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Edición 394

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VOCES DEL DIRECTOR

La monstruosa dimensión de nuestro drama nacional

Mouris Salloum George

CONCLUIDO SU ACIAGO MANDATO, José López Portillo se autoproclamó el último presidente de la Revolución mexicana. Conocía bien el paño: Había permitido que se infiltraran en la Administración Pública Federal los primeros Caballos de Troya de la tecnoburocracia neoliberal.

Si bien en 1988 se produjo la ruptura de la hegemonía política del Partido de la Revolución fundado en 1929, fue hasta 1994 cuando se vieron algunos destellos de un movimiento que una eficaz estrategia mediática anunció como una gran tormenta social.

Por aquellos meses, desde las hondonadas de las selvas de Chiapas la voz dominante en la operación propagandística hizo una puntual precisión: Soy rebelde, no revolucionario. Contra aviso no hay engaño.

Un cuarto de siglo después, se dio en México lo que algunos politólogos tipifican como una Revolución electoral pacífica. Si se nos permite la precisión, desde Aristóteles el cambio revolucionario parte desde una Constitución vigente en el régimen depuesto o, para ser radical, desde una nueva Constitución.

Vueltas a la noria para volver al punto de partida

Ese es nuestro cuadrante: El neoliberalismo mexicano no pudo desenraizar por completo el entramado de instituciones creadas por el Constituyente de Querétaro de 1917, como éste no pudo prescindir de preceptos fundamentales de la Constitución liberal de 1857.

¿Qué nos informa esa conclusión? La declaración de Independencia de México de la Corona española y las primeras tentativas constituyentes del siglo XIX propusieron abolir la esclavitud y combatir el régimen de castas, estamentos y estancos, soportes del grupo dominante sobre la estructura socioeconómica establecida durante tres siglos de Colonia.

Las primeras tres transformaciones del siglo siguiente tuvieron los mismos nobles fines. El Constituyente de 1917 reafirmó un objetivo fundamental: Suprimir los regímenes de excepcióny, desde el punto de vista de la Sociología Política que postula la igualdad, legislar de tal manera que se formaran leyes para desiguales, ahí donde el ejercicio del poder no está al alcance de Los de abajo.

Se han profundizado las estructuras de la desigualdad

Lo que hizo el neoliberalismo imperante desde la década de los ochenta, fue profundizar las estructuras de la desigualdad socioeconómica.

Ahí estamos parados en 2019: Es claramente visible que en México supervive una sociedad marcadamente estratificada: Una superestructura, la plutocrática, avasalla al resto social; fenómeno cuyo resultado es una clase media desclasada a punto de su proletarización y un proletariado a la orilla del lumpen.

No es casual, por ello, que, de cara al proceso legislativo -anclado en una supuesta democracia representativa- cada estrato social reclame leyes que satisfagan sus intereses particulares, lo que confirma la tesis de que la lucha de clases se resiste a ser derogada por decreto.

Esa es la raíz de la polarización socioeconómica, que no se circunscribe a dos polos. Por la Política, con mayúsculas, sabemos que los polos se multiplican a lo largo y lo ancho del territorio nacional conforme los intereses de cada región y la vocación cultural y productiva de su población.

El individualismo exacerba la indefensión social

Desde esa perspectiva, abonada por el individualismo -marca de la casa del Estado neoliberal- cada quien fertiliza el cepo de su árbol, dejando de lado el bosque.

Ese inmenso bosque social es el escenario pasivo del conflicto por el poder económico y político que se expresa en la violencia bárbara entre los grupos oligárquicos que pugnan por el usufructo de la renta nacional, que no deja de fluir, pero no se reparte porque el Estado, responsable de ejercer el principio de equidad, ha sido también privatizado.

No hacemos abstracción de la violencia institucional, cuya victima social es la clase trabajadora de la ciudad y del campo. Apartamos la violencia del y contra el crimen organizado.

Costos en una década: Dos billones de pesos; 300 mil muertos

Desde que, en 2006, Felipe Calderón declaró su guerra contra el crimen organizado, en una década el Estado mexicano ha asumido un costo presupuestal cercano a los dos billones de pesos, sin incluir los subsidios en millones de dólares del gobierno de los Estados Unidos.

El costo humano en esa década, es el que nos importa y subleva: Con datos sistematizados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía, medidos en el genérico homicidio (ahora los culposos rebasados por los dolosos con arma de fuego), la suma de víctimas rebasa los 200 mil.

Otras fuentes aproximan la estadística a 300 mil. En casilleros aparte están los desaparecidos, desplazados en el interior del país, y los emigrados al extranjero.

El plomo asesino no discrimina: Extermina niños, adolescentes, jóvenes, ancianos, varones y mujeres.

El cuerno de chivo no discrimina credos, clase social, sexos… criminales, agentes de la ley o daños colaterales.

Esa es la monstruosa imagen de México a dos siglos de su “independencia”. Es llegada la hora de tomar conciencia de nuestro drama nacional y hacerlo con una visión abarcadora aquí donde habitamos ya 127 millones de compatriotas.



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