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Edición 325 | ||||
Escrito por Abraham García Ibarra | ||||
Viernes, 10 de Octubre de 2014 22:49 | ||||
Trágicos saldos del neoliberalismo mutante
Sociedad fluctuante, le llamaron algunos historiadores a aquella que vivió el medio siglo entre el movimiento de insurgencia y la promulgación de la Constitución liberal de 1857, cuya vigencia se institucionalizó propiamente con el fusilamiento del emperador Maximiliano I (junio de 1867) y la restauración de la República.
Aunque el clásico dejó dicho que la historia se produce una vez como tragedia y se reproduce como farsa, no creemos incurrir en un despropósito periodístico si ensayamos la siguiente extrapolación: Del periodo entre el Primer Congreso de Anáhuac/ de Chilpancingo (1813), donde Morelos proclamó Los sentimientos de la Nación, o, si se prefiere, del Congreso de Apatzingán (1814, que expidió la Constitución conocida con el mismo nombre, que rigió en territorios ocupados por los insurgentes), a la promulgación de las Leyes de Reforma. El más controversial de esos ordenamientos jurídicos, la Ley Lerdo (Miguel Lerdo de Tejada) bajo el rubro de Ley de Desamortización de Fincas Rústicas y Urbanas de Corporaciones Civiles y Eclesiásticas (1856). (La acotación obligada consiste en recordar que, el 22 de octubre de 1981, aniversario de la Constitución de Apatzingán -que este año cumple el bicentenario-, el candidato presidencial del PRI, Miguel de la Madrid quiso arrancar su campaña precisamente en Apatzingán, para rendir tributo a la memoria de aquel Congreso constituyente. De la Madrid recorrió el territorio nacional a bordo del autobús “Morelos”. El año siguiente sentó sus reales la era neoliberal.) Desamortizaron bienes, no las conciencias del anti México El intento de observancia de aquel cuerpo de leyes iniciado en 1856 dio pie a la Guerra de tres años o Guerra de la Reforma (diciembre de 1857-enero de 1861), que se definió con el triunfo del Partido Liberal sobre el Conservador, del cual se desprendió el segmento monárquico, con participación clerical, que buscó un príncipe europeo para gobernar México. De la historia de ese periodo, hemos leído en don Justo Sierra Méndez (Juárez, su obra y su tiempo) que la Ley Lerdologró la desamortización de los bienes de la Iglesia católica, pero no logró desamortizar las conciencias del anti México.
Entrando en materia de esta entrega, situémonos en el septiembre mexicano, mes que marcó a fuego la historia latinoamericana del siglo XIX, porque este precedente encendió las luchas de Independencia nacional respecto de los viejos y vastos dominios españoles. Por conmovedora coincidencia, estamos pergeñando estas cuartillas el 26 de septiembre, cuando a algunos metros de nuestra mesa de trabajo escuchamos la Conferencia Internacional de Apoyo al Estado Nacional y Soberano de Borinken (Puerto Rico) y a su Gobierno Provisional. En la hora actual, los pueblos América Latina padecen lo que los estudiosos denominan neoliberalismo mutante, del que describen forman híbridas y más complejas para enmascarar la acumulación por desposesión; esto es, la explotación de la Naturaleza en territorios “comprometidos, y/o hipotecados u ocupados” para la aceleración de actividades extractivistas, orientadas preferentemente a la explotación de los recursos del subsuelo (minerales e hidrocarburos). Entre los primeros países que han relajado su régimen jurídico para favorecer el funcionamiento del “neoliberalismo mutante” -por supuesto, para satisfacer la codicia de los corporativos trasnacionales-, los investigadores colocan a Colombia, Perú y México; le siguen los que aún exhiben marbete de “progresistas”: Ecuador, Bolivia y Venezuela. Con la expresión Sociedad fluctuante iniciamos esta entrega. La definiríamos ahora como una sociedad colocada en el péndulo entre el populismo -que no se acaba de ir- y el neoliberalismo mutante -que aún no acaba de implantarse. Las brillosas medallas de Euromoney Consorcios internacionales de la comunicación sobre temas del gran dinero, como los británicos The Financial Times y The Economist, que inicialmente se sumaron a los masajes al ego a mexicanos selectos, en las últimas semanas, después de las 11 reformas transformadoras, han planteado ciertas reservas sobre la consecución de sus fines. Incluso, en algunos análisis han equiparado al gobierno de México con San Judas Tadeo, el patrón de las causas perdidas.
Subrayemos un dato para caracterizar a ese corporativo trasnacional, cuya misión es certificar para legitimar el funcionamiento bancario global, el mercado de capitales, incluyendo deuda y capital. Nosotros, los neófitos, aventuramos que, en el sistema global, la deuda se construye con la alegre y abundante emisión de papeles privados o gubernamentales; los más socorridos, son los bonos de deuda a la usanza occidental. Pues bien. En 2004, Euromoney editó todo un tratado para reconocer instrumentos de deuda denominados sukuk (técnicamente, un contrato financiero; en la práctica, un pagaré islámico) para las economías del Oriente Medio. Se trata de una ingeniosa mascarada para eludir los mandatos religiosos de la Sharia, que prohíben la usura (intereses sobre deuda) y la especulación. Euromoney ha ideado una sinuosa triangulación para colocar los esos pagarés islámicosen los mercados de capitales sin que sus operadores corran el riesgo de ser penalizados. Euromoney estimula anualmente a los tecnócratas neoliberales bien portados con el Premio a la Excelencia, que tiene dos categorías: Al Banquero Central del año, que recientemente entregó al gobernador del Banco de México, Agustín Cartens Cartens; y al Ministro de Finanzas del año, que acaba de asignar al secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray. Queden como constancia esas perlas y vamos a nuestra circunstancia nacional, que deambula entre maravillosas expectativas y la terca realidad. Y la terca realidad nos remite a los siguientes datos: Memoria del PIB y del producto per cápita
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