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Edición 363

22securacon

Se cura con cultura

Hoy lloro por tu libertad

Celeste Salloum y Sáenz de Miera

LES NARRARÉ UNA HISTORIA, la cual tal vez conocen, pero les gusta contar de un modo distinto. 
Vamos a brincar de tiempo en tiempo, de ola en ola, de costumbre en costumbre:
Viajemos a través del tiempo y remontémonos –súbitamente– en dos naciones que desde su fundación peleaban a muerte. Cierren los ojos, vean los pilares de una nación que se levantó por medio de una familia exuberante, manipulada por los casamientos, la ambición y el cuidado de sus herederos; sientan la caoba, los altos pinos y hayas a través de un balcón condimentado con toques de antigüedad. Abran el olfato, perciban los jabones imperiales hechos de hierbas, las esencias poco perfumadas y las paredes recién pintadas con aceite. Abran los ojos: bienvenidos, nos encontramos en Austria, siglo XVIII, el Austria gobernada por la familia que más ha gobernado en toda Europa: los Habsburgo, tema de mucha conversación, grandes historias y leyendas, soberbia, competencia y dureza al momento de reinar.
Montémonos en un año específico: 1755, María Teresa de Austria, considerada como "El Emperador" de su época, se sitúa como la mujer que adquirió todo el carácter familiar de la pequeña familia de reyes de Argovia de la que descendía; fue la primera y única mujer que gobernó sobre los dominios de los Habsburgo y la última jefa de la casa, pues a partir de su matrimonio la dinastía pasó a llamarse Casa de Habsburgo-Lorena. Dio luz a dieciséis hijos a lo largo de veinte años, pero –entre ellos– destacó una, la más pequeña entre las mujeres. Cuenta la leyenda que después de haber nombrado a la niña –descrita como "robusta y sonrojada"–, María Teresa vio lugar a una alianza formidable para su querida Austria; ahí, justo en los cuneros, comentó a una de las nodrizas que ésa niña marcaría el futuro de Francia y su nación; sería el fin de las horridas guerras, ya que se consolidarían con un matrimonio.
Su nombre fue María Antonia Josefa Juana, pero surgió una mezcla tras crecer en el vulgo de la cocina del Palacio de Hofburg y el alemán clásico, naciendo el sobrenombre por el cual el mundo la llama ahora: María Antonieta, quien creía que su vida estaba marcada por la tragedia, ya que nace el lúgubre día de muertos, el dos de noviembre de 1755.
Traviesa y –cuentan– un poco torpe, había una luz que radiaba en cualquier lugar al que llegaba a narrar sus aventuras en los lugares menos esperados, en donde no fuera vista. Se dice no congeniaba bien con sus hermanas, quienes eran disciplinadas y destacadas en diversas materias, pero dos grandes pasiones acompañaron a la gran reina: las artes y la historia. Se cuenta que no era muy afín de sentarse a leer, pero sí de escuchar las largas pláticas de sus institutrices.
No fue hasta 1762 que María Antonieta marcó su vida por el amor que dicen la acompañó hasta las penurias, cuando su madre –fanática de la música–, organiza una tertulia invitando a un joven compositor unos meses menor que su hija más joven. Wolfgang Amadeus Mozart llega en Octubre a tocar en el Palacio Imperial de Hofburg para los archiduques Habsburgo; el pequeño ejecutó varias piezas en el clavecín y al bajar del banco, tropieza. En medio de las risas, la infanta María Antonia rompió el protocolo del decoro y corrió a los escalones del escenario para ayudarle a levantarse; se dice que desde entonces intercambiaban cartas concurrentemente, haciéndose confidencias el uno al otro y contando cómo algún día librarían las presiones sociales para estar juntos. Claro que ése día jamás llegó, ya que si no estaríamos narrando otra historia.
María Teresa decidió que su hija conseguiría afianzar la alianza con Francia tras la Guerra de los Siete Años, una alianza que Luis XV y sus consejeros habían aceptado a falta de una alternativa mejor. Así que la pequeña María Antonieta fue prometida al delfín Luis Augusto, nieto de Luis XV y futuro Luis XVI. Conocida la noticia en Francia, la pequeña futura reina empezó a ser conocida con el sobrenombre despectivo de “La Austriaca”. Incluso su futuro marido– educado desde pequeño con odio hacia todo lo que viniera del imperio– no pudo menos que recibir la noticia con profundo desagrado. Desde entonces, la información comienza a revolverse, contando anécdotas pretenciosas para desvincular a la reina con cualquier fuente de confianza real, cuando la verdad era que la envidia del ducado francés era alta; para quienes buscaban formar una alianza real entre sus hijas, se les fue declarado nulo, ya que un príncipe Borbón se casaría con una extranjera. Desde ese día, María Antonieta (sin haber pisado suelo francés) ya era el desprestigio de los Habsburgo.
El 17 de abril de 1770 María Antonieta renunciaba a sus derechos sobre el trono de sus padres y cuatro días más tarde marchaba hacia su nuevo destino. Llega a la frontera francesa para ver cómo se le separaba de sus damas e incluso mascotas; sus prendas fueron quemadas y no se le permitió entrar al suelo francés con ninguna pertenencia austriaca. Se dice que el primer encuentro con el joven Delfín fue frío, y que las pocas palabras que intercambiaron no simbolizaban ningún tipo de interés de él hacia ella; María Antonieta, sin embargo, siempre mantuvo una esperanza en su corazón que le decía que –en algún momento– su amor por el joven Wolfgang sería reemplazado por el de quien le acompañaría hasta la muerte. A pesar de sus infortunios y que viera en Versalles siempre una cultura de desperdicio y omnipotencia, María Antonieta decidió marchar con sencillez, hasta que el rey, Luis XV –orgulloso de su prepotente amante, Madame du Barry– la clasificó como una persona incapaz de mantener el comportamiento de una futura reina. María Antonia no tuvo frutos en su intento de mejorar su estancia en la corte francesa, donde sólo se le criticaba por cómo recogía su cabello y el mantener una higiene impecable hacia su persona; su esencia fue tratada como la de una persona poco merecedora de respeto, mostrando conflictos con du Barry por el desperdicio que había en el Palacio y por parte del ducado francés. Primos cercanos al Delfín ordenaban un par de zapatos para todo el año, para posteriormente deshacerse de ellos, sin dar la oportunidad de utilizarlos más de una vez. La futura reina colapsó en medio de lo que se supondría como "Caos" en su hogar: Austria; pronto, su visión por la moda la convirtió en una persona famosa por ello, pero no con su nombre, ya que ella era la cabeza tras la cara de muchos diseñadores famosos de la época. En mayo se casaba con un joven delfín de poco más de 15 años, de mirada miope y poco agraciado para que, en 1774, suba al trono Francés junto con el ahora Luis XVI. Al fin, la joven había sido colocada en el trono francés por su madre para favorecer a los intereses políticos del Imperio de los Habsburgo.
Sus primeros años en la corte francesa los vivió con plenitud, pero siempre rodeada de rumores; algunos falsos y otros exagerados. Recibía cartas de su madre concurrentemente, en las cuales la presionaba para dar un heredero a la corona, ya que era la finalidad del matrimonio, sobre todo, de un matrimonio real; mientras la vida pasaba, dedicaba sus días al bordado y dibujo de sus propios vestidos, de los cuales cuentan, muchos llegó a confeccionar ella misma, incluyendo a las sonrisas que atrajo para la historia el "Vestido Blanco", mismo que diseñó con un modelo sencillo pero elegante, con una tela sutil y barata, para que así –en su intento de copiar el estilo Real– las mujeres francesas tuvieran a su alcance lo superfluo de su felicidad: las pelucas y prendas, siempre en tiempo y forma.
El 19 de diciembre de 1778 María Antonieta cumplió con su principal deber como reina, tuvo su primera hija, María Teresa. Tres años después, nacía el ansiado delfín, Luis José Javier Francisco. En 1785 tendría su tercer hijo, el futuro Luis XVII de Francia, y un año después nacería su última hija, María Sofía, que moriría con un año de vida en brazos de la reina.
Cumplido su principal deber, su actitud cambió queriendo cuidar de sus hijos y haciendo crecer en ella su instinto maternal, pero aún así, continuaron creciendo el número de críticas hacia la reina, voces que llegaron a límites tan graves como llegar a dudar de la paternidad del rey de alguno de sus vástagos. Se hablaba de la extravagancia de la reina y del poco interés que le daba ésta a su pueblo, cuando en realidad la burguesía francesa no toleraba que la reina tuviera el cabello por el cual la envidiaban, o que vendiera algunas de las joyas que le fueron de regalo por su compromiso con Luis XVI para mantener a más de treinta familias, dándoles trabajo en la corte francesa. Pero, sobre todos los rumores, hay uno en específico, una frase que la acompaña junto con su cabeza a cualquier cátedra de historia en cualquier nivel de escolaridad. Se dice que, cuando la reina se enteró de que el pueblo tenía hambre, ella contestó frívolamente "Pues que les den pastel", frase que persiguió a toda reina extranjera desde la monarquía Valois ante la llegada de una Médici. Aunque los Borbón y los Valois fueron enemigos hasta terminar unos con los otros, frases para desprestigiar a Catalina de Médici perseguían a la joven reina.
A las puertas de la Revolución Francesa, María Antonieta abrió los ojos y se dio cuenta de la importancia de su figura. Se volcó en la educación de sus hijos e intentó colaborar con su marido en el gobierno cada vez más deteriorado del país, inclusive siendo ella misma la que mandara en acción estratégica, ya que Luis XVI cae en una profunda depresión en 1788. Pero ya era demasiado tarde.
La reina siguió los acontecimientos de la revolución y aceptaba el cambio liberal del gobierno, siempre y cuando su pueblo estuviera de acuerdo en ello.
Después de la proclamación de la monarquía constitucional y del aceleramiento de los acontecimientos revolucionarios, Luis XVI y su esposa decidieron huir al extranjero en la fatídica huida de 1790. Cuando el 20 de junio fueron descubiertos, sus esperanzas se fueron reduciendo a la mínima expresión.
Luis XVI ofrece su cabeza con su firma en el Acta Revolucionaria, acordando con diversos "Defensores de la causa" que se le dejara en paz a la reina y sus hijos. El 21 de enero de 1793 moría guillotinado el rey de Francia, mientras María Antonieta trataba de cubrir los hechos ante sus hijos, ya que se vio obligada a presenciar la ejecución desde su celda, en la torre del Temple. Cuenta en sus diarios la joven María Teresa saber que su padre había fallecido tras los gritos a los que convocaba el supuesto revolucionario Robespierre por la cabeza que rodaba en el suelo. María Antonieta ya poco podía esperar de la patria que desde el primer momento la había acogido con hostilidad. Separada de sus hijos, la reina fue recluida y sometida a crueles interrogatorios, en los cuales se le llegó a preguntar por una terrible acusación de incesto, de la cual se le declaró inocente hasta sus alcances, pero en esos tiempos turbios, Robespierre y sus compatriotas, la mandan a la guillotina sin tener una sentencia firmada por el parlamento de París. Muchos rumores siguen en pie por la envidia que Robespierre y otros personajes como Danton –conocido por ser parte del supuesto "Comité de Salvación Pública"– o por el temor de no poder justificar sus gastos "filosóficos" y económicos mas que guillotinando a quienes les tendieron la mano con amabilidad. La historia de ambos, vanagloriados en libros y textos históricos, se ven torcidas tras la ejecución del rey, donde toman partidos distintos y disputan frecuentemente; ambos terminan en la guillotina junto con Desmoulins y Fabre después de ser arrestados bajo la acusación de ser "Enemigos de la República", o tal vez por las 15,000 almas y cabezas que aproximadamente arrebataron y por las cuales debían de pedir clemencia ante un dador que no les dio un juicio, pero sí un buen nombre a lo largo de los años.
En su testamento y última carta, escrita el día de su ejecución, María Antonieta le deja a su cuñada, Isabel, la custodia de sus bienes más preciados: sus hijos. Una semana después, Isabel murió en la guillotina, sin saber que una carta interceptada por el nuevo gobierno la hacía soberana responsable de sus dos sobrinos; el tiempo trató mejor a María Teresa –quien murió sin hijos o relaciones estables y fue criada en un convento– que al Delfín, quien moría raquítico y tuberculoso en una celda.
Declarada culpable de alta traición, María Antonieta fue condenada el 16 de octubre de 1793; marcha erguida en la actual plaza de la concordia, sin mirar abajo u atrás y libre de remordimientos; pisó al verdugo y sus últimas palabras fueron hacia él, refiriéndose a que no era un acto hecho con intención de dañar, así como las de él. La historia termina con gritos unísonos a las doce del día de aquella tarde, en el cual se levantó por los cabellos la cabeza de una mujer repudiada por muchos, ¿Por qué? Por la diversidad que representaba para el bárbaro pueblo francés, pero contemos que es la historia que podemos rescatar, que podemos narrar, ya que, ¿Cuántos murieron en el anonimato tras el nombre de una falsa revolución? Por eso, María Antonieta, por las acusaciones, por el dolor, por la infamia, por todo eso y más, hoy lloro por tu libertad.



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