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Edición 330 | ||||
Escrito por Eduardo López Betancourt | ||||
Jueves, 26 de Febrero de 2015 09:30 | ||||
Cuando López Portillo mal gobernó el país, me dediqué a la importación de vinos, particularmente de Europa y Chile; asimismo de libros y figuras de porcelana; pero de modo sistemático, fui víctima de todo tipo de “atracos aduanales”; me topé con muchos entes en verdad “hambrientos” y “putrefactos” hasta la saciedad, incluidos altos funcionarios, sin dejar de lado a seres mangantes de sindicatos portuarios, los cuales, sin mayor prudencia, abrían contenedores para extraer artículos al por mayor; por supuesto, ello después de haber cubierto la respectiva y obligada “mordida”. Por más que se diga, las cosas no han cambiado un ápice. Semáforos inútiles
Teóricamente, para acabar con la corrupción se inventaron los semáforos fiscales, esto es, cada viajero aprieta un botón y si aparece luz verde puede pasar sin ser objeto de revisión, empero se les checarán sus cosas si el dispositivo marca rojo. No obstante, hoy dichos semáforos no sirven para nada, ya que cuando el empleado aduanal –por lo general, un individuo sátrapa, prepotente, arbitrario e insolente– considera sospechoso algún bulto o maleta, sin el más mínimo respeto al pasajero, “hurga” con sus manos sucias todo el equipaje, incluidas prendas íntimas.
Arbitrariedades En el pasado cercano, tuve una horrenda experiencia. Acudí a la ciudad de San Diego a un evento académico, al que convocó el destacado jurista y juez norteamericano, Rafael Arreola, quien al finalizar el compromiso, amablemente nos acompañó a mi familia y a mí al aeropuerto de Tijuana; pero al pasar por la garita de Otai, aproximadamente a las 12:34 p.m. fuimos “asaltados” por dos sujetos de aduanas, cuyos supuestos nombres eran Rogelio Beltrán y Fernanda López, digo supuestos, porque no traían consigo ninguna identificación que así lo confirmara. Beltrán y López, en forma abusiva bajaron una maleta modesta, obviamente no traía nada, pero con actitud soberbia y colmada de desprecio, Fernanda López espetó, “los chilangos siempre llevan cosas de más”; ante ello evidentemente protesté, y le pedí hablar con su supervisor, pero de manera prepotente dijo “yo soy la supervisora”, agregando “si quiere puedo detener su maleta y lo más seguro es que pierda el vuelo”; ante tal cinismo, tuve que literalmente “comerme mi coraje” y aceptar la arbitrariedad de esos sátrapas. Lo que no hice ni haré, es formular una queja, ya que como señalé en líneas anteriores, perdería el tiempo. En México tenemos a los peores servidores públicos del planeta, no importa del partido que provengan, casi todos son descuideros, mandrias e inicuos. Para combatir este mal endémico, debe hacerse una asepsia a profundidad, empezando por las altas esferas gubernamentales, algo que parece imposible, más resulta esencial mantener la esperanza.
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