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Edición 269

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Viajar por dentro de uno mismo es la consigna

Locomotividad: Antoquiria, androquiria,

ginoquiria, dromomanía

1

 

Hay personas que poseen un don‚Ķ o un trastorno -seg√ļn √≥ptica, div√°n o confesionario que lo ‚Äúdescifre‚ÄĚ-: Viajan sin m√°s destino que el azar y sin otros medios que un impulso irrefrenable, ignoto, poderos√≠simo, como si al cuerpo lo habitara un velero en la ruta inamovible de su naufragio, o alerones de parvada que no se hast√≠a de tapizar su vagabundeo en el mism√≠simo mezanine de las aureolas.

 

Excursiones que irrumpen siempre de una interrogación

Algunos estudiosos de cac√ļmenes ajenos han denominado locomotividad o antoquiria la necesidad de partir de uno mismo, independientemente de acumulaci√≥n de calendarios, rango sexual o f√≠sicas particularidades; indagar territorios que ni siquiera se han imaginado, toparse con gente que en la v√≠spera ni en cat√°logos cab√≠a, en ocasiones colarse al meandro de otros lenguajes para descubrir el significado de otras vidas pronunciadas‚Ķ es la intimista consigna que no se puede desacatar.

En uno de sus textos, el historiador mexicano Rafael Ramos Pedrueza cita el término locomotividad, que un estudioso en la materia utiliza para definir los trayectos imparables de Simón Bolívar.

 

 

Entre los analistas de caletres que aplicaron el t√©rmino antoquiria est√°n lo franceses apellidados Dupuis y Joffroy, los cuales analizaban esa pulsi√≥n de trashumancia desde una patol√≥gica perspectiva, sin abordar, as√≠ fuese en epid√©rmica superficie, el por qu√© de las facultades de los imbuidos de salida, para ejercer variados oficios y disciplinas, el aprendizaje rapid√≠simo para comunicarse en otros idiomas, la facilidad impresionante de adaptaci√≥n clim√°tica y social. Y, despu√©s de establecidos‚Ķ ese requerimiento de reanudar el periplo con el √ļnico cargamento de la vida.

Referente a vidas, la circense, al menos en su origen, es una de las m√°s n√≠tidas connotaciones de antoquiria; no se trataba solamente de allegarse nuevos p√ļblicos, era una especie de salir, en este caso de manera colectiva, en apretujamientos de hermandad que instalaba carpas donde -m√°s que la fatiga- el rumiar de los follajes heridos de noviembre les indicara la brevedad del paradero. Similar al tr√°nsito de los gitanos primigenios, siempre atareados en su deambular, guiados por la lum√≠nica mirada de sus bell√≠simas mujeres, detenidos unos instantes en los horarios de la sed para beberse unos traguitos de paisaje.

Y de vuelta al circo y su antoquiria, el retobador escribi√≥, unos a√Īos atr√°s, una cr√≥nica acerca del documental La vida en el alambre, de Salvador D√≠az, cr√≥nica que podr√≠a aportar una pizquita de antoquiriana esencialidad:

Vislumbrar en un circo la sagrada pesadumbre de las luces, significa -en los hombros del espectador y el voyeurista- llevarse la lumbre alunada de una platería que exhala tanto reflector… y tanta admiración de bocas en las samaritanas aperturas del asombro.

Flota la luz en la entra√Īa de la carpa, flota como una mirada de Dios suspendida en el testimonio del presagio. Los visionarios del malabar, sin echar al viento el sacrilegio, toman del santoral las aureolas‚Ķ y una parvada de virtud brota del nidal de cada mano.

La contorsionista emprende la b√ļsqueda de su propio enigma: Sonr√≠e en una estampa de cubismo, mientras su pie hace una excursi√≥n de lunas hacia su misma espalda.

Los acróbatas se han ido sin salir en pos de una escaramuza y el equilibrista traza una caída en los mentideros de la sombra.

Un payaso, sin mutilación ni exilio, hace de su pierna una melodía.

Antoquiria es el impulso permanente de partir, como si una cabalgadura fuera el corazón…

Ciertos hombres en vagancia incierta

2

Androquiria es el hombre que se embarca en aquella embarcación interna. La Picaresca surgida en el siglo XVI con El lazarillo de Tormes, es el viaje que se inicia en una paradoja: La luz de la vida que apenitas principia, jala la ceguera de un existir que casi se epiloga.

Una centuria antes de la Picaresca, Fran√ßois Rabelais puso a viajar a Gargant√ļa y Pantagruel sobre lomos de diluviada borrachera. Espejismo y hartazgo en literario rond√≠n cuyo editor, √Čtienne Dolet, sin literatura ni f√°bula alguna‚Ķ fue quemado vivo por la Inquisici√≥n que nunca puso comillas a su superlativo apodo de ¬°Sant√≠sima!

Andanzas de siglos en Picaresca androquiria, de autores anónimos a Cervantes, Alemán, Quevedo, Lesage, Vélez… Centurias de íntima peregrinación con Lizardi, Romero, Eco… El Julio Jurenito del novelista soviético Illya Eherenberg, con un protagonista de ficción basado en la robusta realidad de su amigo Diego Rivera, como si los pinceles hubiesen devenido piernas, y el mural fuese un continente donde las sombras a destajo repiten el ceremonial de su partida.

En temporales fresquecitos de zambra cibern√©tica, Alfonso de los Reyes Villase√Īor public√≥ su antoquiriano Don Alharaco P√©rez y P√©rez, y V√≠ctor Grovas El viaje del conde Olivos. Persiste la necesidad de partir como si un buque se almacenara en tan especial anatom√≠a. O h√©lices de alas empajaradas que se han endurecido, hasta toparse con la monumental cicatriz de los rel√°mpagos.

Antoquiria no debe confundirse con emigración forzada, el desarraigo impuesto a empujones de explotación; es dromomanía, otro término de similitud en viajar sin otra meta que el impulso aquél tan indescifrable, como si guiaran vericuetos de anochecer, o rieles de alba en exhalación se alfombraran pa’servir de ferrocarril a la zancada.

3

Mujer de íntimo puerto y andén

En circunstancias mucho más peligrosas, complejas y dramáticas, el requerimiento de partir también se suscita en mujeres, ginoquiria sería la denominación más acorde a esos periplos ajenos a consulta de agencia de viajes, recomendaciones de quienes se han tostado sus carnes en alguna playita o balneario o los que retornan de ruinas visitadas, con los labios empapados de vestigio.

Si a cualquier poliz√≥n, transe√ļnte de ignotas cartograf√≠as, o ‚Äúpideaventones‚Ä̂Ķ resultan fragorosas sus andanzas, a una mujer se multiplica en espirales lo azaroso. La Picaresca no aborda en demas√≠a personajes femeninos en principal√≠simo protagonismo. Francisco Delicado escribi√≥ La p√≠cara doncella, pero por lo regular a ellas, en ese t√≥pico literario, se les asigna un desempe√Īo que enmarca y resalta las vicisitudes del singular viajero.

M√°s all√° de novel√≠sticas connotaciones, por los a√Īos 50, en el quiosco de la defe√Īa Alameda Central, una mujer de unos veintitantos, quiz√° treinta√Īera, cuyos ropajes no denotaban pobreza, menos indigencia, calzada en unos zapatos de tacones desmesurados, en un comp√°s abierto y r√≠tmico, con su silueta est√©tica bien erguida y un vestido elegantemente dise√Īado de una sola pieza‚Ķ durante horas y horas deambulaba circular al interior del quiosquito, sin que nadie se atreviese a disputarle la estancia techadita, el gent√≠o se conformaba con formar abaje√Īo otro c√≠rculo m√°s anchuroso, arremolinados en su expectaci√≥n, observ√°ndola en el ceremonial de su caminata, taconeando una Babel que desgranaba un poemario de lluviecita seca.

Sobrevivientes de esa década y ese transitar también permanecían horas y horas con el rostro izado en banderola testimonial, corroborando cómo transpiraba, más que sudor, una especie de neblina que se derretía sin jamás tocar el suelo, sin interferir en los poéticos dialogares de Babel, sudaba una melodía declamada, como si bocas en enjambre rotularan en el aire el verso irrumpido de su andanza.

Entre algunos testigos de tan peculiar ginoquiria, surgieron an√≥nimos traductores del taconeado ‚Äúbabelar‚ÄĚ; exegetas o hermeneutas que aseguraban haber conseguido aprehender de las miles de lenguas de Babel, diversas y un√≠sonas en su recital‚Ķ un poema del caminadito lloviznar:

 

“Las raíces se despiertan

al toquido de una prisa circular

huir cabe en el universo de un redondel

un desierto llover√° sus arenales

contra los que no supieron escuchar‚ÄĚ.

 

La mujer erguida en la efigie de su misteriosa humanidad repentinamente falló al citatorio de su ginoquiria; aseveran los testificantes de la época que prosiguió su marcha en la intimidad de una circunferencia que el vértigo evaporó, a fin de que ella continuara su tránsito sobre el pedestal de la hojarasca.

 

 

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