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Edición 373

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Discurso del odio

Feliciano Hernández*

LAS ENCUESTAS más creíbles anticiparon que Andrés Manuel López Obrador manejará el destino nacional en los siguientes años. Le tocará enfocarse en buscar la reconciliación nacional. No es poca cosa. Lo único cierto es que los sectores más castigados por las malas políticas aceptan los llamados a la paz, pero con justicia y dignidad. Esa ha sido una de las banderas del dirigente de Morena y hacia allá tendrá que encaminar sus acciones.

CHICAGO, ILLINOIS. A partir del uno de julio de este 2018 histórico, al anochecer todo México habrá visto el inicio de una nueva etapa que pudiera disminuir o aumentar el discurso del odio que en los últimos años ha envenenado la convivencia entre los mexicanos.

En las redes sociales de internet, particularmente en Facebook y Twitter, se refleja con mayor crudeza el gran reto que deberá enfrentar el gobierno resultante de la elección del uno de julio.

Pero no son pocos los espacios de los medios tradicionales —prensa, radio y televisión— donde conocidos personajes han usado sus canales como trincheras para denostar, agredir y descalificar a los sectores de oposición. En particular han dirigido sus punzantes ataques contra López Obrador y sus seguidores, y estos a su vez han recurrido a los canales alternativos para responder con virulencia, en lo que parece una situación que ya llegó a los extremos.

El caso más ilustrativo de lo dicho, pero no el único que se dio en medio de las campañas electorales, es el que se gestó en torno al periodista Ricardo Alemán quien, con sus permanentes afirmaciones descalificatorias y ofensivas contra López Obrador, en todos sus espacios periodísticos logró aglutinar a seguidores y a sus contrarios enfrentados en épicas batallas cargadas de odio contra el editorialista y contra los adversarios ideológicos y políticos.

Antes y después de Ricardo Alemán, seguramente hubo y habrá expresiones de tal naturaleza.

El periodista fue sancionado en parte, para unos justificadamente, no para otros. Pero el caso referido ejemplifica la magnitud del problema que se gestó y se dejó crecer desde los propios medios por conveniencias políticas más que mercantiles y puso a debate los límites en torno a la libertad de expresión, la ética periodística y los valores democráticos.

El trasfondo de esta pugna ha sido la disputa ideológica de tendencia derechista o izquierdista –neoliberales y socialdemócratas, con sus expresiones radicales—, centrada en el modelo de país que unos y otros estiman conveniente para sus intereses, con saldo favorable para los que ven a la iniciativa privada y al gran capital como el motor del desarrollo y al estado-gobierno como un simple regulador.

El balance de esa lucha de estos últimos 30 años ha sido una apabullante descomposición social con dos terceras partes de la población (80 millones) hundidos en la pobreza y con al menos unos 11 millones en la miseria total.

 

No será una batalla fácil para el entrante gobierno porque es previsible que los perdedores quieran enfundarse en su labor de críticos y continuar su lamentable tarea de polarizar a los mexicanos.

 

El huevo de la serpiente

COMO ES SABIDO, muchos de los participantes en esas batallas de odio han sido personas a sueldo, y no pocos gratuitos. Entre todos figuran algunos ilustres intelectuales, periodistas y comunicadores de tendencia derechista que han hecho de la palabra un arma punzocortante apuntando siempre contra los adversarios del régimen.

Es de esperar que, con los resultados electorales, el fenómeno se diluya un tanto, en vista de que para los más interesados desde las altas esferas (la mafia del poder, como el aludido los denomina), que durante años dieron aliento a las expresiones de odio contra López Obrador y sus seguidores, sientan que ya no les es redituable persistir en su lamentable proceder.

Lamentable, porque al margen de ideologías y de intereses políticos legítimos o justificables, se dedicaron por conveniencias repugnantes, a descalificar y combatir a un político opositor al régimen, tenaz activista y defensor de los más pobres y de los sin voz, a quien lo peor que se le puede criticar es haber aceptado entre sus colaboradores y seguidores a ciertos oportunistas y tránsfugas de otras denominaciones políticas desacreditadas.

A pesar de todo el odio que inyectaron directamente o indujeron en las venas y arterias de México, que son sus sectores sociales hoy muy confrontados, AMLO ha sido el finalmente ganador de esta larga batalla por el cambio verdadero.

Y no es exagerado afirmar, como ocurrió, que fue el ganador legítimo en el candente 2006, cuando Felipe Calderón y sus cuestionables aliados le arrebataron el triunfo con trampas. Ya les queda claro a todos que su mandato fue un fracaso y que dejó a México hundido en violencia criminal, entre rencores sociales y con una mayor población sumergida en la pobreza.

Queda por saber, y más pronto que tarde se conocerá el efecto, si este resultado electoral atenúa o exacerba las expresiones de odio entre los mexicanos.

Es de interés saberlo, porque llevada a los extremos, como ha estado ocurriendo en el país, esta conducta de desprecio al prójimo entre nacionales, tarde o temprano es el caldo de cultivo de males mayores.

         Están en riesgo los valores consustanciales a toda democracia consolidada, como son el respeto a la libertad de expresión y manifestación, el derecho a disentir y a ser diferentes, y el respeto a diversas garantías sociales.

Por lo visto en estos meses de campañas y precampañas, es de la mayor relevancia atender el asunto porque puede contribuir a la gobernabilidad o hacer la vida imposible y descarrilar a la nueva administración.

Los que promueven el odio

APARTE del periodista mencionado, también otros renombrados comunicadores de radio, y televisión atrajeron los reflectores por su persistente animadversión contra AMLO y sus seguidores. Aunque han participado muchos de origen diverso y con pretensiones muy claras y otras no tanto, el más sobresaliente de ellos pudiera ser Pablo Hiriart, quien en todos sus espacios y al margen de la objetividad periodística se ha destacado por ser un persistente golpeador del tabasqueño.

Hiriart ha desempeñado la triste labor de promotor del odio contra López Obrador y contra sus seguidores, por afanes inconfesables pero encubierto bajo la camiseta de crítico, lo que nadie debiera reprocharle, pero lo que a todas luces resulta insostenible es su persistente afán descalificatorio bajo cualquier pretexto debatible.

Algunos empresarios también pagaron campañas para demeritar al tabasqueño, así pusieron su cuota en esa reprobable tarea de sabotear el cambio incluyente.

Otros ilustres nombres de adversarios del tabasqueño, alineados al poder y desde donde han actuado como puntas de lanza contra el tabasqueño y sus expectativas de cambio -que no son sólo las de él sino las de esos millones de mexicanos excluidos de los beneficios del progreso material- son los ya muy conocidos por sus tendencias antilopezobradoristas Enrique Krauze y su hijo, León; Jorge Castañeda, Mario Beteta, Carlos Marín, Jorge Fernández Menéndez, y varios más de la ciudad capital y de los medios más importantes de los estados.

También personajes como Vicente Fox, Diego Fernández de Cevallos, -veladamente Carlos Salinas-  han contribuido abiertamente con sus dichos y acciones a incentivar el odio y la división entre los mexicanos.

Algunos empresarios también pagaron campañas para demeritar al tabasqueño, así pusieron su cuota en esa reprobable tarea de sabotear el cambio incluyente.

Incluso a nivel internacional destacaron algunos persistentes “críticos” de López Obrador, como el periodista Andrés Oppenheimer, el escritor Mario Vargas Llosa y otros que sin vela en el entierro lanzaron sus dardos envenenados.

Todos ellos, palabras más palabras menos, lo han acusado de autoritario, de intolerante, han expresado que es un “peligro para México”, lo han comparado con el venezolano y finado ex presidente Hugo Chávez, se han referido a él como “el mesías tropical”, Pejelagarto; lo han enfermado también, se han metido con su familia. La lista ha sido grande e interminable en todos estos años. Independientemente de que el destinatario de tales ataques pudiera catalogarse en alguno de los cajones donde lo ubican sus detractores, por algunos aspectos de su desempeño público y rasgos de personalidad, lo que resalta a todas luces es que ha sido sistemático y malintencionado el embate contra el tabasqueño, principalmente para mantenerlo alejado de la silla presidencial, por sentirse quizás amenazados en sus privilegios o intereses obscuros.

Fracasaron, pero en su acometida generaron una estela de polarización y odio entre los mexicanos.

Lógicamente sus seguidores se han sentido afectados y la mayoría de las veces impotentes para responder en los mismos espacios y tiempos, con la entendible consecuencia de que han acumulado altas dosis de resentimiento contra aquellos.

Paz y amor, la promesa de AMLO

¿POR QUÉ ES ÚTIL MENCIONAR a estos personajes y sus extralimitaciones periodísticas? Porque en la perspectiva del cambio que se avizora en México, y a favor de las mayorías, es indispensable que sujetos de esa categoría dejen de escudarse en la libertad de expresión y en su cuestionable labor de “críticos”, cuando es queja ciudadana que su trabajo ha sido servir al régimen, a los empresarios y funcionarios de las altas esferas del poder en sus diversas expresiones, tricolor o blanquiazul.

No han sido los cuestionamientos que hayan expresado o que pudieran plantear legítimamente como periodistas o intelectuales ni como simples ciudadanos, sino su persistente labor descalificatoria, golpeadora y ofensiva, ejerciendo desde las más importantes trincheras periodísticas, enfilando también su arsenal seudo argumentativo y discriminatorio contra los millones de seguidores del tabasqueño, los sin voz que ante su impotencia y falta de espacios para responder han acumulado toneladas de odio, explosivo a las primeras provocaciones.

¿Qué sentimientos puede albergar cualquier persona que mira a otros de sus propias filas, afines, correligionarios o líderes, parientes o amigos, padecer los constantes e interminables ataques de adversarios, muchos infundados e inducidos por personajes que se esconden en la confusión o en el anonimato?

Quien quiera que sea, que siente impotencia, que se siente afectado en sus intereses, en sus esperanzas de cambio, es lógico que se enoje y reniegue de aquellos, y que finalmente proteste en todos los medios a su alcance, hasta el punto de que el creciente disgusto se transforme en odio, como ocurre en la actualidad.

Eso es lo que ha vivido México en los últimos sexenios, y en esta etapa de abundancia de canales de expresión es comprensible que estemos ante un panorama de descomposición social. A esto abonan también el empobrecimiento económico en que han dejado al país los gobernantes y porque quienes teniendo trincheras de las más importantes no sólo no han sido sensibles a las frustraciones del ciudadano común, sino que se han dedicado a justificar a los malos gobernantes y a atacar a quien busca un cambio verdadero en el estado de cosas.

El sexenio del cambio ya llegó, iniciará bajo dudas entendibles, pero el próximo gobierno tiene que trabajar duro y contra corriente, en el sentido de buscar la reconciliación nacional.

Ya se dijo que la paz verdadera y duradera es la que conlleva justicia y dignidad. No hay otro camino para el naciente gobierno ni para los falsos críticos. Tampoco puede haber claudicación en las añejas demandas.  No será una batalla fácil para el entrante gobierno porque es previsible que los perdedores quieran enfundarse en su labor de críticos y continuar su lamentable tarea de polarizar a los mexicanos. Habría que conminarlos a que rectifiquen. Ciertamente, México necesita quitarse lastres y que toda la población camine en el mismo sentido y dirección hacia el progreso incluyente.

 

*Periodista mexicano, residente en Chicago, Il. Estados Unidos. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

 



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