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Edición 394

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                                                 APUNTE    

La gran trampa

Jorge Guillermo Cano

LOS POLOS QUE se unen, las narrativas de la izquierda y de la derecha que se ha apropiado de aquellas (sobre todo de la que, en realidad, nunca fue). Una distorsión racional, podemos llamarla, que ayuda a entender por qué la ultraderecha europea y en casi todo el mundo, particularmente en Estados Unidos, ha logrado posicionarse como lo ha hecho.

El problema de la inequidad ya no estriba en la brecha, cada vez mayor, entre los ricos y pobres de un país, sino entre los ciudadanos de un país y los inmigrantes que llegan, dicen, a quitarles sus puestos de trabajo y se benefician de sus prestaciones. Esa es la trampa.

         Se difumina de esa manera el problema central, y el real, que en nada se altera con la “invasión” de inmigrantes, pero la distorsión surte efecto, sin sombra de duda.

         Los populismos de izquierda (porque los hay de derecha) se han beneficiado también de esa distorsión.

         La indignación social ante la evidente desigualdad, contra los partidos que históricamente han fracasado para, al menos, paliarla significativamente; la corrupción, de la que se puede formar parte, pero que se ubica como motor de los males desde el poder instalado, despiertan emociones que se traducen en la adhesión a la promesa de un cambio que, por cierto, no se evalúa en su correcta dimensión.

Y más de lo mismo

Así, se puede seguir siendo neoliberal con la bandera de la transformación, como está sucediendo en México, por ejemplo; capitalista al extremo, con su cúmulo de contradicciones con la equidad, y apoyar a un representante de lo mismo o peor, como es el caso de Trump en Estados Unidos; de Boris Johnson, en Inglaterra; Bolsonaro, en Brasil; Macri, en Argentina, y otros más.

La decepción y la frustración por no recibir lo que se percibe como merecido y natural, son combustible tanto para las ultra derechas como para el populismo de izquierda que, en el fondo, siguen siendo lo mismo que combaten desde la promesa y, mientras no se trate de un real cambio de sistema, todo seguirá igual o peor.

         En este punto, hay que destacar el papel de las llamadas “redes sociales” que, en tiempos electorales, operan las 24 horas del día con sus mensajes. Lo dijo Trump: sin las tales redes no estaría donde está.

         De pronto, ricos, banqueros, transnacionales, latifundistas y especuladores dejan de ser los culpables de la injusticia y la inequidad. Al contrario, se les reivindica abierta o tácitamente, pues el problema ha sido ubicado en otra parte que, además, es resultado de lo mismo.

         Así se teje la madeja y se construye la gran trampa en que cae cada vez más este mundo que ves.

¿Qué tan amigos?

La frase: “tenemos intereses no amigos”, atribuida a un mandatario estadounidense, es lugar común y supuesto aceptado cuya aplicación vale para las relaciones capitalistas, en general. Se procede conforme al descarnado interés, en la lógica de la ganancia a ultranza, donde no caben otras consideraciones.

En ese orden de ideas, hace mucho que los políticos estadounidenses tratan a México según la rentabilidad de sus posiciones, de acuerdo con sus tiempos electorales, como si fuera una simple pieza de su ajedrez político, con la que se puede hacer y deshacer.

Así han procedido desde siempre, a ciencia y paciencia de nuestros gobernantes, viendo y tratando a nuestro país como el “patio trasero” de la superpotencia, el espacio subdesarrollado que ellos nos hacen el favor de soportar y que tienen el “derecho” de conducir a su arbitrio.

Así las cosas ¿Es dable seguir apostando, desde el gobierno mexicano, a la “amistad” punto menos que incondicional?

Son el mismo cuento

Las embestidas han venido lo mismo de republicanos que demócratas (los dos partidos más importantes) y no hay, en estricto, diferencia sustantiva al respecto, aunque de vez en vez se establecen diferencias, de matiz, en el fondo, como sucedió en la contienda entre Trump y Hillary Clinton.

Y es que con el especulador en bienes raíces y promotor de casinos, el del ¿peinado? y bronceado ridículo, Trump, desde que asomó la cabeza se supo lo que podía venir en su presidencia.

Ha rebasado todos los límites, sin duda, y parece que seguirá si lo dejan, pero de ahí a creer que con algún otro las cosas serían distintas, hay bastante trecho. Ahí está la historia.

Sólo hay qué ver cómo, ante la pasividad del gobierno mexicano, han marchado desde siempre los asuntos con los “buenos vecinos”.

Matanza en El Paso, Texas, y redada en Mississippi, entre casos que se repiten, ya no son señales sino la ilustración de una realidad que el gobierno mexicano no atiende en su correcta dimensión.

A matar mexicanos: Crusius

Ni siquiera tenía que admitirlo el neo nazi Patrick Crusius, el asesino de mexicanos en El Paso, Texas, pegado a Ciudad Juárez, Chihuahua: su objetivo era matar mexicanos, así de claro, dijo el fan de Trump. Una obviedad, en estricto.

No es el único y suman miles quienes desearían hacer lo mismo. El racismo y la xenofobia, especialmente contra los mexicanos, siempre ha estado presente en aquel país y durante el mandato del especulador ha ido en ascenso, hasta límites que aún no se asumen en su justa dimensión.

La embestida criminal seguirá, sin duda, lo que hace absolutamente necesario que nuestro gobierno asuma una actitud distinta a la que ha venido teniendo hasta ahora. Ya basta de entreguismos y diplomacia ramplona.

¿Hasta cuándo lo entenderá el régimen de la cuarta?

Si es olmo no da peras

A otro tema que debiera estar en la agenda transformadora: con frecuencia, los medios se refieren a lo que aquí se ha reiterado: la enorme mayoría de las empresas mexicanas arrastran un gran rezago en tecnología, la que manejan es obsoleta, desechada tiempo atrás en las metrópolis industriales, mantienen bajísimos niveles de participación en la investigación científica y son absolutamente reacias a la inversión de riesgo.

En los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (la OCDE, donde nos insertó Salinas en el explicable último lugar) las empresas privadas aportan en promedio el 51.9 por ciento del gasto en investigación y desarrollo experimental.

La industria privada en Estados Unidos, Alemania, Francia y Japón, contribuye con más del 70 por ciento de ese gasto. En México, apenas si se destina el 0.6 por ciento del ingreso empresarial por ventas a ese propósito.

Se trata de datos conocidos: en México los científicos de alto nivel no ganan ni la quinta parte que sus pares en Canadá y Estados Unidos; en lo que toca a la vinculación academia-industria, tenemos uno de los índices más bajos del mundo.

La pequeña y mediana industria de nuestro país utiliza tecnología desfasada y no hay proyectos de innovación. El empresario mexicano se va por lo más barato y asegura el peso en la bolsa, aunque a la larga resulte perjudicado.

Desde luego, siempre será más fácil reclamar a las universidades, ignorando lo obvio: mientras la lógica de la ganancia impere, sin sentido alguno de previsión, ni vocación solidaria, las cosas no pueden cambiar.

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