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Edición 386

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Si algo une a los mexicanos es su odio contra sus expresidentes, casi ninguno se escapa, y razones tienen de sobra para maldecir a sus corruptos gobernantes.

DILEMA DE AMLO: AMNISTÍA O JUSTICIA A SECAS

Juicio contra los ex presidentes

Feliciano Hernández

Mientras en América Latina varios ex mandatarios purgan condenas de cárcel, en México al menos cinco ex titulares del Ejecutivo se pasean intocables, aunque repudiados en todo el territorio nacional… Ante el triunfo arrollador de Andrés Manuel López Obrador el pasado uno de julio, por su reiterada promesa de combatir la corrupción a los más altos niveles, ¿se atreverá a llevarlos a juicio, en respuesta a un reclamo unánime?

CD. DE MÉXICO.-Andrés Manuel López Obrador tiene en sus manos la oportunidad de pasar a la historia no sólo como un buen gobernante, que ayudó a los más pobres, sino como el hombre que se atrevió a enjuiciar a los ex presidentes. Millones se lo demandan, y quizás sea sólo motivo de presión popular para que AMLO proceda en tal sentido.

TAMPOCO ES SEGURO que se incline a satisfacer el anhelo de justicia de una parte de la sociedad. En las primeras semanas de su gobierno aceptó realizar una consulta popular para el efecto, pero al acercarse la fecha prefirió dejar la iniciativa para mejor ocasión.

Vicente Fox y Felipe Calderón, principalmente, debieran estar preocupados. Los seguidores de López Obrador, que son millones de fieles, los identifican como los que le robaron la presidencia y sobre esos dos panistas recaen los mayores señalamientos de indignación popular. Peor para ellos todavía porque ambos se afanan imprudente e irónicamente en su papel de “críticos” del nuevo régimen, rompiendo la tradición de silencio que envolvía a los exmandatarios.

En el 2006 y en el 2012, millones de electores se sintieron despojados por Fox y Calderón de los beneficios anunciados por su frustrado candidato. Ahora quieren venganza, justicia a secas, para decirlo en términos políticamente correctos.

Fox y Calderón, provocadores

CON AMLO EN EL PODER el ánimo revanchista de sus millones de seguidores está latente y más se crecen ante el activismo abierto que mantienen Fox y Calderón contra el tabasqueño, como fue en la marcha #AmloRenuncia en la que el par de ex presidentes participaron activamente.

En las redes sociales se ve con nitidez la inconformidad contra ellos, que si no fuera por el ánimo conciliador y pacifista que pregona y demuestra López Obrador, aquellos estarían por lo menos siendo procesados.

Como un ejercicio para medir la temperatura en esos foros de amplia participación, y como propuesta abierta y respuesta a la provocación #AmloRenuncia, publiqué en Facebook el siguiente mensaje: “Si organizáramos una marcha para pedirle a AMLO enjuiciar a Fox y Calderón, por corruptos, participarían millones… ¿o no?”

En pocos minutos la cifra de reacciones -aprobar y compartir (likes y shares)- subió a cientos; en unas horas eran más de mil, y en dos días más de dos mil; con un 98% de aprobación y una persistente exigencia de poner día y hora al evento para exigirle al presidente procesar judicialmente a los aludidos; no pocos señalaban que Peña Nieto tenía que ser incluido.

Nada mal para un inocente comentario en esa red social; lo que dio pie a pensar que en una convocatoria formal respaldada por dirigentes de Morena o por algún notable ciudadano, los expresidentes de filiación panista sabrían la conveniencia de seguir el ejemplo del priista mexiquense, quizás el último en la presidencia en muchos años. Calladitos se verían más bonitos.

Aunque la lista debiera abarcar a los últimos cinco (Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto), el mensaje “posteado” fue específicamente dirigido contra los dos panistas por considerar que se exponen imprudentemente en su papel de provocadores y sin la mínima autoridad moral de ellos para criticar al gobierno entrante, por el pésimo desempeño que tuvieron en sus respectivos sexenios. Por lo menos Peña Nieto se mantiene con la boca cerrada, y eso le ayuda, sin duda.

Que se les aplique la ley

EN TODO EL MUNDO y en toda la historia, resaltan casos de gobernantes que pagan con cárcel sus delitos o simples errores; otros fueron depuestos con simples protestas o violentamente. Francia siempre viene a la memoria en tales casos, porque en su Revolución mandó a la guillotina a sus reyes.

En Brasil purga condena el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva, por corrupción menor. Hoy sigue fresca la noticia de que en Perú se suicidó el expresidente Alan García al saber que iban por el por presunta corrupción. En ese país, fue sentenciado a una larga condena de prisión el expresidente Fujimori. En Guatemala y en otros países han encerrado a varios.

En México, independientemente de lo que resulte en el anhelo popular de enjuiciar a los expresidentes, pesa sobre AMLO el reclamo mayoritario de llevar al patíbulo a los aludidos o de explicar con todas las de la ley a cambio de qué los mencionados pueden sentirse intocables y si es su obligación enjuiciarlos.

Razones de más las hay para que los aludidos tuvieran que acudir a los juzgados, nada que no se haya ventilado en la prensa, aunque sin las investigaciones ministeriales de sendos casos, pero no por eso carentes de veracidad ni ajenas al interés público. De los últimos cinco, sus cuentas públicas; sin aclarar las numerosas irregularidades en el ejercicio del gasto.

De Vicente Fox: el financiamiento ilegal que lo llevó a la presidencia; sus negocios turbios con la dirigente del sindicato magisterial, Elba Esther Gordillo; la persecución ilegal y desaparición forzada de militantes guerrilleros del EPR; el saldo insoluto de sus deudas millonarias al Fobaproa; las denuncias que involucraban a Martha Sahagún y a sus hijos; las condonaciones ilegales de impuestos con las que favoreció a empresarios; las extorsiones a esos empresarios a través de fundaciones; los recursos desviados a su rancho; su complicidad en el robo de combustibles; la persecución contra periodistas y empresarios adversos a su gestión.

De Felipe Calderón, la lista es más larga: los contratos ilegales que autorizó a Mouriño desde su cargo en la Secretaría de Energía; también su complicidad en el robo de combustibles; la remodelación del rancho de sus suegros con recursos desviados de Tlalnepantla; el autopréstamo frustrado en Banobras; el dispendio de los fondos para el Centenario y Bicentenario de la Revolución y de la Independencia, con ejemplos concretos como la inútil Estela de Luz, que de un presupuesto de 300 millones acabó costando al erario mil millones de pesos más; el enriquecimiento de integrantes de sus gabinete, todos los cuales siendo residentes de barrios clasemedieros acabaron como habitantes de millonarias residencias en los barrios más exclusivos de México; sin olvidar las violaciones a los derechos humanos en su gestión y los crímenes colaterales del Ejército en su fallida guerra contra los narcos.

De Peña Nieto, lo de la famosa Casa Blanca es pecado menor ante la irresponsabilidad con la que manejó el presupuesto y su administración en general, permitiendo que tirios y troyanos robaran a manos llenas. Hoy, como no queriendo, AMLO está sacando la basura debajo de la alfombra.

La responsabilidad legal del gobierno  

FRENTE A SEMEJANTE RESPONSABILIDAD, la de castigar a los corruptos, AMLO ha tenido pronunciamientos diversos, como candidato y como titular del Ejecutivo. Como si ignorara que tiene una obligación constitucional de simplemente aplicar la ley.

Recuérdese que en actos de campaña manifestó reiteradamente que combatiría a los corruptos hasta el último rincón del país, pero acto seguido prometía borrón y cuenta nueva a los criminales. “Amor y paz”, repetía y sigue diciendo lo mismo cuando siente la presión sobre el particular.

Es entendible que el presidente tiene una tarea enorme al respecto. El mismo ha dicho que si tuviera que encerrar a todos los corruptos le faltarían cárceles.

Lo que no es admisible es que quiera eludir su responsabilidad como titular del Ejecutivo. Si bien ha promovido leyes que van encaminadas a combatir la corrupción y los abusos de poder, no es suficiente. El afirma una y otra vez que quiere mirar hacia delante.

Lo que parece quedar claro a la vista de muchos es que el entonces candidato y hoy presidente NO quiere enfrentarse con los malosos. AMLO dio esperanzas al respecto, se comprometió y cuenta con mayoría partidista en las cámaras; además de tener en los primeros meses de su gobierno un apoyo popular del 80% de la población consultada en encuestas, algo nunca visto en los tiempos modernos de México.

Para buena parte de sus adversarios, el presidente despierta sospechas de haber pactado impunidad con Peña Nieto, y de no querer confrontarse con Fox y Calderón, y eso los enerva.

La hora de la verdad le llegó al presidente. Nunca tuvo empacho como candidato en arremeter contra Salinas, Fox y Calderón en mayor medida; y en menor intensidad contra Zedillo. Se puede afirmar que durante largos años alimentó un rencor popular contra esos exmandatarios.

Ahora la gente exige cuentas. Si el panorama económico le favoreciera al presidente en los próximos meses, lo cual parece imposible, es previsible que la presión popular disminuya y la gente se distraiga en otros asuntos. Pero si esa gente sigue con los bolsillos vacíos, sin duda que seguirá presionando al gobierno, y posiblemente con mayor intensidad, para que les entregue un chivo expiatorio, o algunos de los peces gordos que satisfagan en parte el anhelo de justicia; parecido a lo que Salinas hizo con La Quina y como Peña Nieto hizo con Elba Esther, en parte como acto circense y en parte como táctica para ganar tiempo. Tampoco lo hicieron motivados por un espíritu de justicia, lo sabemos.

Esto quiere decir que el presidente NO debe descartar que tenga que echar mano de alguno de esos personajes o de varios, para calmar la sed de venganza, el revanchismo que envenena el ánimo popular. Ni los que están en la mira debieran seguir provocando.

No es exageración, lo dicho. Sólo hay que revisar las redes sociales –la inconmensurable ágora moderna—, para constatar la sed de justicia que corre en las venas de esa amplia mayoría que le dio a AMLO el triunfo electoral.

Una cosa cierta: NO fue gratis, tampoco un cheque en blanco.

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