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Edición 350

PRI 1

 

• El presidente Peña Nieto ha perdido la unidad de mando

• En el gabinete, como entre mulas, nomás las patadas se oyen

• El gobernado Eruviel Ávila Villegas se brinca las trancas


EN TIEMPOS IDOS -no sólo la nostalgia nos inspira el tema-, cuando el Presidente ostentaba a plenitud la irrenunciable unidad de mando que ejercía como líder indisputable e indisputado de su partido, en su calidad de jefe de Estado y de gobierno -y, como tal, la comandancia suprema de las Fuerzas Armadas-, resultaba un despropósito ponerse a “alborotar la caballada” en temporada previa a la sucesión presidencial.

Puede hablarse, adicionalmente -en la tesis del constitucionalista Jorge Carpizo- de “las facultades metaconstitucionales” del Presidente en turno, de los usos y costumbres y de las “reglas no escritas” que acataban y cumplían puntualmente los militantes del PRI.

Si del PRI se trata (1946), una década antes el presidente Lázaro Cárdenas había liquidado el Maximato que detentaba Plutarco Elías Calles, fundador dicho sea de paso, del Partido Nacional Revolucionario (PRN).

Se inauguraron con el PRI, después del mandato del general Manuel Ávila Camacho, las presidencias civilistas con la nominación de Miguel Alemán Valdés.

No obstante los “usos y costumbres”, que valían más que los estatutos partidarios, el Presidente podía darse la licencia de emplear un lenguaje críptico a la hora de explorar la candidatura de su sucesor.

 

El estilo personal de “destapar” de don Adolfo El viejo

 

El socarrón veracruzano Adolfo El viejo Ruiz Cortines, por ejemplo, “engañó con la verdad” -no descifrada- al aspirante presidencial, su secretario de Agricultura Gilberto Flores Muñoz.

A la hora de la verdad, el dedo presidencial se inclinó por el secretario del Trabajo, el mexiquense Adolfo El joven López Mateos. No hubo “flatulencias en la propiedad social de la tierra”.

Contaron después confidentes del mexiquense López Mateos, que Ruiz Cortines llamó a “acuerdo” a su joven secretario. En su PRI 2despacho presidencial en Palacio Nacional, lo colocó frente a un mapa mural de la República Mexicana.

Le diría Ruiz Cortines a López Mateos, palabras más, palabras menos: “Esto fue lo que nos dejaron los yanquis después de la mutilación de México en 1847. No permita jamás que le arrebaten a los mexicanos un milímetro de su territorio. En cada milímetro palpita la Patria”.

El joven mexiquense se dio por enterado de que sería el próximo presidente de la República. ¿Cómo lograr atender la recomendación de su antecesor?

Ya en funciones, López Mateos incorporó a su despacho a su paisano y maestro, el patriarca de Atlacomulco y patriota a carta cabal, don Isidro Fabela, quien en pleno Constitucionalismo asumido por Venustiano Carranza, había sabido defender la Soberanía Nacional contra las acechanzas extranjeras.

No se equivocó el mexiquense López Mateos: Don Isidro, fiel a su vocación y su trayectoria, fue inquebrantable gestor de la libre autodeterminación de los pueblos y contra la intervención extranjera en los asuntos que sólo conciernen a los nacionales de cada país.

El caso en agenda diplomática latinoamericana era el de Cuba, so capa de tratar en la OEA un asunto referido a la República Dominicana. Don Isidro no cayó en el garlito y supo ganarse la tirria del Departamento de Estado (USA).
Ya no es como antes. Ahora, México anda embarcado militarmente en “misiones de paz” según lo disponga El Pentágono. Sus deseos son mandatos acatados y cumplidos ipso facto.

La nostálgica emoción nos desvió, deliberadamente, de cuestiones tan prosaicas como aquella con las que arrancamos esta entrega. Reanudamos.

 

En la Presidencia, el poder no se comparte


Decíamos que, en tiempos de sucesión presidencial, en los que estamos ahora mismo, la unidad de mando presidencial es un imperativo inalienable e intransferible. No es permisible ni la negligencia ni la frivolidad.

¿No mandata acaso la Constitución, que “se deposita el ejercicio del Supremo Poder Ejecutivo de la Unión en un solo individuo, que se denominará ‘Presidente de los Estados Unidos Mexicanos’”?

Frivolidad, dijimos: Sólo a un badulaque como Vicente Fox se le ocurrió ejercer una “Presidencia en condominio” con la “señora Marta”, a quien quiso heredarle la banda presidencial. Obviamente, falló en su tentativa pero no quiso morir en el intento. Por ahí anda.

La cuestión de la unidad de mando presidencial, no es un mero tópico retórico. Por circunstancias de todos conocidas, México cruza por el ojo del huracán de la ingobernabilidad.

Que las oposiciones quieran llevar agua a su molino a lomo de ese ese grave e incontenible fenómeno, no es sólo legítimo, sino legal, según lo autoriza el código electoral. ¿Para qué vivimos, pues, en democracia, según dicen los spots?

Asunto aparte es, si éticamente es admisible que las oposiciones quieran aprovecharse de la debilidad del adversario, sin compadecerse de la trágica situación de la sociedad, víctima de incesantes e irreparables errores en la conducción de la res pública.

 

Rebelión en la granja peñista


Pero el punto es y no es la malicia de las oposiciones. El punto es que en el propio establo de gobierno, como diría el ranchero: Entre mulas, nomás las patadas se oyen.

En la pugna por la candidatura presidencial del PRI para 2018, los miembros del gabinete están enfangados en una lucha campal de todos contra todos. Son desplazados unos, otros son enrocados, pero en el conflicto por el oscuro objeto del deseo no se piden ni se dan tregua.

PRI 3Para enturbiar y exacerbar más las cosas, “el soberano” gobernador del Estado de México, Eruviel Ávila Villegas, paisano del Presidente, se está saltando las trancas de la lealtad institucional y paisanística.

Si Ávila Villegas promovió o no, pagó o no, una reciente encuesta difundida en la Ciudad de México, sobre la intención de voto para 2018, es lo de menos.

Lo que resulta de esa encuesta, primero que todo, es que por ese método mediático eliminatorio, se da por descartados a aspirantes tricolores que tienen su corazoncito latiendo en pos de Los Pinos.

Si uno ha de creer a las encuestadoras, sólo quedarían cuerpo a cuerpo el citado gobernador y el secretario federal de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong. En ese mano a mano, el hidalguense queda muy por debajo del mandatario mexiquense por un porcentaje mayor que el aceptable margen de error.

No se puede dar por descartada la intencionalidad de Ávila Villegas. Semanas antes, otra encuesta le dio más de 60 por ciento de aceptación de su mandato.

Se divulgó en la Ciudad de México ese muestreo precisamente cuando, antes y después de la invitación a Donald Trump y previo al cuarto informe de Gobierno, otras agencias situaban la aprobación de la gestión de Peña Nieto entre un 29 por ciento máximo, y 20 por ciento mínimo.



El lado oscuro de la gestión de Eruviel Ávila


Dejemos la cuestión de sensibilidad personal y política hacia el “jefe y amigo” aparte. Lo que resulta de esas promociones probabilísticas con vistas a 2018, no se compaginan con la realidad del Estado de México: Su retroceso en materia de desarrollo humano contra la disparada estadística de criminalidad en la entidad a causa de esa crisis.

De entrada, se puede especular que, presentando aquellos cuadros demoscópicos tan amables, Ávila Villegas estaría enviando un mensaje no tan cifrado a Peña Nieto: Tengo la voluntad popular a mi favor. Ergo: Soy quien, con ese aval social, debo decidir el nombramiento de mi sucesor.

Se trata de un razonamiento que peca de aldeano. En 2017, hacia dónde se mueva políticamente Edomex, se moverá electoralmente México en 2018.

En la lectura de las oposiciones: Si Peña Nieto pierde su estado y santuario natal, el PRI perderá la sucesión presidencial.
Lo de Ávila Villegas es un problema de calidad democrática y partidaria: Se inscribe en la política de cabotaje. En la de altura, en tiempos de barbarie y descontrol, lo aconsejable sería no quemar etapas y dejar que el calendario y los hechos marquen el compás y la ruta.

A lo dicho ya sobre la pérdida de la unidad de mando presidencial, puede agregarse que el dirigente nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza navega como piloto de noche, por destartalados aparatos. Está más ocupado y preocupado por cobrar onerosas liquidaciones en la Comisión Federal de Electricidad y en administrar sus flotillas de taxis que por poner orden en la casa del priismo. Es cuanto.



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