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Edición 360

 

portada 3

YA ESTAMOS EN EL UMBRAL DEL ESTADO POLICIACO 

Por: Abraham García Ibarra

 

EN EL PALEOLÍTICO PRIISTA, se le llamaba demagogia, a secas. Los chavos del 17 atajan: “No me vengas con choros”. Los paisanos de Tijuana cortan “el cultivo” a la yucateca del interlocutor: “Te tengo muy vistas las placas”.

 ESAS TRES FIGURAS semirretóricas se resumen en una cuarta: “No me estoy chupando el dedo; cuando tu vas, yo ya estoy de regreso”. Algunos etnólogos y sociólogos extranjeros retomaron a fines del siglo XX un gentilicio: Ladinoamericanos, para caracterizar la malicia de la raza de bronce frente a sus nuevos colonizadores.

Viene al caso esta introducción, porque el director de nuestra Madre Academia, Darío Villanueva, acaba de anunciar que en diciembre próximo se incorporará al Diccionario de la Lengua Española el vocablo: Posverdad.

Por posverdad entenderemos “toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a emociones, creencias y deseos públicos”. Un recurso del que siguen echando mano nuestros empedernidos demagogos. Los novedosos, pues, no ofrecen ninguna novedad. Ya lo dijo el Eclesiastés: “No hay nada nuevo bajo el Sol”.

Ese cuento tiene un final preliminar: Desde que Felipe Calderón desencadenó su guerra contra el narco, un día sí, y otro también, proclamaba: “Vamos ganando la guerra, aunque no lo parezca”. Frente a la montaña de cadáveres de las víctimas, diagnosticaba: “Todo es cuestión de percepción”.

Enrique Peña Nieto declaró hace poco, frente a las llamas del cataclismo mexicano: Todo está en la mente.

La cartelera pública tiene ahora el tema del espionaje. “Yo también me siento espiado”, dijo el mexiquense. Sentirse es una parte del estudio de la paranoia. Ser o estar espiado, como lo están periodistas, activistas, defensores de los derechos humanos mexicanos e investigadores de la corrupción, es cosa muy diferente.

Espiar hasta las defecaciones de los espiados

Hasta hace poco, las agencias de publicidad, para burlar ciertas regulaciones oficiales, afinaron su puntería elaborando lo que en Ciencias de la Comunicación se conoce, para fines de manipulación colectiva, como “mensajes subliminales”.

Darío Villanueva.3De acuerdo con investigaciones de estudiosos de las audiencias, los fabricantes de aparatos de televisión incorporan ahora en las pantallas de estos artefactos un dispositivo por el que se detectan las reacciones del público hasta en su mismo lecho, desde donde en muchos hogares se sigue la programación televisiva. ¡Imagínese usted en el acto de fornicación con la televisión prendida!

Hoy se sabe que, al través de los teléfonos celulares, sus poseedores son seguidos hasta los mismos sanitarios para saber cuál fue su la ingesta del día anterior a fin de conocer sus preferencias culinarias.

Declarado en México el Estado como depositario del monopolio legítimo de la fuerza, los estatólatras defienden el derecho al espionaje para su supervivencia.

Desde que se empezaron a digitalizar los censos y padrones de los mexicanos, a partir el mismo Registro Civil, sin embargo, el derecho a la privacidad, y aun de la intimidad, es violado sistemáticamente con fines mercantilistas. Es la vertiente privada del espionaje.

El listado nominal del registro federal de electores está expuesto a la compra venta al mejor postor (los fines clientelares de los partidos se dan por descontados); el Buró de Crédito, del que es suscriptor el Sistema de Administración Tributaria (SAT), no deja títere con cabeza; los números privados de los usuarios de teléfonos por cable son conocidos hasta por el franelero de enfrente. 6.3

Cualquier empleado de los sistemas de Seguridad Social, sin consulta a los afiliados, vende a los prestamistas el directorio y los estados de cuenta de los derechohabientes, sobre todo los pensionados, sometidos al incesante acoso de los coyotes de la “banca paralela” que medran con la usura. En fin.

Para qué tanto brinco estando el suelo tan parejo

El viejo Estado mexicano, para fines policiacos y penales, disponía de chivatos o madrinas para resolver con eficacia en menos de 24 horas los crímenes perpetrados. Los delincuentes tenían su propio código de comunicación, el caló, para escapar de la tira.

Los aparatos de “Inteligencia” estatal, para la represión “de los subversivos”, acreditaban en eventos políticos a los “reporteros” del Bucareli News. El Palacio Negro de Lecumberri, de la Ciudad de México, perdió la cuenta de los presos políticos. “Políticos presos”, acotaba el boletín de Gobernación.

Si se trataba de “peces gordos” de cuello blanco, era del dominio público que los restaurantes más exclusivos -el Champs Elysee o La Calesa del hotel María Isabel- de la Ciudad de México, tenían bajo cada mesa aparatos de escucha; método que ya en los años setenta empleó aquí la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de los Estados Unidos, (el columnista don Manuel Buendía Téllezgirón balconeó a su secreto jefe de estación en México. Al tiempo lo asesinaron). Después vinieron los micrófonos manejados a distancia.

Cuando algunos investigadores académicos extranjeros estudiaban el sistema político mexicano, lo tipificaban como “democracia sui generis” que había logrado décadas de estabilidad política y económica.

1.3

Y así llegamos al Complot mongol

De aquella época, en que los caricaturistas pintaban a los fisgones espiando sobre un periódico con las portadas al revés, de abajo-arriba, mexicanos espiados describían a sus espías como “policías chinos, misteriosos pero pendejos”. La primera y más pícara narrativa de esas operaciones la tuvimos en la novela El complot mongol.

Durante la gestión de Miguel de la Madrid como secretario de Programación y Presupuesto, los tecnócratas neoliberales proclamaron el salto a la posmodernidad. Hicieron descomunales inversiones para digitalizar la administración pública. No faltaba más: Crearon el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (Inegi) por el que no hay mexicano libre de que se conozca, con pelos y señales, su condición de plutócrata o paria. Mejor que los perfiles que diseña el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) de la Secretaría de Gobernación.

En la estructura de la SPP se inauguró la Dirección Nacional de Informática. Dos años después de instalados los centros de cómputo, la Oficina de Informe Presidencial solicitó a esa dependencia datos para el quinto informe de gobierno. Los discos duros estaban vacíos, no por falta de voluntad, sino de pericia para el manejo de esos ingenios tecnológicos.

Un brasileño radicado aquí, modesto experto en Comunicación Social al servicio de la Dirección General de Documentación y Análisis de la SPP, Claudio Colombiani, salvó el ridículo: Con material capturado en máquinas de escribir mecánicas, trascrito bajo claves elementales, fichado e impreso sobre cartulinas media carta a colores, envió a Los Pinos un concentrado sobre “el estado que guarda la nación”.

De ahí vino el programa Informador para Informadores, puesto al servicio gratuito de los medios de comunicación. Conocimiento no es sabiduría, fue desde entonces el mensaje a los tecnócratas.

La noche del 6 de julio de 1988, “se cayó” el sistema de cómputo de la Comisión Federal Electoral. La crisis poselectoral no se hizo esperar. De la Madrid llamó a esa crisis terremoto político. Todo por la “caída del sistema”.

03.3

Sexenio de exaltación de ineptitudes

En un sexenio de “exaltación de ineptitudes” en que, desde los altos mandos del Estado se decreta que “todo está en la mente”; que “todo es pura percepción”, ¿para qué entonces gastar el dinero de los contribuyentes en adquirir sofisticados sistemas de espionaje contra los ciudadanos? Mejor contraten a Kalimán.

¿Conspiran “desde la oscura caverna del populismo” los periodistas, los activistas, los defensores de los derechos humanos y los denunciantes de la corrupción para derrocar al gobierno de Peña Nieto? Mientras no se pruebe lo contrario, es pura paranoia de los timoratos que no han dado el ancho en la conducción del gobierno.

Hace unos pocos años, el constitucionalista priista, don Sergio García Ramírez, a propósito de la reforma para tipificar y penalizar la delincuencia organizada —reforma que describió como El bebé de Rosemary—, puso el dedo en una monstruosidad: Se da más poder represor al Estado en detrimento de los derechos de los ciudadanos.

El espionaje, consumado por añadidura al estilo del policía chino, nunca va a suplir la eficiencia y la eficacia de la Comunicación Social y de la Comunicación Política para conciliar la lucha de los contrarios. Pero a los peñistas no les cae el veinte. Y ya no tienen tiempo para que les caiga.

Prefieren optar por la implantación del Estado policiaco, vocación que algunos miembros del actual gabinete ya cultivaban en sus mozos tiempos de estudiantes en las universidades privadas. Es cuanto.



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