sus proveedores, el robo de un cargamento, o en fin cualquier otra ‘desavenencia’ entre traficantes; es ‘echar al agua’, es decir delatar, acusar ante la DEA y agencias similares.

Unos incriminan a otros y estos a otros y así sucesivamente en un conjunto de enlaces al parecer ilimitado. Las duras penas no son disuasoras del proceder ilegal sino aliciente suficiente para dar impulso a esta espiral sin fin de chivatazos; de cualquier forma si alguien cae en esta trama la pasará mal, sobre todo si es latino. No se conocen nombres de jefes traficantes de nacionalidad estadounidense y origen anglosajón. Empero, la agencia emplea para mimetizarse de acuerdo a los lugares donde se realiza la vigilancia, a latinoamericanos absorbidos por la cultura estadounidense a fin de asegurar su lealtad, lo cual los hace inconfundibles en la región.

Se llega hasta que traficantes busquen a la DEA para delatar colegas. Hay innumerables narraciones de traficantes en gran escala, los cuales transitando por todos los riesgos al servicio de la DEA como informantes de actividades de otros colegas, terminan plácidamente su carrera de comerciantes, tendiendo a ser una constante. Los perseguidos más denostados pueden llegar a ser no muy excepcionalmente millonarios con inmunidad siendo ex traficantes.

Grandes tratantes con prontuarios cercanos a los de criminales de guerra en naciones copadas por el gobierno de Washington, tranquilamente van extraditados a EE.UU. sabiendo el valor de sus ‘historias’, centradas en el tema de corrupción y violencia en sus respectivas naciones y como les servirán para dejar bien posicionada económicamente a sus familias gracias a las contraprestaciones, no sólo respecto de la DEA sino también con otras agencias de espionaje.

Se dice que hay una bolsa de informaciones de este tipo donde se puja por las mismas y cuyo premio mayor es el disfrute de la renta del delito con inmunidad, previo pago de algo de dinero para el Departamento del Tesoro:

“Es probable que cuanto más grande sea la culpabilidad, más necesarias son las penas disuasivas y más posibilidades tenga el acusado de eludir o de atenuar su responsabilidad suministrando informaciones contra otros individuos”.

Un ambiente como el descrito permite que en muchos casos traficantes y vigilantes de la DEA sean al menos conocidos, cuando no han realizado ‘negocios’ y hasta formen lazos de amistad dentro de lo que puede caber en tales circunstancias: buena parte de los ‘narcos’ son agentes dobles de la DEA, hasta triples y quien sabe que más con la CIA y etc. El emblemático caso Irán-Contras de los años 80 sacó a la palestra muy iluminadamente estas conexiones, las cuales son muy funcionales para todos; grupos de traficantes de Medellín y Guadalajara fueron usados con estos propósitos en coordinación con la CIA. Unos trafican, son chantajeados, por medio de esto hacen cosas que las autoridades de EE.UU. tienen vetado realizar cumpliendo con objetivos políticos inconfesables y recaudan dinero para financiar holgadamente el proceso completo de violaciones al orden jurídico. Ninguna legalidad y moralidad se salva de ser transgredida a la vez permitiendo guardar las apariencias.

La evidente simbiosis vigilantes-perseguidos permite que la DEA realice descripciones de traficantes y sus organizaciones, semejantes a una especie de auditoría interna:

“Según fuentes estadounidenses (consultadas) en este existe una disputa interna en el Cartel del Golfo, la desavenencia estriba (en) el deseo de Osiel Cárdenas de remover uno de sus allegados más importantes”.

Cíclicamente para influir en los cercanos miembros del periodismo paniaguado se realizan ‘operaciones’ ostentosas en las cuales son efectuadas capturas no fácilmente comprensibles de miembros de agrupaciones de productores o traficantes, perseguidos durante largos periodos, durante los cuales han realizado un sinnúmero de delitos con la complacencia de la DEA. Naturalmente es una forma de obtener reconocimiento y beneficios sectoriales e individuales para el personal de la agencia mediante estadísticas satisfactorias, lo cual a su vez justifica la existencia de la misma y la provisión de más recursos a su funcionamiento por parte del congreso, debido a que ningún ‘golpe’ a los viles traficantes tercermundistas es definitivo y por tanto lucha es incesante.

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El asunto es del todo ceñido al sentido de la legalidad penal instituida en EE.UU. marcada por el comercio. En este marco son suscritos con toda formalidad acuerdos de ‘colaboración’ entre peligrosos jefes traficantes, ‘guardianes de la ley’ y fiscales; todos parecen cumplir con sus solemnes promesas. No obstante las reglas de los ‘acuerdos’ no son precisas y más bien tienden a ser intrínsecamente ambiguas facilitantes de valoraciones externas de empatías y odios, hasta en veces conectarse con secretos temas de Seguridad Nacional estadounidense donde adquieren un cariz francamente maquiavélico.

Empero, el entramado no es sencillo, no es que tú sepas algo y ya tengas asegurada la protección. Es un negocio judicial, requiere una contraprestación, un pago, un beneficio a los entes investigadores del estado gringo: es decir DEA, CIA, NSA, etcétera, y debe ser preferentemente algo útil para manipular grandes poderes en cualquier nación.

En el desarrollo de los casos judiciales muchos de los declarantes terminan en el Programa de Seguridad a Testigos (Witness Security Program). Se dice que el método de la delación-protección ad infinitum facilita éxitos enormes en cuanto a condenas en los juicios, sin embargo, jamás ha amenazado con acercarse a la finalización de la producción y comercio ilegalizados, un absurdo que debería, al menos teóricamente, llamar a muchas reflexiones en el gobierno de Washington.

En este orden de ideas, el más bajo en la escala del negocio ilegal como traficante, la mula, el mensajero o en inglés bag men (quien transporta alijos de sustancias ilegalizadas de aeropuerto a aeropuerto), es el desposeído que no puede servir de informante pues no conoce a nadie que valga la pena delatar, siendo su captura y prisión expuestas mediáticamente como ‘ejemplarizantes’. Así mismo se debe advertir como todas las piezas de la persecución confluyen a ser organizadas de esta manera, puesto que en casi todas partes del mundo occidental en sus policías se incluyen a agentes de la DEA en actuaciones represivas, teniendo preponderancia frente a los cuerpos de seguridad locales. Prerrogativas irrenunciables de quien pone el dinero.

Pero no todo el panorama es de felicidad para agentes, espías, delatores e informantes, sino recordemos el caso de Manuel Antonio Noriega, quien poseía inexplicablemente tres calidades de agente (CIA, DEA y NSA) y terminó encarcelado como el peor reo, por el supremo crimen de traicionar a sus mentores. El costo lo pagaron en diciembre de 1989 miles de habitantes del Barrio el Chorrillo y otros lugares de Ciudad de Panamá bombardeados y tiroteados, junto con la dignidad de la nación panameña.

Noriega deja en evidencia como el asunto del tener que actuar como delincuentes para saber de su actividad implica una convivencia y una inmersión dentro de las actividades pretendidamente perseguidas, dejando paso sencillamente a una cooperación de propósitos manipulables en favor del actor más poderoso. Siempre dejando lucro económico, como mínimo para los actores inmediatos a la conducta perseguida. La corrupción resultante es evidente a todos los niveles alimentando las posibilidades de extorsión por parte de quienes poseen el poder y el panorama completo de las relaciones políticas.

Aspecto reflejante de esto de manera específica es la existencia de las denominadas ‘entregas vigiladas’ y ‘entregas controladas’ de cargamentos prohibidos. Las primeras significan el seguimiento de las conductas de traficantes en el transporte del contrabando, por todo su recorrido hasta llegar a su destino final donde supuestamente deben ser aprendidos aquellos; las segundas involucran actuaciones de agentes del respectivo cuerpo persecutor obrando plenamente como traficantes para, hipotéticamente al menos, hacer incurrir en el delito a otros participantes en la cadena criminal. La primera forma hace parte de las opciones permitidas en la Convención de Viena sobre psicoactivos de 1988 (Convención de las Naciones Unidas Contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Psicotrópicas, de por sí prolongación de la política de EE.UU. al respecto), mientras la segunda procede directamente de imposiciones de agencias imperiales a países periféricos. Esta última es la acción fundamental facilitante los operaciones clandestinas de gobiernos y entes de espionaje en América Latina, como en el escándalo Irán-Contras mencionado.

Se alega al respecto que la DEA posee suficientes mecanismos de control a fin de evitar incurrir en conductas criminales y que su organización es incorruptible. No obstante, existen glamorosos casos de corrupción dentro de cargos importantes de la agencia como el del agente de alto nivel Edward K. O’Brien, arrestado por sus propios pares en posesión para la distribución de una buena cantidad de sustancia ilícita en los propios Estado Unidos en 1988. Así mismo hallamos el caso denunciado de corrupción generalizada dentro de la propia DEA y lazos con despiadadas bandas armadas derechistas en la sede en Bogotá en 2004[13], hasta la fecha sin consecuencias notables. Y en caso de otras instituciones del gobierno de Washington, resalta la condena por encubrimiento de tráfico ilegal respecto de su cónyuge y la utilización de la valija diplomática para tales efectos, del agregado militar de la embajada de EE.UU. en Colombia coronel James Hiett en el año 2000, una causa judicial ostentosamente bochornosa.

Retomando el aspecto de la necesidad de una agencia contra el contrabando de sustancias ilegalizadas, es indispensable para tal efecto que la DEA no se enfrente a meros traficantes aislados e insignificantes, incapaces de oponérsele con éxito. Una delincuencia de magnitud debe ser la justificadora del abultado gasto y el enmarañado sigilo. ¿Y cuál es oponente de parte del delito enfrentado a la organización represiva del tráfico de sustancias ilegales con características como las citadas? Las ‘Mafias’ responderemos tomando informaciones con las cuales somos apabullados a diario.

La ligereza en el empleo del epíteto de ‘mafia’ es diciente acerca de la opacidad con la cual se aborda el tema de los traficantes ilegalizados. De conformidad con los medios de comunicación controlados, mafiosos resultan ser contemporáneamente todos aquellos sujetos que desarrollan actividades delictuales bajo alguna forma de organización, eso sí, no pertenecientes a las clases dominantes en cada país, pues en este caso así sean confesos delincuentes recibirán trato de ‘controvertidos empresarios’ o algo similar, en ejercicio de un acto de solidaridad de clase.

Sin embargo, el concepto ‘mafia’ en sus orígenes y desarrollo en Italia y los EE.UU. involucra unas relaciones sociales más complejas de lo que se nos anuncia insistentemente por estos días. En sus variantes más conocidas, Cosa Nostra, Camorra o N’Drangheta, la mafia conlleva un conjunto de creencias en solidaridades, ritos de iniciación, lealtades, juramentos, reivindicando lazos de ayuda mutua, expresado claramente en sus raíces, al menos hasta cuando no había tenido contacto con agencias de espionaje occidentales en la Segunda Guerra Mundial, donde se aprenden métodos de intimidación de gran crueldad aplicables a cualquier ser humano, bien diferenciables de la selectividad en cuanto forma, víctimas de las retaliaciones y simbología de la mafia tradicional.

En realidad la mafia implica una lógica de poder y es diferenciable de la existencia de traficantes ilegales los cual desarrollan sus actividades bajo lógicas de mercado, aunque sus acciones se pueden confundir pues no son excluyentes; en común poseen el implicar delincuencia organizada en favor del enriquecimiento personal. No obstante, la ley suprema de la mafia, la del silencio, la Omertá, (menoscabada últimamente), es inexistente en los traficantes contemporáneos, pues esto como hemos relatado dificultaría los trueques acostumbrados de reducciones de penas o impunidad por traiciones a favor de la DEA, etcétera.

El rasgo más conservador, hasta reaccionario y a la vez compartido por las estructuras de traficantes contemporáneas y la mafia tradicional, es que unas y otra históricamente se han perfilado como métodos permisivos del afianzamiento de posiciones de dominio, con lo cual se acercan a la colaboración con gobiernos propendientes al mantenimiento del estado de cosas existente.

Dentro de los planes de control de ciertos países, EE.UU. en su ‘Guerra Contra la Droga’ (un concepto especialmente absurdo), se va construyendo un enemigo principal y simples aislados y lejanos productores y traficantes tercermundistas, no son muy convincentes como verdadera amenaza de cuidado, por lo cual se va haciendo común la alusión a la existencia de ‘carteles’, como peligrosas estructuras criminales a la altura de oposición a la DEA; allí tenemos los carteles de Medellín, Cali, Sinaloa, Del Golfo, de Juárez, etc., etc.; e inadvertidamente la palabra ‘cartel’ muta subrepticiamente a sinónimo de ‘mafia’, como una organización secreta y a la vez omnipresente, ideal para ser presentada como portentoso enemigo digno de ser enfrentado con los recursos a disposición.

A pesar de la nueva interpretación del término cartel, queda al descubierto la incongruencia del conocimiento de tales esquemas delincuenciales hasta en los mismos medios de comunicación, respecto del carácter oculto indispensable para el éxito de los mismos en sus acciones ilegales. Es decir ¿cómo pueden prosperar en la acumulación de riqueza los carteles cuando ello depende del secretismo de su existencia?

Las escabrosas maniobras del espionaje formando conexiones del poder con estos grupos delincuenciales son la respuesta a la pregunta, además se debe tener en cuenta quien posee el control general de las diversas combinaciones delictuales atesorando sus informaciones: el gobierno de EE.UU. Esto así mismo se relaciona con la supuesta armonía de los traficantes en sus actividades, la cual es realmente fantasiosa si tenemos en cuenta sus continuas desavenencias en lo local y cotidiano, conducentes a que cualquier equilibrio sea frágil.

Las infiltradas y hasta supervisadas estatalmente redes delincuenciales de productores y traficantes conformadas por espías, delatores y demás anfibológicos personajes, si bien realizan parte de sus actividades mediante homicidios y otros crímenes, resultan ser perfectamente prevenibles y castigables con los recursos humanos y técnicos a disposición, en consecuencia por sí solos los coloquialmente denominados ‘carteles’ o ‘mafias’ no pueden ser estimados racionalmente como rivales amenazantes de la existencia de un estado en el siglo XXI.

En ese contexto, las esporádicas e inestables uniones de traficantes renombradas ‘carteles’ como tales no existieron o existen, resultan ser una invención o por lo menos una exageración mediática, la cual en el terreno de los hechos no aporta nada para clarificar el fenómeno del tráfico ilegal y si distorsiona el análisis:

“La mafia de Medellín nunca fue una organización vertical, aislada, cerrada, con ritos, de iniciación para los nuevos miembros como el modelo de la Cosa Nostra norteamericano-siciliano o de la N’Drangheta calabresa”.

La verticalidad y algo de orden que aparentaron tener los cárteles de hace un cuarto de siglo fue creada en parte mediáticamente, y de otra el tímido embrión de jerarquización surgido por entonces fue consecuencia en el caso colombiano, de su orientación hacia el ejercicio de cierto poder rivalizando con los políticos tradicionales.

De su parte, la violencia engendrada por estos carteles visibilizados por monstruos como los jefes o capos y otros tantos que van ocupando los lugares de los desaparecidos por muertes o capturas, no guarda ninguna relación con aquella empleada por organizaciones criminales con carácter de permanencia y por tanto con los lazos de solidaridad de las mafias tradicionales en sus orígenes en Italia y EE.UU. Las organizaciones de traficantes de Colombia o México para citar los ejemplos más sonoros, no tienen ritos, ni lealtades significativas, y como hemos visto se encuentran permanentemente infiltradas por organismos represivos de sus respectivos Estados y de agencias como la DEA o la CIA, no construyendo en ningún caso unidades con vocación de permanencia por la ausencia de solidaridad, un mínimo sentido de lealtad y la práctica de una crueldad irrefrenable.

Por tanto, la violencia desatada a su interior no es simbólica del castigo a un orden de lealtades transgredido, el cual no obstante, reconoce la identidad propia del traidor como miembro de la ‘familia’ o de otra entidad de igual respetabilidad. Dichos actos de fuerza de ‘carteles’ o ‘mafias’ se encuentran más bien relacionados por sus características de atrocidad, vejación y terror ilimitados, con técnicas de guerra contrainsurgente presenciadas desafortunadamente en toda Latinoamérica, de las cuales son instructores aventajados los organismos de espionaje pentagonales y afines.

Si los actos violentos de agigantados ‘carteles’ pasándose por ‘mafias’ son perpetrados contra los órganos estatales que les persiguen teniendo también estas características de atrocidad, como ocurre al presente en México u ocurrió en Colombia dos décadas atrás, es debido indiscutiblemente a la procedencia y aplicación de tales prácticas ominosas de terror de estado.

El chaca-chaca.
El chaca-chaca

Con lo cual se cierra el círculo, encontrándonos con organizaciones de traficantes penetradas realizando actos de pavor los cuales en diversas maneras favorecen poderes locales o más fundamentalmente imperiales. La ostentosidad de su violencia sustentada con armas procedentes del EE.UU., con sus muertes exhibidas con el propósito de sembrar pavor y conmoción en los habitantes como la vista en México, Centro América o Colombia, posee directa relación con reconocidos métodos contrainsurgentes.

Al interior de un contexto de relaciones de dominación dirigidas por un gobierno como el de Washington, la ilegalización de ciertas sustancias y la creación de entes especialmente destinados a la persecución de quienes se encargan del su circuito comercial, ha permitido el establecimiento de formas de control en las sociedades, simulando pretender un beneficio de salud pública, aplicando a la vez tradicionales formas de violento castigo a la disidencia y la inconformidad de aquellos consumidores o no de aquellas. El indudable manejo tras bambalinas de agencias como la DEA de los mercados de psicoactivos censurados, ha regulado los flujos de los mismos hacia quienes y donde han sido requeridos por aparecer como amenazantes al sistema imperante:

“Surgieron grupos como el “poder joven” que proclamaban a la marihuana como símbolo de liberación, pero en este caso de “liberación interior” para contrarrestar a los grupos que en la década anterior (sesenta) buscaban la “liberación política”. De allí que la heroína fue la droga contrarrevolucionaria de los Estados Unidos, la marihuana lo fue en América Latina a comienzos de la década siguiente”.

Por último se debe recordar, que invariablemente este circuito sigue espacialmente dos orientaciones: hacia el norte van las sustancias censuradas y hacia el sur viajan las armas producidas en el norte y es donde se producen las muertes y la intensa destrucción social. De cualquier manera, los beneficios de la dominación política y explotación económica resultantes son atesorados en el norte.

* Rebelión



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