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Ediciòn 292

APUNTE
JORGE GUILLERMO CANO

Detrás del espejo


EN EL SEGUIMIENTO de la figuración periodística (la peregrina creencia en el gran impacto evaluable, presumiblemente para bien, de lo que se escribe o se dice en los medios de distinta etiqueta) parece que seguir arando en el desierto, arrastrando la piedra de Sísifo o tejiendo el manto de Penélope, es asunto de ingrata obligación cuyo efecto recuperable bien puede ser huir del far niente, como destino ineludible si del impacto aquel se trata.


Cano


ME REFIERO AL IMPACTO en lo que toca al interés general, a la médula del contrato social que define Rousseau, no a las ganancias coyunturales en las pugnas de la kakistocracia política o las mediáticas.

Hay, desde luego, quienes defiendan con pasión aquella entelequia, ocultando o marginando los referentes terrenales de la presencia “informativa”, con frecuencia encapuchados en la ingenuidad a sabiendas.

Como sea, la búsqueda detrás del espejo que Carroll le inventó a la Alicia del cuento ha de seguir, así sea en el desánimo que amenaza y asalta (si lo sabrá el escribiente) mientras la limitación del entendimiento sea el signo de las actorías.

Dicho lo anterior, a seguirle. Es un imperativo y una cuestión de principio (lejos, ciertamente, del entendimiento de esa clase política que ves, pero muy cerca de lo que importa).

Flojas, las tareas de Hércules

Al anunciar la virtual aparición de su nuevo partido, Andrés Manuel López Obrador dio a conocer seis lacras que no serán permitidas: “el caciquismo, amiguismo, influyentismo, nepotismo, sectarismo y el clientelismo”.

En un comunicado a los delegados que en noviembre próximo votarán a favor de crear el nuevo partido, López Obrador enfatizó: “ninguna de estas y otras lacras de la política actual” serán permitidas.

La pregunta que surgió de inmediato es ¿y quién va a cerrar la puerta? -Entre los principales epígonos de AMLO hay verdaderos especímenes de eso que, justamente, el tabasqueño califica de “lacras” de la política.

En conocida misiva, López Obrador afirma que para lograr el cambio y el triunfo de la justicia “es imprescindible contar con buenos dirigentes. Con mujeres y hombres sinceros, honestos, congruentes y trabajadores; dispuestos a luchar por causas más elevadas que sus propios intereses personales”.

Su organización, dice AMLO, no se mueve “por la ambición al dinero ni por la búsqueda del poder por el poder”. En consecuencia, pide el ex candidato presidencial que al elegir a sus representantes, se tenga “todo el cuidado que el caso amerita”.

Bueno el propósito, pues ese cuidado ha estado prácticamente ausente del todo.

La simulación, en efecto

Que no debe haber confusión ante “la simulación, la palabrería hueca o el engaño de quienes se autodefinen de avanzada y solo buscan mejoría económica o acomodo político, bajo la máxima de que se puede triunfar a toda costa sin escrúpulos morales de ninguna índole”, recalca AMLO.

De acuerdo, pero a la luz de la experiencia parece una empresa imposible de concretar. El acontecer cotidiano del país ilustra en el campo de la política, y de todos colores, precisamente lo que López Obrador dice condenar. Lo que, por cierto, se le ha hecho saber sin que proceda en consecuencia (el PRD en Sinaloa es claro ejemplo de ello).

La cuestión de fondo

Por lógica, además de los Monreal, Bartlett y epígonos, que encajan a la perfección en la descalificación de AMLO, irán al nuevo partido cuadros del PRD que difícilmente compartirán ese alejamiento romántico del interés por el dinero, el poder relativo y la vulgar comodidad de la oposición acomodaticia.

Ahora bien, mucho se ha opinado y seguirá en torno a la conveniencia, o no, de que el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) encabezado por AMLO se convierta en partido político.

La fragmentación formal (factual casi siempre lo ha sido) de la llamada izquierda con un  nuevo partido es relativa. La cuestión en realidad estriba en las intenciones de sus dirigentes. Si el interés está en la búsqueda del poder para beneficio de las mayorías nacionales o para ellos mismos.

¿Se podrá abonar el beneficio de la duda? -Ya veremos.

¿Pasos en la azotea?

En los últimos días se ha venido dando un giro preocupante en la percepción del clima político mexicano. De un panorama tendiente al optimismo, así fuera relativo, se está pasando a configurar un esquema de incertidumbre.

Diversos análisis, con mayor énfasis los extranjeros, a diferencia de los nacionales, presentan un contexto político mexicano de suyo incierto. Los tonos varían desde la inestabilidad más o menos superable hasta la ingobernabilidad.

Puede parecer exagerado pero el hecho es que, en efecto, las condiciones parecen estar dadas para que se reactiven conflictos en el entorno nacional y se generen otros.

En términos amplios, los viejos y recurrentes problemas de la pobreza crónica, la inequidad y las asimetrías socioeconómicas; la crisis de credibilidad en todos los órdenes, configuran una conflictiva que no es dable marginar.

Un contexto de corrupción desenfrenada, descomposición social que raya en el extremo, la inutilidad fáctica de la crítica y el regreso al poder federal de un partido cuyos referentes evaluables no apuntan a nada bueno.

Al pie de los sobresaltos

El hecho es que los conflictos están latentes  y en cualquier momento pueden resurgir con mayor intensidad.

No hace mucho, a los grupos guerrilleros conocidos se sumó el de las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo (FARP). En un aniversario luctuoso de Emiliano Zapata se presentaron armados con rifles de alto poder en el pueblo de San Francisco, Xochimilco.

Las cosas no llegaron a mayores pero el mensaje fue claro: se puede.

Guerrillas, en calma por ahora, narcotráfico desatado (con todo y los “grandes golpes” que presume el gobierno), crisis en las universidades, inequidades, ausencia de credibilidad en las instituciones y cuestionamiento del resultado electoral, configuran el contexto que no ha sido ubicado en su real dimensión.

Magnificaciones aparte, es claro que el nuestro es un país de sobresaltos y de imprevistos. Por lo mismo, y más allá de la rentabilidad electoral, los partidos deberían asumir un compromiso claro al respecto. Y sin marginar las causas profundas.

En la tierra de Beltrones

Todos los retenes del país son ilegales, violan la Constitución y las garantías individuales, ni caso hay en explicarlo de nuevo. Además, y de ahí la mayor indignación de la ciudadanía que los padece (la delincuencia rara vez, por no decir nunca, tiene mayor problema) son inútiles en cuanto a su propósito declarado.

El tráfico de drogas sigue en auge, las bandas de asaltantes y secuestradores actúan en la plena impunidad y salvo contadas excepciones, de matiz político, se les aprehende, aunque no se sepa a ciencia cierta si se trata de los verdaderos culpables.

Pero hay un retén, cerca de Ciudad Obregón, Sonora, la tierra de Beltrones, que ilustra con mayor contundencia el desmadre y la impunidad oficial (o clonada).

Cualquier conductor es detenido ahí al arbitrio de supuestos agentes de la PGR, sin el uniforme reglamentario, que bloquean la carretera con camionetas sin el logotipo oficial, ni los colores siquiera; no hay representante de derechos humanos y, en suma, es una clara muestra del desastre en que se han convertido esos artilugios de la “prevención”.

Y a ver hasta cuándo.

Tamborazos

-En el estado de Sinaloa priva la opacidad informativa desde la esfera oficial, como lo puede comprobar cualquiera que se acerque a la kafkiana administración de esa entidad. Pero le acaban de dar un “premio a la transparencia”. Habrase visto.

-Sin solución a la vista (todos se hacen de la vista gorda) continúa la violación a la Constitución por parte del gobierno en los llamados “retenes”, mismos que propician la criminalidad en lugar de combatirla efectivamente.

-Abusos, humillaciones a la ciudadanía, transgresión sistemática de los derechos, es la constante. En Sinaloa, una “comisión de derechos humanos” con vocación de ornamento ( Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla ).



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