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APUNTE

DE TERCEROS ¿A LA IZQUIERDA?

Jorge Guillermo Cano

LA LOCUCIÓN “Tercer Mundo” se le atribuye al demógrafo francés, Alfred Sauvy, quien, en 1952, escribió un artículo con el título de “Tres Mundos, un Planeta”, retomando la idea de Sieyes: “¿Qué es el Tercer Estado?”, de 1789, que dio origen a la Asamblea Nacional durante la Revolución Francesa.

Para Sauvy, ya encarrerada la Guerra Fría, había una lucha entre los países capitalistas, encabezados por Estados Unidos, y los comunistas, con la Unión Soviética a la cabeza, por el control de los demás pueblos (aunque, de hecho, la mayoría se movía en la órbita “occidental” y la minoría en la de la URSS).

El Tercer Mundo en disputa, explicaba Sauvy, es explotado y subordinado, de modo que busca su propia identidad, al margen de las metrópolis del poder instalado a nivel mundial.

¿Izquierda o Derecha?

En el recinto de la Asamblea Nacional Francesa, entre agosto y septiembre de 1789, los representantes de la aristocracia y el clero se colocaban a la derecha de la presidencia y los diputados del “Tercer Estado”, identificados como “patriotas”, se ubicaban a la izquierda de la mesa directiva.

Los de la derecha eran partidarios del “veto real” a los acuerdos de la Asamblea y los de la izquierda se oponían.

Poco más de dos años después, el primero de octubre de 1791, constituida la Asamblea Legislativa, a la derecha se sentaban los girondinos, que eran portavoces de la gran burguesía, y a la izquierda se colocaban los diputados del Club de Los Jacobinos, que agrupaba a la pequeña burguesía y representaba al llamado “pueblo llano” de París.

Desde entonces, la “izquierda” se asocia a la ideología y acción política que lucha por el cambio político y social (en beneficio de las mayorías) mientras que la “derecha” se instala en el rechazo a esos cambios.

Es en el contexto de esto último, que al actual gobierno mexicano se le ubica en la izquierda. Si lo es realmente, al margen de las declaraciones, se verá sin sombra de duda.

El inocente capital

Como no es dable para ellos condenar al sistema capitalista, su neoliberalismo y la estrategia globalizante (que se aplica según el sapo) pues nada más por culpa de la pandemia de Covid-19” se llegará a “un total de 231 millones de pobres en Latinoamérica y el Caribe, 45 millones más respecto a los 185 que había antes de la propagación del virus”, declara, solemne, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

Con la afición a las cuentas (que muchas veces poco o nada dicen) la secretaria ejecutiva de la inefable CEPAL, Alicia Bárcena, precisó que “la tasa de la pobreza en la región subirá siete puntos porcentuales para ubicarse en 37.3 por ciento de la población, producto de una contracción económica de 9.7 por ciento”.

La concentración de la ganancia (aún en tiempos de vacas flacas), la virtual explotación que genera millones de pobres en extremo, seguirá desde luego, con o sin pandemia (pero los excesos del capital no son asunto de la tal CEPAL).

¿Podrá la vía democrática?

No hace mucho, comentamos que Noam Chomsky apuesta a la vía democrática, a que “la gente se organice, se comprometa (para) lograr un mundo mucho mejor, lo cual también confrontará los enormes problemas que estamos enfrentando en el camino”.

Sin embargo, precisamente el rumbo que están tomando las cosas a nivel mundial hace desconfiar de la eficacia de esa vía (al menos en los términos tradicionales) pues hasta ahora no se ha logrado superar los terribles desfases que privan en todos los niveles.

La democracia formal (que eso viene siendo) no ha logrado corregir la inequidad, ni las ofensivas asimetrías entre los que tienen hasta el exceso y los que de todo carecen.

Si la idea de Chomsky sobre la organización y el compromiso de la gente va más allá, de modo que se puedan enfrentar las desviaciones de la democracia meramente formal (que no factual) entonces podríamos pensar en los cambios que la humanidad reclama.

El rejuego del capital

Durante la segunda mitad del siglo pasado (tan lejos y tan cerca) el capitalismo dominante intensificó las relaciones entre las naciones, sobre la base del comercio y de las inversiones.

Desde antes de que se decretara la disolución formal de la URSS (el 8 de diciembre de 1991) la estrategia globalizante ya estaba instalada de manera contundente en prácticamente todas partes.

En los países del llamado “Tercer Mundo”, México entre ellos, entonces y todavía, la imposición de alcances globales derivó en lo que se denomina “neoliberalismo”, que es más de lo mismo, con el agregado de una mayor capacidad de maniobra de la empresa privada.

La globalización no es otra cosa que una imposición del capitalismo dominante a escala global, una estrategia que puede ser (y es) sustituida por otra, si así conviene a los intereses de las metrópolis altamente industrializadas.

Lo que es inconcuso es que la interdependencia está instalada y prácticamente ningún país puede estar al margen.

Es cierto que las relaciones económicas basadas en el comercio y la inversión tiene mucho tiempo de haberse establecido, lo nuevo de la “mundialización”, que devino en globalización, es el mayor peso que las relaciones mercantiles han adquirido dentro del capitalismo mundial.

El subdesarrollo que no se va

En ese contexto vino el boom tecnológico y, desde la década de los setentas del siglo pasado, es de notar lo que en México se consigna, en 1976, en el Plan Nacional Indicativo de Ciencia y Tecnología (PNICyT).

Se señala, en ese plan, que los países del Tercer Mundo, el nuestro entre ellos, habían sufrido “la acentuación de su subdesarrollo científico y de su dependencia cultural y tecnológica”, lo que se expresaba ya “en el reducido número de científicos de alto nivel... en la imitación creciente de los valores y pautas de consumo de las sociedades opulentas; en la dependencia casi total de las importaciones de tecnología; y en la débil capacidad interna para asimilar, adaptar y aplicar los conocimientos tecnológicos propios” (PNICyT 1976: 143).

Ese diagnóstico es correcto, pero a 44 años de distancia se sigue desatendiendo una realidad incontestable. En la actualidad, los costos de la dependencia se siguen (y seguirán si las cosas no cambian) pagando de manera onerosa por el pueblo mexicano.



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