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Edición 413

 4137

EL DERRUMBE

DE ESTADOS UNIDOS

Thierry Meyssan

Todo tiene un fin, incluso los imperios. Después de la URSS, hoy estamos viendo ‎el fin de Estados Unidos. Washington ha favorecido escandalosamente a una reducida ‎camarilla de ultra-multimillonarios y ahora se ve ante sus viejos demonios, reducido a ‎prepararse para la secesión y la guerra civil.‎

CADA UNO de los dos bandos hoy enfrentados en Estados Unidos –los ‎“jacksonianos”‎ y los ‎‎“neopuritanos” [1]– pretende liquidar al otro. ‎Los jacksonianos hablan de insurrección mientras que los neopuritanos apuestan por la represión, ‎pero ambos bandos se preparan para el enfrentamiento. Dos tercios de la ciudadanía ‎estadounidense viene preparándose para una guerra civil. ‎

‎El punto de vista de los “jacksonianos”

‎Los jacksonianos –así llamados en referencia al 7º presidente de Estados Unidos (1829 a 1837), ‎Andrew Jackson, quien se opuso, antes de la Guerra de Secesión, a la creación de la Reserva ‎Federal (el banco central estadounidense)– desaparecieron de la escena política estadounidense ‎durante todo un siglo, hasta que uno de ellos –Donald Trump– ganó la elección presidencial. ‎Los jacksonianos se oponen, primero que todo, a los vínculos incestuosos que existen entre los ‎bancos privados y la ya mencionada Reserva Federal, la entidad que imprime el dólar. ‎

Durante la última elección presidencial estadounidense, en numerosos Estados, los funcionarios ‎a cargo del conteo de los sufragios emitidos el 3 de noviembre de 2020 impartieron instrucciones ‎para que los observadores no tuvieran acceso al proceso de conteo, privando así el resultado de ‎la elección de toda legitimidad democrática. ‎

A estas alturas, la cuestión ya no es saber quién resultó electo sino qué es lo más conveniente ‎después de esa ruptura del pacto nacional. ‎

Según la 2ª Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, los estadounidenses tienen derecho ‎a armarse y a organizarse en milicias para defender la libertad de su Estado si esta se ve ‎amenazada. ‎

Esa Enmienda es parte de la «Carta de Derechos de Estados Unidos» (Bill of Rights) cuya ‎adopción fue la condición no negociable para que los ciudadanos que habían luchado por la ‎independencia aceptaran la Constitución redactada por la Convención de Filadelfia.

En virtud de ‎la 2ª Enmienda, todo estadounidense puede poseer armas de guerra –de cualquier tipo–, lo cual ‎ha hecho posible la repetición de masacres perpetradas con armas de fuego que han enlutado la ‎sociedad estadounidense. A pesar del indudable costo humano de esos crímenes, la 2ª Enmienda ‎no ha sido derogada por considerarse un elemento fundamental del equilibrio del sistema ‎político estadounidense. ‎

Precisamente, para un 39% de los estadounidenses recurrir a las armas contra autoridades ‎corruptas no es sólo un derecho sino un deber. Al mismo tiempo, un 17% de los ‎estadounidenses estima que ha llegado el momento de actuar [2]. ‎

Grupos armados están preparándose en cada Estado para realizar manifestaciones el próximo 20 ‎de enero, en ocasión de la entronización de Joe Biden en Washington D.C. El FBI teme que ‎ocurran graves motines en al menos 17 Estados. ‎

Por supuesto, esos hechos pueden ser interpretados en muchos sentidos diferentes y siempre cabe ‎la posibilidad de acusar a quienes se plantean la insurrección –que son una masa ‎extremadamente heterogénea– de ser todos «conspiracionistas» o «neonazis»…, o ‎ambas cosas. Pero es incuestionable que su decisión de sublevarse es la única legítima a la luz de ‎la Historia estadounidense e incluso del derecho reconocido en su país. ‎

Habrá quien vincule ese descontento a la extraña y efímera irrupción de manifestantes en ‎el Capitolio de Washington que marcó la jornada del 6 de enero. El hecho es que no hay relación ‎entre ambas cosas. Nadie aspira a “derrocar” el poder legislativo estadounidense sino a ‎neutralizar a la clase política en su conjunto y obtener la realización de nuevas elecciones, que ‎sean realmente transparentes. ‎

Los estadounidenses que protestan contra «el robo del sistema electoral» son principalmente ‎electores de Donald Trump, pero no son estos últimos los únicos que protestan. No se trata de ‎simple recriminaciones de los partidarios de Donald Trump –descontentos de que su candidato ‎haya perdido– sino de un problema de fondo sobre la transparencia de las elecciones ‎estadounidenses, condición sine qua non de todo sistema que aspire al calificativo de ‎‎“democrático”. ‎

La ausencia de transparencia del conteo de los votos de la elección presidencial estadounidense ‎ha desencadenado las pasiones, ya existentes desde la crisis financiera de 2007-2010. ‎La mayoría de la población no estuvo de acuerdo con el plan de salvamento de los bancos –un ‎desembolso de 787 000 millones de dólares– propuesto por el entonces presidente –el demócrata ‎Barack Obama–, suma que se agregó a los 422 000 millones ya asignados por su predecesor ‎republicano, George Bush hijo, para compensar préstamos tóxicos. En aquel momento, millones ‎de estadounidenses que declaraban que «ya pagaban suficientes impuestos» (Taxed Enough ‎Already, fórmula recogida en el acrónimo TEA) fundaron el Tea Party Movement, referencia al ‎hecho histórico conocido como Boston tea party (el “Motín del té” del 16 de diciembre ‎de 1773), que abrió la marcha hacia la guerra de independencia. El movimiento contra la ‎adopción de pesados impuestos tendientes única y exclusivamente a salvar los intereses de los ‎ultra-multimillonarios se desarrolló tanto en el seno de la derecha como en las filas de la ‎izquierda, como quedó demostrado con las campañas de la gobernadora republicana Sarah Palin y ‎del senador Bernie Sanders, dos veces aspirante a la nominación como candidato a la ‎presidencia por el Partido Demócrata.‎

El descontento de los antiguos miembros de la pequeña burguesía, que hoy se ven masivamente ‎desclasados como resultado del éxodo de empresas hacia el exterior y la subsiguiente ‎desaparición de empleos en Estados Unidos, da como resultado que el 79% de los ‎estadounidenses estima ahora que «América se derrumba», una proporción de “desencantados” ‎que no tiene equivalente en Europa, exceptuando los «Chalecos amarillos» franceses. ‎

Por supuesto, es muy poco probable que eventuales motines en ocasión de la investidura de Biden, ‎el próximo 20 de enero, lleguen a convertirse en revolución. Pero hace ya una decena de años ‎que esa noción ha venido ganando espacio en la populación y hoy cuenta con suficientes ‎partidarios –en todo el espectro político estadounidense– como para iniciar la batalla y perdurar.

El punto de vista de los neopuritanos

FRENTE a los jacksonianos, los grupos que arremeten contra el presidente aún en ejercicio ‎también se creen en todo su derecho. Como el Lord Protector Oliver Cromwell (1653-1658), ‎dicen representar una moral superior a la Ley. Lo único que los diferencia de aquel republicano ‎inglés es que no utilizan referencias religiosas. Son calvinistas sin Dios. ‎

Los neopuritanos dicen querer una Nación “para todos”… pero no para sus adversarios y ‎excluyendo a todo el que no esté de acuerdo con ellos. Así que celebran que Twitter, Facebook, ‎Instagram, Snapchat y Twitch hayan decidido censurar a todo aquel que ponga en duda la honestidad de la elección estadounidense. No les importa que esas transnacionales se arroguen ‎así un poder político que contradice el espíritu y la letra de la 1ª Enmienda de la Constitución ya que tienen un concepto muy particular de la Pureza: la libertad de expresión no es para herejes ‎ni “trumpistas”. ‎

En su delirio “purificador”, los neopuritanos reescriben la historia de Estados Unidos, nación que ‎proclaman «la luz sobre la colina» cuya misión es iluminar el mundo. Ignoran premeditadamente ‎toda forma de conciencia de clase y enaltecen las minorías, no por los valores de esas minorías ‎sino sólo porque son grupos minoritarios. Pretenden purificar las universidades, imponer la ‎llamada «escritura inclusiva», sacralizan la naturaleza salvaje, quieren etiquetar las noticias como ‎‎«información verificada» o «fake news», derriban estatuas de personajes históricos, etc. Y hoy ‎tratan de destituir al presidente saliente Donald Trump, no tanto por considerarlo el organizador ‎de lo ocurrido en el Capitolio sino porque quienes penetraron en ese recinto ven a Trump como ‎su líder. Ninguno de esos “herejes” debe quedar sin castigo. ‎

Los puritanos del siglo XVII practicaban confesiones públicas como medio de alcanzar la vida ‎eterna. Sus sucesores, los neopuritanos del siglo XXI, pretenden alcanzar el mismo objetivo ‎fustigándose por el «privilegio blanco». Ultra-multimillonarios como Jeff Bezos, Bill Gates, Arthur ‎Levinson, Sundar Pichai, Sheryl Sandberg, Eric Schmidt, John W. Thompson y Mark Zuckerberg ‎promueven una nueva «ideología» que plantea la superioridad del «hombre numérico» sobre el ‎resto de la humanidad y dicen aspirar a vencer la enfermedad y la muerte. ‎

Hace tiempo que esas personas, supuestamente tan racionales, se han alejado de la razón, tanto ‎que, según estiman dos tercios de los estadounidenses, ya se ha vuelto imposible entenderse ‎con ellos sobre hechos básicos. Aclaro que al escribir esto no me refiero a los “trumpistas” sino ‎a los neopuritanos. ‎

El fanatismo que hoy exhiben ya dio lugar a la guerra civil inglesa, a la guerra de independencia ‎estadounidense y, finalmente, a la Guerra de Secesión. El principal temor del presidente Richard ‎Nixon era que llegara a provocar una cuarta guerra en Estados Unidos. Esa es la posibilidad que ‎hoy se cierne sobre ese país. ‎

Una parte del poder ya ha pasado de las instituciones democráticas nacionales a las manos de unos cuantos ‎ultra-multimillonarios. Estados Unidos ya no es el país que alguna vez conocimos. Y ‎ha comenzado su agonía. ‎

*Red Voltaire



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