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Edición 348

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EN LA ERIZADA ATMÓSFERA DE 1988 en el Colegio Electoral de la Cámara de Diputados de la incipiente LIV Legislatura federal para la calificación de la elección presidencial, el constitucionalista michoacano y diputado priista don Antonio Martínez Báez codificó el dictamen y procedimiento de la Comisión de Gobernación como un Golpe de Estado técnico. Las oposiciones le llamaron usurpación.


FUE, AQUEL, un momento de inflexión-involución porque marcó en México la ruptura con el antiguo régimen político y puso a caballo el modelo neoliberal.

En la década citada, los intelectuales orgánicos -a quienes Carlos Salinas de Gortari calificó después como mutantes- se dieron a la tarea de buscar argumentos para acreditarle legitimidad al cambio.

Algunos de esos publicistas del nuevo establishment encontraron como fuente de sus lucubraciones al sedicente politólogo norteamericano de origen japonés Francis Fukuyama, autor del mamotreto El fin de la historia/ El último hombre. Más tarde participaría en el proyecto Nuevo Siglo Americano.

¿Fin de las ideologías?

En los textos de dichos publicistas, anunciadores de la transición democrática, uno de los lugares más comunes fue el fin de las ideologías.

Ni Fukuyama ni sus fonógrafos mexicanos dieron crédito al autor de ese concepto, Edwards Shils, quien lo insertó en una conferencia sobre El futuro de la libertad, dictada en un cónclave de pensadores celebrado en Milán, Italia, en 1955.

VOC 4El dato lo recuperamos de la obra del sociólogo estadunidense Seymour Martin Liptset, autor de El hombre político, cuya cátedra fue frecuentemente requerida en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM.

De aquella conferencia en Milán -en la que participó también uno de los padres del neoliberalismo, Friederich von Hayek-, nuestro autor citado recuerda que “todos concordaban en que el control estatal, manifestado en varios países, no concluiría en una disminución de la libertad democrática”.

Una cita más de Seymour Martin Lipset para poner en frecuencia este tema. Dice: “Un partido democrático no puede, sino muy raramente, convencerse de que debe abandonar uno de los principios fundamentales, y nunca puede permitirse la eliminación de su mito principal”.

El PRI tiró la tina con todo y niño

Ese es el quid de la cuestión. En el viraje retórico de la década de los ochenta, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) tiró la tina de agua sucia con todo y niño.

En efecto, el discurso priista de esa temporada empezó a denunciar como “dogmas y mitos” los contenidos del legado doctrinario y programático del proyecto constitucional, cuyos ejes fueron el Nacionalismo Revolucionario y la Justicia Social.

El PRI abandonó sus principios fundamentales y eliminó sus mitos principales: En la década siguiente entregó el poder presidencial a los agentes de la contrarrevolución, activos desde 1917 en que se promulgó la Constitución que sustanció y puso a caballo las iniciativas sociales del movimiento armado y dio a México un largo periodo de estabilidad política y económica.

Doce años estuvo el PRI fuera, no de Palacio Nacional -antaño ciudadela del poder presidencial-, sino de Los Pinos. Volvió en 2012 y bastaron unos cuantos meses para que, en 2015, de elecciones federales intermedias, y, en 2016, de elección de doce gubernaturas, viera resquebrajada su supremacía política.

Sin ejercerla de dómines -somos periodistas, no teóricos- podemos aventurar sin embargo que el PRI perdió la oportunidad de acometer en 2012 un ajuste de cuentas con su pasado inmediato. Un ajuste de cuentas, vale acotar, no de estilo bandolero, sino como como imperativo filosófico-político.

El gran costo de la arrogancia tecnocrática

El arrogante compromiso tecnocrático de impulsar a México a la postmodernidad y a las Grandes Ligas, sin considerar los tiempos histórico, cultural y social de la Nación, ha devenido ruptura del tejido social, fractura del sistema económico e ingobernabilidad galopante.

Recientemente, se ha producido el cambio de guardia en la dirección nacional del priismo a sabor de los viejos usos y costumbres, y de las reglas “no escritas” de la clase política tricolor.

El nuevo dirigente nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, ha debutado en su encargo montado en el oportunismo mediático y en temas de coyuntura en busca más de efectismo, que de eficacia para iniciar el reposicionamiento del partido.

Hasta donde llevamos monitoreado, ni por asomo encontramos la intención de darle una sacudida a las decrépitas estructuras burocráticas de mando como punto de partida para llegar a un ajuste a sus prácticas electorales y a la adecuación de sus propuestas programáticas e ideológicas; exigencias a las que obliga el nuevo mercado de competencia política-electoral.

Si no hay causas ni cauces para darle rumbo y contenido a la próxima sucesión presidencial, sino meros cálculos basados únicamente en la subcultura electorera en la que está enfangada la partidocracia, apenas nos queda espacio para encorchetar el beneficio de la duda a la nueva dirigencia tricolor.



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