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Edición 359

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El pasado proceso electoral en el Estado de México demostró la fragilidad del PRI.

La candidata de Morena, Delfina Gómez, logró lo impensable: abrirles a los priistas un tremendo boquete, a pesar de haber participado en una clara desventaja, ya que no era posible ganar una elección de Estado, y no obstante ello, casi triunfa.

La maestra que fue menospreciada por los políticos profesionales: en robar, en mentir. Abrió el camino para que, en un futuro, quizá no muy cercano, el PRI deje el poder para siempre; esta situación es irreversible.

Poco a poco se ha ido desgastado el voto duro del PRI, su mejor arma ha sido impulsar -con la ayuda de los demás partidos políticos-  la idea de que no vale la pena salir a sufragar ya que todos son iguales. Cada vez se han ido multiplicando los ciudadanos que no quieren saber nada de la clase política e irónicamente, en vez de debilitarla, la fortalece al dejarla en plena libertad para realizar sus pillerías.

La antesala de Los Pinos

En este contexto, Andrés Manuel López Obrador debe analizar la lección que dejó a su paso el proceso electoral del Edomex.

Él se encuentra en la antesala de Los Pinos, siempre y cuando entienda que debe ir a pactar con el grueso del electorado que se muestra apático y escéptico; éste forma el mayor bloque de votos.

A su favor juega que estos abstencionistas jamás votarán a favor del PRI. Para aprovecharlo deberá dejar su demagogia de pedir el apoyo incondicional y ni siquiera dar las gracias. Tendrá que sentarse a negociar con los que ya no creen en nada, y plantearles cómo los incorporará a su administración en los puestos de primer nivel.

No obstante, en el ADN del tabasqueño no se encuentra la idea de compartir el poder con gente que no sea parte de su camarilla de priistas que fueron echados por los tecnócratas.

Bajo estas condiciones no resulta extraño que a Morena le resulte más fácil, y le da más dividendos, desarrollar su papel de víctima echando la culpa a los demás, y se enfrasque en una guerra de descalificaciones con los perredistas, quienes demostraron su desubicación en el mundo electoral.

Juan Zepeda festeja haber quedado en un tercer lugar. Raya en lo ridículo y en lo patético. Como si no fuera suficiente pretender ser el próximo presidente nacional del Sol Azteca, genial; los de Alternativa Democrática Nacional (ADN) serán los nuevos chuchos y, al igual que sus antecesores, usarán al sol azteca como agencia de colocación de empleos.

Es el momento de que el lópezobradorismo madure y trabaje en la estrategia de la multiplicación de los votos, sin depender de lo que haga o deje de hacer el caudillo. Es una mentira mediática achacarle la derrota al ex candidato presidencial haciendo creer que fue determinante que se peleara con los medios de comunicación ¿en serio?  Si esto fuera cierto Donald Trump no habría podido ganar. Incluso, se dio tiempo de exhibir el verdadero tamaño que tienen los medios de comunicación.

Si bien es cierto que estamos en un punto de quiebre, después del proceso en territorio mexiquense, ya que dio la sensación de que habíamos amanecido en 1988, las prácticas fraudulentas regresaron con más fuerza. Vimos un Instituto Electoral del Estado de México (IEEM) y un Instituto Electoral Nacional (INE), sumisos que no intervinieron a tiempo.

Ante ese panorama, López Obrador ha decidido aceptar la derrota (claro con su debido recuento de casillas) y no causa “una mala imagen” ante la opinión pública hipócrita que no se indigna con los cinturones de miseria creado por el priismo.

A pesar de que la noche escureció el ánimo, a lo lejos está la luz, siempre y cuando prevalezca la inteligencia por encima de los intereses particulares.   

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