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Estado de derecho y ‚Äúel derecho del m√°s fuerte‚ÄĚ
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Ediciòn 291

Estado de derecho y

‚Äúel derecho del m√°s fuerte‚ÄĚ
ALBERTO RABILOTTA*

 

 

LA PLANIFICACION ECONOMICA por los Estados, que en los pa√≠ses donde dominaba el capitalismo industrial caracteriz√≥ todo el per√≠odo del New Deal, la llamada ‚Äúera del Estado benefactor‚ÄĚ tuvo por objetivo aplicar una pol√≠tica de redistribuci√≥n de la riqueza para reducir las enormes desigualdades en los ingresos que tipifican los per√≠odos del liberalismo econ√≥mico, como sucede en la actualidad y fue el caso en el primer tercio del siglo 20, y que inevitablemente conducen a graves crisis econ√≥micas y financieras, al desempleo y el empobrecimiento masivo, y a momentos pol√≠ticos decisivos.


Roosevelt y el ‚ÄúNuevo trato‚ÄĚ.
Roosevelt y el ‚ÄúNuevo trato‚ÄĚ.

La planificaci√≥n de la econom√≠a en manos de los Estados, tan combatida y denigrada por las voces cantantes del sector privado que defienden la ‚Äúautorregulaci√≥n‚ÄĚ de los mercados, la libertad de la empresa y de la propiedad privada, no ha desaparecido del mapa, sino simplemente ha sido traspasada de los Estados al gran capital con el resurgimiento del liberalismo econ√≥mico a partir de finales de los 60.

Ahora el gran capital, o sea las grandes empresas transnacionales que abarcan todos los sectores econ√≥micos, as√≠ como el dominante sector financiero, ha tomado el poder, el control de los Estados y de los partidos pol√≠ticos de gobierno, como es claro en todos los pa√≠ses del llamado ‚Äúcapitalismo avanzado‚ÄĚ.

Dicho de otra manera, gracias al control que ejercen en todos los niveles de los Estados y al acoplamiento con los ‚Äúpartidos pol√≠ticos de gobierno‚ÄĚ, desde los conservadores a los socialdem√≥cratas, el gran capital puede actualmente planificar y ejecutar con rigor las pol√≠ticas econ√≥micas y financieras que, a escala nacional y mundial, tienen por √ļnico objetivo volver a concentrar la riqueza social en unas pocas manos, en ese menos del uno por ciento de la poblaci√≥n, como bien lo denuncian los ocupantes del Wall Street y los indignados de todo el mundo.

Excelente prueba de esta rigurosa planificación al servicio del gran capital es la destrucción sistemática de las políticas industriales, comerciales monetarias y fiscales que caracterizaron el período del New Deal, como actualmente puede constatarse con las políticas de austeridad aplicadas en la Unión Europea (UE), y con la creación de los mecanismos, instituciones y legislaciones para un Estado al servicio exclusivo del gran capital.

Lo que no pudo entrar por la puerta se infiltró por la ventana

La raz√≥n por la cual ‚Äúhace agua‚ÄĚ desde finales de 1999 la Organizaci√≥n Mundial del Comercio (OMC), el ‚Äúnav√≠o almirante‚ÄĚ de la liberalizaci√≥n del comercio, es simple y bien conocida por quienes se interesan.

La OMC reemplazó al sistema del Acuerdo General sobre Tarifas y Aranceles (GATT, en su sigla en inglés), que en realidad permitía a las grandes potencias tomar las decisiones a puertas cerradas e imponerlas a la mayoría, para liberalizar acorde a sus intereses los intercambios comerciales y desmontar poco a poco las políticas industriales y de sustitución de importaciones en las naciones subdesarrolladas o en vías de desarrollo.

Funcionando bajo las reglas de la ONU, en la OMC cada pa√≠s tiene un voto y la mayor√≠a decide. Esto, seg√ļn nos dec√≠an entonces los directores de la OMC y los ministros de Comercio Internacional de pa√≠ses de la UE y Canad√°, permitir√≠a instaurar por decisi√≥n de la mayor√≠a de pa√≠ses un nuevo ‚Äúestado de derecho‚ÄĚ a nivel mundial.

 

Se sublevan los miserables
Se sublevan los miserables

Un nuevo ‚Äúestado de derecho‚ÄĚ que permitiera que cada pa√≠s, grande o peque√Īo, d√©bil o poderoso, fuese tratado a pie de igualdad por el resto del mundo.

Como se vio en los sucesivos fracasos de las ‚Äúrondas‚ÄĚ de la OMC, el sistema de ‚Äúun pa√≠s un voto‚ÄĚ en el proceso de toma de decisiones permiti√≥ que las voces de los pa√≠ses subdesarrollados y emergentes expusieran el doble rasero de las pol√≠ticas de Estados Unidos (EE.UU.), la UE y Jap√≥n, como los subsidios a la producci√≥n de cereales y alimentos en sus pa√≠ses y las trabas a la importaci√≥n de tales productos. El voto mayoritario de los pa√≠ses subdesarrollados y emergentes fren√≥ temporalmente, y exclusivamente en esa instancia multilateral, algunos de los peores aspectos de la liberalizaci√≥n.

Decimos ‚Äútemporalmente‚ÄĚ porque lo que no pudo entrar por la puerta multilateral de la OMC fue introducido por la ventana de los acuerdos bilaterales o multilaterales de liberalizaci√≥n comercial o de integraci√≥n econ√≥mica, donde los pa√≠ses poderosos -aquellos donde el Estado est√° ya al servicio del gran capital- pueden imponer sus condiciones.

Una demostración en vivo es la actual negociación del Acuerdo Estratégico Trans-Pacífico de Asociación Económica (ATP, en su abreviación), en la cual Washington busca desde febrero del 2008 ampliar el acuerdo de liberalización comercial firmado en 2005 por Brunei, Chile, Nueva Zelanda y Singapur, y puesto en marcha en 2006.

La presencia de EE.UU. en esta negociaci√≥n a partir del 2008 atrajo a otros siete pa√≠ses: Australia (noviembre 2008), Canad√° (junio 2012), Jap√≥n (noviembre 2011), Malasia (octubre 2010), M√©xico (junio 2012), Per√ļ y Vietnam (ambos desde noviembre 2008), y seg√ļn la agencia Reuters que cita a Ron Kirk, Representante Comercial de EE.UU., Washington quisiera mucho que China se incorporase al ATP (Reuters, 8 de mayo 2012), algo dudoso si no se cambian las reglas del ATP, que dan a sus nueve participantes originales -lo que excluye a los √ļltimos llegados, como Canad√°, Jap√≥n y M√©xico- un derecho de veto sobre la participaci√≥n de nuevos pa√≠ses en las negociaciones.

Como analiza Peter Lee (Asia Times Online), la entrada de EE.UU. en este proceso de negociaci√≥n signific√≥, desde el 2008, que todos los pa√≠ses participantes tendr√≠an acceso privilegiado al mercado estadounidense si dan plena satisfacci√≥n a Washington y eliminan las barreras tarifarias y subsidios que afectar√°n a m√°s de 11 mil productos, y al mismo tiempo abren sus mercados (es decir los mercados p√ļblicos y privados a escala nacional y local) a todos los proveedores de bienes y servicios, incluyendo a los financieros, y aplican con el rigor exigido por Washington el respeto a los derechos de propiedad, entre ellos el de la propiedad intelectual.

Para incorporarse al ATP, que est√° ahora bajo la egida de Washington, las naciones del Pacifico deber√°n haber sacrificado la capacidad de defender sus soberan√≠as frente a las ‚Äúintensamente competitivas multinacionales‚ÄĚ (y sus ej√©rcitos de abogados que ser√°n figuras ubicuitas en las cortes de las naciones del ATP si este pacto es llevado a cabo), y esto a cambio de ‚Äúalgo que no es abundantemente claro‚ÄĚ, como enfatiza Lee.

Dinero

Canadá, Japón y México no podrán reabrir las negociaciones en los capítulos del ATP en los cuales los nueve países participantes ya alcanzaron acuerdos, y tampoco tendrán derecho de veto en cualquier otro capítulo de las negociaciones, y tal será la situación de China si decide incorporarse al proceso, algo que probablemente no ocurrirá.

En el caso de la protección de la propiedad intelectual esto significa que a través del ATP, Washington introducirá a escala regional y con perspectiva global, una interpretación extremadamente restrictiva, como la existente ya en las leyes estadounidenses, y para aplicarla a gusto dispondrá de todos los mecanismos, abogados y palancas necesarias que las grandes transnacionales de varios sectores (desde el farmacéutico, las mineras y petroleras, hasta los fabricantes de productos electrónicos e informáticos, entre otros más) pondrán en acción.

La ley que se aplicar√° con rigor y extraterritorialmente, a trav√©s de las cortes nacionales o de los tribunales del ATP, ser√° la estadounidense, que protege los derechos del gran capital. Es as√≠, a trav√©s del ‚Äúderecho del m√°s fuerte‚ÄĚ como viene forjando el imperialismo y sus aliados el ‚Äúestado de derecho‚ÄĚ universal del liberalismo a ultranza.

Nada de nuevo en todo esto. En una cr√≠tica a las ideas del economista brit√°nico J. Stuart Mill sobre la apropiaci√≥n de la distribuci√≥n de las riquezas y la propiedad, Karl Marx escribi√≥ en 1857 que a los economistas burgueses les parece que con la polic√≠a moderna la producci√≥n funciona mejor que, por ejemplo, aplicando el derecho del m√°s fuerte. Olvidan solamente que el derecho del m√°s fuerte es tambi√©n un derecho, y que este derecho del m√°s fuerte se perpet√ļa bajo otra forma en su ‚Äúestado de derecho‚ÄĚ.

*Alberto Rabilotta es periodista argentino-canadiense.
*Alainet



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