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Edición 372

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Trump: El presidente de la discordia

Eduardo Roldán*

DONALD TRUMP LLEVA MÁS DE AÑO Y MEDIO EN EL PODER.Su administración ha sido de discordia y confrontación hacia el interior y hacia el exterior de los Estados Unidos, incluyendo a sus aliados.

TRUMP TIENE más de un año en el cargo, pero parece que nunca ha abandonado la campaña electoral; convierte cada oportunidad en una nueva reiteración de su retórica de campaña. Este periplo ha sido sinuoso y peligroso.

La diferencia es que ahora, todo lo que dice y hace viene desde la representación ejecutiva del gobierno estadounidense que él representa, y sus órdenes ejecutivas realmente tienen repercusiones legales y políticas. Lo que ha hablado y hecho Donald Trump ha generado confrontaciones entre sus connacionales y con otros países.

Cuestiones como la confrontación con México y Canadá, el deterioro de las relaciones con Cuba y Venezuela, las salidas de Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el cambio climático, de la UNESCO, del acuerdo comercial denominado TPP, del Pacto Mundial de la ONU sobre Migración, la no certificación del Acuerdo sobre la Desnuclearización de Irán, el anuncio del cambio de la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén, su confrontación con China y Rusia y los insultos proferidos a los países africanos. Todo ello, más temprano que tarde, tendrá consecuencias económicas, políticas, sociales y jurídicas, las cuales mostrarán los desaciertos de la administración Trump.

Salvo la reforma fiscal, el apoyo de la Suprema Corte para no otorgar visa a nacionales de siete países y el apoyo limitado a la construcción del muro con la frontera con México, los logros de Trump han sido pírricos. Pues, además, el Congreso no ha revocado el programa de salud conocido como “Obamacare”.

Más de seis millones de empleos en Estados Unidos dependen de la relación comercial con México. Cuarenta centavos de cada dólar gastado en productos mexicanos apoyan empleos en Estados Unidos.

Ajuste del equilibrio

Sin duda, lo anterior refleja el hecho que estamos viviendo una nueva configuración del poder internacional. Ésta no es más que un nuevo periodo mundial con cambios dramáticos en las concepciones geopolíticas y geoeconómicas en la búsqueda de un nuevo ajuste del equilibrio de poderes militares, políticos y económicos, de coordinación, cooperación o confrontación entre las grandes potencias del orbe. Si bien Estados Unidos, Alemania, Rusia, la Unión Europea, Reino Unido, Japón, Francia y China han jugado un papel clave en la nueva configuración del poder mundial, hoy en día la única mujer líder en el mundo es Angela Merkel. Ésta le ha señalado a su homólogo estadounidense que los problemas de Europa son de Europa, y las cuestiones relativas a ese continente las resuelven los europeos. Le está poniendo a Trump, desde el principio, un dique a sus dimes y diretes.

El mundo se encuentra viviendo una crisis global con grandes convulsiones, y los conflictos se han multiplicado de manera alarmante. Se ha avanzado en declaraciones y acuerdos internacionales para detener el problema grave del medio ambiente mundial, pero persiste como tal. Ha surgido una guerra geoeconómica en la lucha por la conquista de los mercados; abundan las guerras cibernéticas y las guerras del agua están a aflorando a nivel internacional. Han resurgido los nacionalismos a ultranza que amenazan las estabilidades regionales, en particular al modelo de unidad denominado Unión Europea; se ha dado el Brexit. La recesión de la economía mundial ha reaparecido como un gran fantasma.

La polarización creciente entre el Norte rico y el Sur pobre persiste y la desigualdad aumenta. La carrera armamentista sigue creciendo, en particular en el noreste asiático. Asimismo, el narcotráfico y el terrorismo internacional no han disminuido como se esperaba. La reflexión es clara: seguimos viviendo tiempos difíciles; peor aún, no hay líderes mundiales a la altura y envergadura para resolver o proponer soluciones globales, reales y estables a todos esos problemas.

Más vale que Donald Trump reflexione sobre lo que escribió en su libro El arte de la negociación: “Me gusta armar líos y poner a prueba a la gente”. La política internacional ya tiene muchos líos. Más le vale pensar en qué opciones hay para evitar líos y dar soluciones a los problemas mundiales, y no crearlos innecesariamente. En este contexto, tenemos que entender las sabias ideas de Albert Einstein: “El mundo es un lugar peligroso, no por las personas que hacen el mal, sino por aquellas que no hacen nada por evitarlo”. Por ello, el resto del mundo tiene que darse a respetar frente a un Estados Unidos plagado de discordia.

Relación bilateral benéfica

Estoy convencido que no existe en el mundo otra relación bilateral como la que se da entre México y Estados Unidos, tan vital para la prosperidad, bienestar y seguridad una de la otra. Cada parte es interdependiente. Por ello, para entender esta relación tenemos que visualizar lo que está pasando en el mundo en su totalidad. Frente a la era Trump, México tiene elementos sólidos para negociar y coordinarse con Estados Unidos y no confundir negociación con subordinación. En Estados Unidos viven 35.5 millones de personas de origen mexicano. Once millones son mexicanos de primera generación; el resto son de segunda o tercera generación. En conjunto generan 8% del producto interno bruto (PIB) estadounidense.

Esta minoría representa alrededor del diez por ciento de la población de Estados Unidos. De estas personas, una de cada tres, son jóvenes. De acuerdo con la SRE, los inmigrantes mexicanos son propietarios de más de 570,000 empresas, una de cada veinticinco en los Estados Unidos. Esto es, uno de cada diez mexicanos que viven en dicho país son propietarios de empresas, las cuales, entre 1990 y 2017, generaron ganancias por más 20,000 millones de dólares.

Más de seis millones de empleos en Estados Unidos dependen de la relación comercial con México. Cuarenta centavos de cada dólar gastado en productos mexicanos apoyan empleos en Estados Unidos. Las exportaciones a México son mayores que sus exportaciones a China y Japón juntas. La inversión de México en Estados Unidos suma un total de 17 600 millones de dólares, y ha crecido más de 35% en los últimos cinco años. La red de doce tratados de Libre Comercio de México con 46 países significa que las compañías estadounidenses que manufacturan en México tienen acceso libre de aranceles a 60% del mercado mundial.

El comercio bilateral anual entre ambos países representa 531,000 millones de dólares americanos. México exporta a Estados Unidos 2.7 veces más que Brasil, Rusia, India y Sudáfrica juntos. De 1994 a 2017, el comercio bilateral ha aumentado casi 500%. Todo lo anterior significa que cada minuto se comercia un millón de dólares debido a esa profunda relación bilateral. Es decir, la comunidad mexicana en Estados Unidos contribuye diariamente al crecimiento económico y el desarrollo social de este último. Además, a través de la frontera compartida, un millón de personas y cerca de 370,000 vehículos cruzan legalmente todos los días.

Creo que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), es clave para entender al nuevo Estados Unidos. Trump y sus asesores deberían de pensar más a fondo sobre esa política regresionista y aislacionista, pues es altamente probable que ambos mercados presenten una contracción importante con impacto regional y mundial si Estados Unidos llegara a retirarse del mismo. México es el segundo mercado más importante de las exportaciones estadounidenses y el tercer socio comercial de Estados Unidos. Esta es la relación bilateral colindante más importante a nivel global, pues el comercio de México con Estados Unidos en un solo día equivale a todo el comercio de América Latina por un año.

Dicha relación engarza la economía, las inversiones y el desarrollo de ambos países. Los sectores que tendrían un mayor impacto ante la salida de Estados Unidos del TLCAN serían el agropecuario y el automotriz, además del energético, manufacturero, aeroespacial y farmacéutico. Los estados estadounidenses más afectados serían Arizona, California, Luisiana, Nuevo México, Pennsylvania, Wisconsin y Texas, por el nivel de comercio que tienen con México.

Muro de lo inútil y el juego chino

Donald Trump, plausiblemente, terminará de construir, entre la frontera de México y Estados Unidos, un muro de más 3400 km de longitud con un costo de más de 15 000 millones de dólares para supuestamente evitar la entrada de inmigrantes mexicanos y de otras nacionalidades. Sin embargo, con muros y sin muros, la relación continuará por su interdependencia histórica.

Ante las declaraciones del presidente de Estados Unidos de establecer su embajada en Jerusalén, el presidente de China, Xi Jinping, ya había apelado antes al mundo a que se estableciera la capital palestina en el este de Jerusalén. China sí sabe jugar el ajedrez internacional para enfrentar a Estados Unidos. China, como segunda potencia económica mundial, está percibiendo una gran oportunidad para ocupar el vacío de poder que estaría dejando Estados Unidos en varias partes del mundo con su nueva política “recesionista y aislacionista” de supuesta autarquía, de anti libre comercio y antiglobalización inherente al mismo sistema capitalista mundial de hoy en día.

Este es un momento histórico muy interesante en virtud de que la estrategia de China, ratificada con esos planteamientos y anunciada en Davos, Suiza, en enero del 2017, de asumir su papel a favor del libre comercio y de la globalización como “potencia responsable” no es otra cosa más que actuar desde su posición política y económica como segunda potencia económica.

Lo anterior significa que asume bien su papel y ocupa las grietas del poder que ha ido dejando y está por dejar Estados Unidos. China desafía de entrada al gobierno de Trump. Esta es Realpolitik tomada con decisión y determinación para enfrentar a los populistas nacionalistas de derecha trasnochados. El presidente chino sí está sabiendo manejar sus piezas de ajedrez internacional. No le va a dejar pasar a Trump ninguna oportunidad. Es una política de tit for tat, muy al estilo del arte de la guerra chino. China actúa y actuará con golpes contundentes: “a cada acción corresponde una reacción”. Esta es y será la política de China frente al Estados Unidos de Trump.

Hoy en día es fundamental entender la relevancia de las relaciones económicas y comerciales entre China y Estados Unidos para ambos países e incluso para la paz y el desarrollo del mundo. En 2016, el intercambio de productos entre ambas naciones ascendió a 648 200 millones de dólares. Sólo 169 300 millones corresponden a las exportaciones estadounidenses a China. En tanto, 478 900 millones corresponden a las importaciones hacia Estados Unidos de China. Si consideramos el periodo de 2000 a 2016, el incremento de las importaciones de China por parte de Estados Unidos fue de 362 por ciento.

China salió beneficiada, ya que es el mayor proveedor de bienes manufacturados a ese país. Lo que es un hecho es que, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), “la economía global también le ha traído a Estados Unidos un superávit de inversión y el intercambio comercial con China consecuentemente refleja un mayor consumo por parte de Estados Unidos, cuyo producto interno bruto (PIB) per capita es siete veces superior al de China”.

Hay una estrategia

Estados Unidos tuvo un PIB de 18.6 billones de dólares en 2016, en tanto que el de China fue de 11.4 billones de dólares, según el FMI. Asimismo, China, ante la salida de Estados Unidos del Trans Pacific Partnership (TPP) involucró a siete de sus miembros (Malasia, Singapur, Brunei, Vietnam, Japón, Australia y Nueva Zelanda) en la negociación de un Acuerdo Comercial Asiático (ACA o RCEP). Las economías más grandes de la región también están presentes (China, Japón, Corea del Sur e India); México, Chile y Perú, socios de la Alianza del Pacífico, tres de las economías más abiertas de América Latina e integrantes del TPP, ya fueron invitadas a tener un acercamiento.

Esto significa que China tiene estrategia y no se deja amilanar con los caprichos de Trump. China ha resurgido no solamente en sus aspectos económicos sino con gran poderío militar e influencia política. Consecuentemente, China está actualizando, reajustando y reequilibrando sus intereses geopolíticos, geoestratégicos y geoeconómicos a la nueva arquitectura mundial y a su nuevo carácter de líder global. Así, busca avanzar al rango de primera potencia económica en el corto plazo, y política y militarmente en el mediano o largo plazo. Estados Unidos está tratando de limitar este hecho, hasta ahora sin éxito. De acuerdo a WaterhouseCoopers, China será la primera economía mundial en el 2050 con un PIB de 50 millones de millones de dólares; en tanto EE.UU. se convertirá en la segunda economía mundial sólo con un PIB de 34 millones de millones de dólares.

Estados Unidos, China y los países del noreste asiático tienen la capacidad y los medios para proteger la paz y la estabilidad en la región, y debieran seguir teniendo la voluntad para mantener dicho objetivo. Sin embargo, en esa tesitura, China busca convencer a sus vecinos para seguir una doctrina de seguridad regional liderada por Beijing y no por Washington. Esta propuesta fue planteada durante la reunión de cancilleres de la Conferencia de Interacción y Medidas de Confianza en Asia (CICA, por sus siglas en inglés), celebrada en la capital china. China, poco a poco, está asumiendo su papel como segunda potencia económica mundial y está ganando los espacios políticos que Estados Unidos ha estado dejando por la pérdida de su liderazgo a nivel mundial.

Por otra parte, para Estados Unidos, la importancia de Corea del Norte y del Sur es geopolítica y geoeconómica. Por ello, ha mantenido su presencia militar en esta región, para proteger sus intereses económicos y políticos, considerando la importancia estratégica de la península coreana. Al mismo tiempo, EE.UU. pone como pretexto la contención de Corea del Norte para, en su estrategia militar, cercar a China en su ascenso a su nuevo carácter como líder global hegemónico. De ahí su reticencia a dejar actuar solas a las dos Coreas. Como se sabe, desde el 2006 hasta el 2017, Corea del Norte ha probado seis bombas nucleares y lanzado múltiples cohetes a manera de ensayo. Se ha dado la condena global, las sanciones, la distensión, las negociaciones y los acuerdos; una liturgia recurrente.

Opción militar insinuada

Donald Trump se ha expresado con amenazas directas o indirectas para poner fin a la carrera armamentista y nuclear de Corea del Norte. Asimismo, ha afirmado en varias ocasiones que “sólo hay una cosa que funcionará” y que se estaba en “la calma antes de la tormenta”, insinuando la opción militar. Incluso en su discurso ante la Asamblea General de la ONU, en septiembre del 2017, expresó abiertamente que arrasaría a Corea del Norte.

Además, reiteró sus amenazas en su discurso sobre el Estado de la Unión en enero de 2018. ¿Estará pensando en lo que dijo en el programa Meet the Press de la cadena NBC en 1999? En dicha ocasión, Trump señaló que Corea del Norte “era gobernado por una especie de chiflados que estaban desarrollando armas nucleares”. Según él, “no lo hacen porque se divierten haciéndolo, lo están haciendo por una razón”.

Indicó que él “negociaría como un loco y que ¿no sería bueno sentarse, realmente a negociar y hacer todo lo posible? Y si esa negociación no funcionara, sería mejor resolver el problema ahora antes que resolverlo más tarde”. Al respecto, Trump precisó en dicha entrevista que no quería que Estados Unidos utilizara armas nucleares, sino que atacara las áreas donde Corea del Norte estaba desarrollando misiles nucleares.

El intercambio de declaraciones de amenazas entre Trump y Corea del Norte ha alcanzado proporciones preocupantes y descomunales. En esa tesitura, China ha instado a Estados Unidos y a Corea del Sur a detener el despliegue del sistema de defensa antimisiles conocido como THAAD. Dicho país consideraba que estaba acelerando la reacción violenta de Corea del Norte y, consecuentemente, el incremento de las tensiones en la península coreana.

Mi interpretación personal es que hoy, en junio del 2018, al aceptar Donald Trump como presidente una reunión con Kim Jong-un, se está dando la oportunidad para trascender y decir que hay una ligera ventana de oportunidad; la última para negociar. Si los norcoreanos aceptan sus condiciones, no se irá más allá en lo militar, se puede reconocer diplomáticamente al Estado norcoreano, pero, a cambio, se pide la desnuclearización. Estoy seguro de que esa es una conditio sine qua non. Pero el mensaje también es muy claro, pues si eso no se da, entonces Trump sí estaría dispuesto a ordenar un ataque preventivo a los lugares donde se han estado desarrollado los misiles y las bombas nucleares. Trump actúa así para mostrar al mundo y a sus adversarios (los Clinton, los Bush, los Obama) que el sí puede hacer lo que ellos no pudieron y además crear una gran cortina de humo ante los problemas que lo aquejan en medio del Rusiagate; sobre todo frente a las próximas elecciones del congreso el próximo noviembre. Trump busca verse también como un gran estadista frente al electorado y que su partido republicano no pierda la mayoría en el congreso estadounidense.

Yo creo que sí es plausible la firma de un nuevo acuerdo entre Estados Unidos y Corea del Norte. La reunión entre Donald Trump y Kim Jong-un, sin duda, puede contribuir a allanar el camino para lograr dicho objetivo. El camino es largo y sinuoso.

Sin duda, estoy convencido que estamos viviendo un desorden mundial que se mueve entre la busca angustiada de un orden y el caos que acecha a cada esquina del mundo. Por ello, en ese sentido, es conveniente recordar la estrategia de reconciliación planteada por el mismo Kim Dae-Jung, Premio Nobel de la paz y expresidente de Corea del Sur, cuando afirmó categóricamente: “No aceptar ningún tipo de provocación del Norte; no buscar la unificación por la absorción; y sí buscar la reconciliación basada en la cooperación y en la negociación”.

Es necesario deshacer el nudo gordiano con gran imaginación y una enorme voluntad política de todas las partes involucradas en la península coreana: China, Estados Unidos, Rusia, Japón, Corea del Norte y Corea del Sur. Se debe retomar el diálogo de las seis partes a fin de estabilizar la región del noreste asiático y del mundo en general. ¿Serán capaces de lograr esta estrategia política Trump, Putin, Abe, Moon Jae-in, Kim Jong un, y Xi Jingping?

Lo que es un hecho es que, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI), “la economía global también le ha traído a Estados Unidos un superávit de inversión

Donativo inútil

Sobre América Latina, considero que, en este año y medio de Trump en el poder, se empieza a ver una estrategia hacia América Latina. La relación de Venezuela con los Estados Unidos se está volviendo complicada e incómoda para las partes. A pesar de que Venezuela haya donado 500,000 dólares para la ceremonia de toma de posesión del presidente Donald Trump, dicha relación se ha ido deteriorando progresivamente.

En veinte años, las compras de petróleo venezolano han caído en más de 50%. En este sentido es claro que Venezuela está en la agenda internacional de los Estados Unidos. La ideología chavista-madurista y las tensiones entre los gobiernos venezolano y de los Estados Unidos han tenido impacto en las relaciones económicas entre los dos países. Donald Trump declaró que Venezuela era una amenaza para la seguridad nacional e impuso sanciones a varios funcionarios de ese gobierno, acusándolos de violaciones a los derechos humanos y de corrupción. Asimismo, decretó que no se darían visas a nacionales de Venezuela.

En ese tenor, se puede percibir un posible desenlace en el que Maduro recurriese a una guerra distractora prefabricada con Colombia para generar una unidad nacional y fortalecerse en el poder. Ya ha habido incursiones de soldados venezolanos a Colombia. En cuyo caso, Estados Unidos, sin duda alguna, apoyaría de manera indirecta a Colombia. Otro, podría ser que Cuba convenza a Maduro y lo reciba tras dejar el poder pacíficamente o que violentamente sea desplazado del poder y se refugie en Bolivia, principal aliado del chavismo-madurismo. Simultáneamente, Estados Unidos podría congelar a Venezuela las compras de petróleo que diario hace por un monto que asciende a más de 30 millones de dólares, al igual que congelar otras cuentas del Gobierno de Venezuela existentes en diferentes bancos. Finalmente, podría ser derrocado por parte de una élite militar dividida por la influencia de los Estados Unidos y dar la pauta para que dicha élite cree un “Consejo de Sabios”. Este último tendría la función principal de sentar las bases, los tiempos y las condiciones para “la transición al retorno de la democracia”.

Para la administración Trump y su visión miope sobre América Latina, el problema de las drogas está en la cuestión migratoria, y no en la degradación social y económica en sí. Para Trump la migración es generada por los criminales, las drogas y la prostitución. Para él, esas son las causas de la inseguridad y de la enorme criminalidad en Estados Unidos. Es claro que esta política regresiva no es otra que la de narcotizar las relaciones con América del Sur, con Centroamérica y México. Esta política policiaca, punitiva y militarizada reditúa al gobierno en turno ganancias y enemigos distractores por combatir, en lugar de asumir realmente el control y lucha contra las drogas en su propio territorio.

Resulta evidente que con la muerte de Fidel Castro en Cuba terminó la primera etapa de transición, iniciada en 2006 por sus enfermedades y ratificada en el 2008, cuando entregó el poder formal a su hermano Raúl Castro. Éste inició la segunda etapa de transición con adaptaciones de cambio, más pragmáticas y menos ideológicas, hacia el capitalismo de la globalización. La entrega del poder por parte de Raúl Castro, en mayo del 2018, dio término a esa segunda transición e inicia la consolidación de la transición a un capitalismo, pero con la conservación del poder en manos del Partido Comunista, con el apparatchik político existente, con un modelo muy similar al de la China contemporánea, con profundos cambios en la economía del país. Para la tercera transición, aparece la figura del vicepresidente Miguel Díaz-Canel, de 56 años, exministro de Educación, y exsecretario del Partido Comunista en las provincias de Villa Clara y Holguín. Tiene una reputación de ser moderado y equilibrado en la estructura del poder del Partido Comunista Cubano.

Relajamiento del embargo estadounidense

Después del restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos en 2014, y con el relajamiento del embargo estadounidense, se percibieron cambios con mayor claridad. Sin embargo, Trump ha enfriado dichas relaciones deliberadamente para congraciarse con la comunidad cubana conservadora que vive en Estados Unidos.

Así pues, el regreso ahistórico a endurecer la política hacia Cuba, política probada por su fracaso, y el desconocimiento del acuerdo ejecutivo firmado por Barak Obama en relación con el reconocimiento diplomático y el relajamiento económico con Cuba sólo lograrían recrudecer una respuesta cubana firme y determinante.

De esa manera se fortalecería la línea dura, aún fuerte, en el seno del Partido Comunista Cubano. Además, ello podría llevar a Trump a enfrentarse políticamente o en tribunales judiciales con empresas de la talla como American Airlines, Airbnb y JetBlue que han lanzado vuelos directos a Cuba, o con la compañía de cruceros Royal Caribbean.

La guerra contra el terrorismo —iniciada por los gobiernos estadounidense, francés, inglés, español— ha probado que las acciones militares aisladas no son la estrategia adecuada para enfrentar el problema. El nuevo carácter transnacional de las posibles amenazas provoca la interdependencia de la seguridad estatal. Por ello, la región magrebí o norte de África y el Medio Oriente debe seguir teniendo un carácter prioritario. Lo anterior debido a que la mayoría de las amenazas, tanto terroristas y políticas como militares, viajan rápidamente tanto a cortas como a largas distancias. Así, la mayoría de los Estados temen a sus vecinos, al terrorismo y a los poderes distantes. En consecuencia, la situación que prevalece actualmente en Libia, exacerbada por la presencia de militantes islamistas radicales, requiere de los países vecinos ir más allá de sus divergencias y mostrar un espíritu de cooperación a toda prueba con el fin de aniquilar de manera definitiva a ALQAEDA y al AQMI-ISIS-DAESH.

Deterioro gubernamental

En suma, en las regiones donde ha estado presente el terrorismo, el deterioro de los gobiernos se ha agudizado. Ese hecho, se ha visto reflejado en lo que podríamos llamar “una condición de anomia nacional o regional, que es el estado de desorganización social como resultado de la ausencia o degradación de normas sociales, que ya no son respetadas por los individuos ni sus gobiernos”. Queda claro que la seguridad depende, sobre todo, de las condiciones políticas y socioeconómicas de cada país. Con un buen desarrollo de la economía y de la elevación cuantitativa y cualitativa de los niveles de bienestar de la sociedad, la colaboración con grupos terroristas no sería una opción atractiva para la población (en particular para los jóvenes). Si Donald Trump continúa la confrontación con sus aliados europeos, con China y con Rusia, será muy difícil lograr la estabilidad, la seguridad internacional y la lucha contra el terrorismo.

Es altamente probable que el presidente Donald Trump decida no certificar el Acuerdo Nuclear o Plan Integral de Acción Conjunta, firmado por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, China, Rusia y Alemania, con Irán. Trump lo calificó de “desastre” y como “el peor acuerdo jamás negociado”. No obstante que la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) declaró que Irán cumplía y respetaba el Acuerdo Nuclear, Trump decidió no validar el acuerdo y remitirlo a revisión del Congreso estadounidense que dispuso de sesenta días para decidir si se volverían a imponer las sanciones nucleares en el marco de procedimientos acelerados. Justificó dicha decisión al señalar: “Irán apoya al terrorismo y a Corea del Norte”.

Además, la sustenta en el hecho de que existía una resolución previa y aprobada, a inicios del 2017, por el Congreso estadounidense que autorizaba a Trump a hacer uso de la fuerza contra Irán si se sospechase que pudiese tener armas nucleares. Esto obligó a Alemania, Gran Bretaña y Francia a emitir una declaración conjunta, señalando su desacuerdo con Estados Unidos. Aunque últimamente Alemania y Francia parece que están cambiando de parecer. Por su cuenta, Rusia y China también dieron el respaldo al acuerdo nuclear. En tanto, Federica Mogherini, la alta representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Unión Europea, declaró que el acuerdo nuclear firmado en 2015 no era bilateral, por lo que “no lo puede anular un solo país”. Y agregó: “Nosotros no podemos permitir la destrucción de un acuerdo nuclear que funciona y que se está cumpliendo”.

La relación de Venezuela con los Estados Unidos se está volviendo complicada e incómoda para las partes.

Plan para trabajar conjuntamente

En ese entorno, Putin realizó una visita a Irán en el marco de las declaraciones del Departamento del Tesoro estadounidense, al anunciar las nuevas sanciones contra Irán y Rusia, países a los que se calificaba de adversarios de Estados Unidos. Es claro que “Estados Unidos busca debilitar la economía de Irán. El hecho relevante es que, durante la visita de Putin, la petrolera rusa Rosneft y la Compañía Nacional de Petróleo de Irán NIOC anunciaron un plan para trabajar conjuntamente en una serie de proyectos estratégicos dentro de Irán por un valor global de 30 000 millones de dólares. Sin lugar a dudas, Rusia fortalece su presencia en la región y así recupera la influencia política y económica”.

Valdría la pena hacerse la siguiente pregunta. ¿Por qué no continuar con el pacto? Porque quizá al presidente Trump le convenga seguir con una tensión en Oriente Medio, para por un lado alimentar el negocio de la venta de armas y por otro fortalecer sus alianzas con Israel y Arabia Saudita, rivales de Irán en la región. Es evidente que “si Washington se sale del convenio, perdería su credibilidad y eso tendría un efecto directo en el tema de Corea del Norte. Si llega a abandonar el acuerdo, Piongyang no se sentaría nuevamente a la mesa de negociaciones porque no confiaría en Estados Unidos”. Pensaría que, una vez más, como sucedió con el acuerdo del desmantelamiento nuclear firmado entre Estados Unidos y Corea del Norte en 1994, los estadounidenses lo volverían a incumplir.

Una guerra regional es plausible

Además, se han incrementado las tensiones en Medio Oriente. Estados Unidos apoya a Arabia Saudita y está actuando para enfrentar a Irán. Es en este marco que se puede entender con claridad la posición de Trump de no validar o certificar el Acuerdo Nuclear iraní. Sin duda, es una lucha por el poder entre Irán y Arabia Saudita para obtener el liderazgo en dicha región. Una guerra regional es plausible. En el fondo, como afirma el exdirector general adjunto de la OIEA Rafael Grossi, “el hecho de que Trump no valide o no certifique el acuerdo nuclear no es un capricho del actual mandatario sino del Congreso”. Es claro que hay intereses económico-políticos del aparato militar tecnológico industrial que está representado en el Congreso estadounidense y que requiere de nuevas guerras, demonios o fantasmas ficticios para probar sus nuevas innovaciones tecnológicas in situ y, sobre todo, fortalecer sus finanzas.

A lo anterior habría que agregar que graves amenazas se ciernen de nuevo en el Medio Oriente. En un gesto tan simbólico como imperial, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, decidió reconocer a Jerusalén como la capital de Israel y declaró que trasladaría la embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén. Dicha medida generó un profundo descontento en el mundo árabe y abrió una nueva etapa en la historia de enfrentamientos entre israelíes y palestinos. Políticos, activistas y gente común, desde Teherán y Ankara hasta Siria, incluyendo también a China, Reino Unido, Alemania y Francia, advirtieron que la medida inflamaría las pasiones entre los musulmanes de la región y sembraría la inestabilidad y el caos. Con dicha medida, Trump perdió la capacidad y el poder para ser interlocutor y mediador en el proceso de paz en Medio Oriente.

Con la salida del Acuerdo de París sobre el cambio climático, Trump se convirtió en un pirómano. Para detener el cambio climático “necesitamos gobiernos que actúen como bomberos y no como pirómanos”; este es uno de los consejos que resalta el contenido de la Convención de la ONU sobre el Cambio Climático (ccc). En este sentido, varios análisis científicamente comprobados por el Grupo Intergubernamental del Cambio Climático (IPCCC) señalaron que el hombre era el principal actor del cambio climático en 95%.En pocas palabras, el cambio climático impacta e impactará la economía, la salud, la política y el desarrollo social.

En ese contexto, habría que resaltar que 60% de las emisiones contaminantes del mundo las generan Estados Unidos (15%), China (30%), India (7%), Rusia (5%), y Japón (4%). Es decir, estos son los países que más contaminan en el mundo.

Ante esta realidad, Trump ha afirmado que el calentamiento global es “un fraude”, y que se trata de una invención china. Asimismo, el director de la agencia medioambiental (EPA) de Estados Unidos ha asegurado que el cambio climático no existe. Por esas razones, el 1 de junio de 2017, el presidente Donald Trump anunció la retirada de Estados Unidos del Acuerdo de París, dadas sus promesas de campaña en pro de los intereses económicos de Estados Unidos. En consecuencia, el gobierno republicano de Trump eliminó las protecciones a terrenos federales y a las costas estadounidenses, y firmó decretos que ampliaron los permisos para hacer exploraciones petroleras por todo el territorio estadounidense, así como para la apertura de nuevas minas.

Asimismo, se informó sobre la reducción significativa del presupuesto federal a la Agencia de Protección Medioambiental (EPA). Trump declaró que el oleoducto Keystone XL sería construido. A esta acción se oponían ambientalistas y aborígenes. Todo ello sintetiza la falta de visión de un político que no quiere ser líder, que sólo ve al árbol y no al bosque. Un líder que busca refugiarse en una supuesta “autarquía” ahistórica, cuando la globalización misma nos ha llevado, para bien y para mal, a la interdependencia económica, al deterioro del medioambiente y a la necesidad de luchar conjuntamente por contener el cambio climático. Para rematar, Trump firmó un acuerdo ejecutivo, en Utah, por medio del cual se hizo la mayor reducción de terrenos federales en la historia del país. “La norma afectará a dos reservas de ese estado, habilitando alrededor de cerca de un millón de hectáreas que pertenecían al gobierno para el desarrollo de actividades privadas”. Trump continuó el desmantelamiento de las áreas protegidas aprobadas previamente por Barack Obama y sus predecesores.

Creerse juez

Por otra parte, Estados Unidos no puede seguir presentándose como el juez de los derechos humanos en el mundo, pues al interior de su propio territorio prevalece la violación a los derechos humanos y un continuo deterioro de ellos. En este sentido, en general todos los especialistas en derechos humanos concuerdan en que: “Hay que tomar en cuenta que el Departamento de Estado de Estados Unidos no tiene mayor calidad moral para lanzar la primera piedra en materia de derechos humanos cuando en su país existen muchas más violaciones a los derechos de los niños y las niñas en materia penal, en temas de violencia de género y otros grandes asuntos por resolver. En este rubro Estados Unidos tiene muchos vacíos en sus mecanismos para proteger a sus ciudadanos en materia económica y social, así como en el terreno de la justicia y en las intervenciones hechas a otros países. En los últimos años, su población ha registrado una creciente desigualdad económica, aparejada a una reducción de derechos sociales como la educación, la salud, pero también en la vivienda”.

Es bien conocido el hecho que Estados Unidos no ha firmado ni ratificado importantes tratados internacionales sobre derechos humanos, como la Convención sobre los Derechos del Niño, el Convenio para la Represión de la Trata de Personas y de la Explotación de la Prostitución Ajena, la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, ni el Convenio contra los Crímenes de Guerra y de Lesa Humanidad y la Prohibición de los Ensayos Nucleares.

Al respecto, el autor resalta que Estados Unidos fue el promotor y presionó para que muchos países negociaran, firmaran y ratificaran la creación de la Corte Penal Internacional; hasta ahora, es Estados Unidos quien no la ha ratificado. Por cierto, sobre las órdenes ejecutivas o decretos presidenciales antinmigrantes, 134 exfuncionarios y expertos en política exterior de Estados Unidos de gobiernos demócratas y republicanos expresaron, en una carta dirigida al presidente Donald Trump, “que dichas acciones debilitaban la seguridad y los intereses del país”.

En el análisis temático, del libro arriba mencionado y del cual soy autor, se plantean los problemas internacionales y los desafíos de la nación mexicana y de otros países en desarrollo que están insertos en este mundo global. Se plantean esos problemas internacionales y los desafíos de México. Un país fuerte y desarrollado podrá salir adelante ante los temporales que vive hoy el mundo. En el aludo a problemas múltiples a enfrentar: combatir la violencia, el narcotráfico, la inmigración ilegal, fortalecer el Estado de derecho, fomentar la distribución equitativa de la riqueza; combatir la impunidad, la corrupción, la falta de respeto a los derechos humanos, la falta de rendición de cuentas, la inseguridad, la inestabilidad, la degradación de las normas sociales de convivencia, y la falta de profundas reformas económicas, políticas y sociales a nivel mundial y nacional. Sólo desde la transformación interna del país se podrá relacionarse mejor con Estados Unidos, en particular en esta era de Trump. El factor externo no es y no ha sido la causa única de nuestras debilidades y de nuestros problemas. Debemos ser conscientes de que México tiene que hacer una gran tarea al interior de sus fronteras para fortalecerse y ser firme hacia el exterior.

La historia nos ha mostrado —y Zbigniew Brzezinski lo ha analizado—que “quien tiene el poder no desea compartirlo, mucho menos perderlo. Pero existe una diferencia clara entre lo que se desea y lo que realmente se puede hacer”. Sin embargo, hoy en día la disyuntiva a la que se enfrentan Trump y Estados Unidos, en pleno siglo xxi, es ser la potencia dominante o ser la potencia líder. No es lo mismo. El que domina suele establecer las reglas del juego. El que lidera debe concertar dichas reglas con los demás actores internacionales y aceptar también las que éstos plantean. Es evidente que a Trump no le han importado. No ha asimilado las consecuencias de sus decisiones ni el impacto que han tenido al interior y exterior de Estados Unidos. Lo cierto es que, poco a poco, diferentes sectores políticos internos y externos le cobrarán un precio por semejantes posturas y la ofensiva política vendrá al interior de su país, dentro de los organismos internacionales y por parte del resto del mundo.

El Acuerdo Nuclear o Plan Integral de Acción Conjunta, firmado por Estados Unidos, Reino Unido, Francia, China, Rusia y Alemania, con Irán. Trump lo calificó de “desastre”

Pérdida de liderazgo

Está empezando una nueva historia, cuya trama es desconocida, pero está claro que no habrá un solo papel estelar, sino muchos. Con Trump a la cabeza, Estados Unidos ha ido perdiendo liderazgo en el mundo, y en vez de “America First”, ésta se está convirtiendo, poco a poco, en una América sola, en una América aislada. El retorno al unilateralismo fracasará en esta era de globalización y en pleno siglo XXI.

De las contrapartes de Estados Unidos dependerá, en esta era marcada como Trump contra el mundo y con un presidente de la discordia al frente, si serán sumisas o no para lograr balancear la ecuación internacional. China y Rusia están preparándose y diseñando estrategias para posicionarse y dar solución a problemas existentes y a otros posibles que están pronto a mostrarse.

La pregunta fundamental es si se dará la coordinación de las grandes potencias o la confrontación: negociación o confrontación. Estamos en una fase donde se perciben los vestigios de la lucha del poder de Estados Unidos con Donald Trump a la cabeza por mantenerse como país hegemónico. Es la búsqueda de la reafirmación hegemónica de un tiempo y espacios perdidos, en guerras inconclusas en África, Medio Oriente y otros países del orbe, además de los desgastes económicos, políticos y sociales internos.

Es la reinvención de Estados Unidos y la búsqueda de supuestos culpables y chivos expiatorios de los problemas internos y externos en que se encuentra Estados Unidos, donde ha sido fácil encontrar como culpables a México y a China (entre otros) de la pérdida de poder económico de la nación estadounidense.

Con muro y sin muro

En relación con México, valdría la pena reiterar que todo en política internacional se decide en un quid pro quo si se negocia con inteligencia. En el pasado se confundió la cooperación con la subordinación. En esta era Trump, es imprescindible nunca más confundir ambas categorías analíticas, porque Trump las vería como debilidad más que fortaleza. Con muro y sin muro, nuestra relación prevalecerá. En consecuencia, no debemos espantarnos ante la presente etapa que enfrenta el mundo, donde la única certidumbre es la incertidumbre, pues se está dando una nueva configuración del poder internacional como se dio en múltiples ocasiones en el pasado.

Vivimos hoy en un sistema capitalista de carácter global con todo lo que trae consigo: conflictos en los mercados, lucha por mantener la competitividad e intercambios desiguales. Lo que es un hecho real es que estamos viviendo el desplazamiento de la hegemonía estadounidense por otra: la China. De ahí la actitud de Trump. Reitero, es la búsqueda de la reafirmación hegemónica de los espacios perdidos. China ha estado cosechando positivamente lo que sembró en décadas anteriores.

Con su lema América primero, América primero, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se enfrentará a la política exterior de otros países que saben profundamente que la política exterior es la suma de voluntades y de consultas, sobre todo con los aliados. Es decir, Trump está partiendo de una visión equivocada ante la indudable reducción de la economía estadounidense en el mundo y los espacios que China ha ganado a nivel internacional. También tenemos que entender que antes la política en Estados Unidos, fuera demócrata o republicana, se hacía al centro para fortalecerse y unir fuerzas republicanas y democráticas.

Hoy en día, estamos viendo la radicalización del gobierno hacia la derecha extrema. Sin lugar a dudas, esto llevará al gobierno de Trump a varias confrontaciones internas y externas. Trump no entiende que no entiende. Estados Unidos, a nivel mundial, ya no puede hacer lo que quiere; lo han aceptado presidentes como Carter, Clinton, Bush y Obama y por eso han requerido de aliados. ¿Trump los tendrá en el futuro? El proteccionismo al que se quiere regresar va contra el orden liberal, la base del sueño americano, el libre comercio, la libertad de pensamiento.

De entrada, tenemos que aceptar que la noción de que “Estados Unidos como una nación única, tolerante, diversa, abierta y llena de energía y de dinamismo” ha cambiado drásticamente y tenemos que lidiar con ello. Vemos en dicha nación gran poder económico, político y militar, pero una democracia desequilibrada, truncada, maltrecha, llena de discordia. Tiene visos de una plutocracia, que no es otra cosa que el poder en los ricos y el gobierno de los ricos. La ultraderecha nacionalista conservadora liderada por Trump “quemó toda la casa para encender un simple cigarrillo y así llegar al poder” con un alto costo político que está por verse a nivel mundial.

Por ello, ante este panorama se debe aprovechar la fuerza que nos da nuestra presencia en organismos multilaterales (como la OMC, la OIT, la ONU, la OEA, la OMM) para actuar conjuntamente con muchos países que pudieran ser perjudicados por acciones de la administración Trump y, a nivel mundial, presionar al gobierno de Estados Unidos a que cumpla con sus obligaciones internacionales. Habría que profundizar la alianza con Canadá, con China, la Unión Europea, América Latina, entre otros, y desarrollar acciones y esfuerzos conjuntos frente al Estados Unidos de la era Trump. Estamos en la cresta de esos cambios políticos, económicos, sociales y migratorios. Se requiere de una verdadera voluntad política para enfrentar racionalmente dichos cambios y encauzarlos hacia una solución real y no ficticia y mucho menos narcisista y destructiva.

Tomo algunas ideas de Warren Buffet y las adecúo a nuestra realidad. El gran desafío del próximo gobierno mexicano (2018-2024), y de los siguientes, es contratar a los mejores y dejarlos hacer lo que saben para transformar a México y llevarlo a un verdadero y profundo cambio. Pero si se quiere seguir viviendo en el pasado entonces que el ejecutivo contrate a sus amigos y a los menos preparados para que sigan haciendo lo que el presidente les diga. Ésta última opción es la que todos los mexicanos rechazamos. Demos vuelo a nuestra imaginación. No nos molestemos más con el pozo que está seco porque no nos da agua. Mejor preguntémonos por qué seguimos insistiendo en sacar agua en donde ya ha quedado claro que no podemos encontrarla. Abrevemos de otros pozos que tengan agua en abundancia y la quieran compartir para beneficio de todos.

Se requiere atacar los problemas reales que persisten en la sociedad internacional: la desigualdad, la impunidad, la corrupción, la falta de respeto a los derechos humanos, la falta de rendición de cuentas, la inseguridad, la inestabilidad, la falta del imperio de la ley, la degradación de las normas sociales de convivencia, la falta de reformas económicas, políticas y sociales profundas. La fortaleza de los países residirá en realizar esas tareas pendientes y en darse a respetar y así se le respetará en el exterior.

Resulta necesario reconocer objetivamente que el gobierno de los Estados Unidos ha contribuido, con la sangre de sus ciudadanos y de su erario, a ayudar a otros pueblos para conseguir su libertad, a defender sus derechos humanos y a empoderarlos económicamente como sucedió en la Primera y Segunda Guerras Mundiales y en algunos otros casos. Y claro, en muchos otros no, pues ha actuado de manera contraria, ha obstruido las libertades de algunos pueblos en sus decisiones democráticas y desprotegido los derechos humanos: Guatemala, Vietnam, Chile, etc. Pero ahora hemos entrado a un mundo distinto donde en el mismo corazón de Estados Unidos se están desvaneciendo esos principios y valores humanos que antes defendía, donde ahora se violan los derechos humanos incluso de sus propios ciudadanos.

Señor de la ira

Donald Trump es un instante en la historia. Un nativista conservador. No representa a todo el pueblo estadounidense. La mayoría del pueblo, a través del tiempo, ha mostrado sentimientos solidarios, humanos y de compasión en las tragedias. Una muestra reciente de ello son las ciudades santuarios, establecidas para proteger a los inmigrantes, donde los líderes civiles, religiosos, políticos y ONG ́s comprometidos con el bien común, han salido a la defensa y protección de los inmigrantes mexicanos, hispanos y de otras nacionalidades.

Estamos transitando de la “República imperial” a la “República de la discordia”. Es evidente que a Trump no le han importado y no ha asimilado las consecuencias de sus decisiones y el impacto que han tenido al interior y al exterior de Estados Unidos. Sin duda alguna, hoy más que nunca sigue vigente el poema “Las dos grandezas” de Ramón de Campoamor, que podríamos aplicar a Donald Trump, “Toda la tierra, iracundo, tengo postrada ante mí. ¿Y eres el dueño del mundo, no siendo dueño de ti?”.

Está empezando una nueva historia, cuya trama es desconocida, pero está claro que no habrá un solo papel estelar, sino muchos. Con Trump a la cabeza, Estados Unidos ha ido perdiendo liderazgo en el mundo y en vez de “America First”, ésta se está convirtiendo, poco a poco, en una “América sola”, en una “América aislada”. El retorno al unilateralismo fracasará en esta era de globalización y en pleno siglo XXI.

*Internacionalista, analista político y escritor.



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