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Edición 347

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“Corporatocracia”: Show times


TIEMPO DE VARIEDAD. La aspirante demócrata a la presidencia de los Estados Unidos, Hillary Clinton, irrumpe la marcha del orgullo gay en Nueva York.

Horas más, horas menos, en Balmedie, Gran Bretaña, “supervisa” sus exclusivos campos de golf en Escocia, el delirante aspirante republicano a huésped del Salón Oval de la Casa Blanca, Donald Trump.

EN LOS ESTADOS UNIDOS, la población estupefacta no asimila el impacto de la matanza colectiva en Orlando, Florida. En el Oriente Medio y el norte de África continúan las masacres de victimas inocentes. En el Mediterráneo, los cuerpos de rescatistas siguen contando los cadáveres de miles de náufragos.

La otrora sociedad de la abundancia sufre un nuevo pasmo en espera de la puntilla a sus esperanzas de emancipación, por los disolventes efectos sicológicos y materiales que en su patria desencadena el britexit.

Esa instantánea nos retrata el desquiciado pulso del estado que guarda la Humanidad en este verano ardiente. Pero quienes pretenden ser personaje central en las relaciones internacionales al menos en el próximo periodo de cuatro años, y factótum en el destino planetario, sin el menor asomo de sensibilidad ganan los reflectores en una agenda pública peor que frívola. Vil pachanga.

Asiste entonces la razón a quienes analizan el acontecer político-electoral en los Estados Unidos y concluyen que el riesgo que para el ciudadano norteamericano de a pie entraña el eventual triunfo de uno los dos candidatos nombrados, equivale a saltar de la sartén para caer al fuego.


Clinton y la secta Huesos y calaveras


El advenedizo Trump -quien no ha pasado todavía por los filtros del control de confianza de la siquiatría-, ha transitado en las primarias a lomo del odio contra los inmigrantes, con especial fobia contra los mexicanos, pero se ha granjeado la resistencia de los amos de Wall Street y la sospecha de los señores de la guerra que no ven con buenos ojos su coqueteo con China y Rusia.

Son experiencias de primerizo. Pero su rival, Clinton, cabalga en la lodosa pista electorera desde que, en 1983, su marido, Bill, hizo campaña para alzarse con la gobernación del estado de Arkansas. Fue la presidenta consorte durante dos periodos y secretaria de Estado en la administración de Barack Obama.

Nacida en el santuario de la mafia más célebre, Chicago, pasó por la facultad de Derecho de la Universidad de Yale, arcano de la secta Huesos y calaveras. El secretismo de este espantajo, no permite confirmar la versión de que fue la primera mujer juramentada en sus antros.

 

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Como sea, es un hecho que miembros dinásticos del clan republicano de los Bush son luminares de dicha secta. No es casual que, especialmente como responsable de la política exterior de la Casa Blanca en la gestión demócrata, la señora Clinton haya tenido la misma carta de navegación en la ruta de la “diplomacia” bélica bushiana.

Mérito bastante para que los intereses de la industria militar y de la plutocracia cleptómana neoliberal hayan apostado no pocos millones de dólares de donaciones a fin de que lograra desplazar al socialista Berni Sanders. Y lo seguirán haciendo de aquí a noviembre.

En uno de los análisis en circulación en México, al trazar el perfil de la candidata demócrata, se afirma que se le conoce por el papel violento en todos los conflictos fabricados por el gobierno de los Estados Unidos y su responsabilidad en las masacres que son hoy amargo pan de cada día.

 

Madrina de la Hermandad Musulmana


Para decirlo pronto, a Hillary Clinton se le conoce como la madrina de la llamada Hermandad Musulmana, pie de cría del satánico engendro que ahora se conoce como Estado Islámico.

Concluye el análisis comentado: El eventual arribo de Clinton a la Casa Blanca desencadenará una tercera guerra planetaria o, como afirman los amantes del eufemismo, el caos administrado.

¿Qué diferencia hace que Trump rescate el viejo lema “América para los americanos” y la señora Clinton se asuma cruzada del proyecto de un gobierno planetario y milenario, al estilo de Hitler? Ninguna diferencia.

El “gran” debate electoral interno en los Estados Unidos coloca a Trump como abogado del postulado: Cada ciudadano norteamericano tiene derecho a portar un cuerno de chivo en su mochila. Clinton se declara partidaria del monopolio universal de la bomba nuclear, siempre y cuando lo detente El Pentágono.

Ese parece ser el leitmotiv de las campañas. En su contienda contra Bush, Bill Clinton acuñó una demoledora exclamación: ¡Es la economía, estúpido!

Mientras que las economías de los Estados Unidos y la global se sigan moviendo bajo la ecuación 1 versus 99 por ciento, a doña Hillary lo demás parece interesarle menos que un comino. En su ideario no está el humanismo político.



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