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Edición 250

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Denuncia y riesgo

JOS√Č ANTONIO CRESPO

El gobierno federal ha insistido siempre que los ciudadanos denunciemos los delitos del que seamos víctimas, así como movimientos sospechosos que ocurran a nuestro rededor y que podrían ser propios del crimen organizado.

Recientemente, el secretario de Gobernaci√≥n, Francisco Blake, recomend√≥ que perdamos el miedo para hacer denuncias an√≥nimas como ingrediente esencial de la estrategia contra el crimen y la inseguridad. Se puede coincidir con dicha afirmaci√≥n; con denuncias p√ļblicas se podr√≠a avanzar significativamente contra la delincuencia, organizada o no.

Pero, a su vez, eso requiere de algo que no prevalece en nuestra sociedad; confianza en las instituciones p√ļblicas, las polic√≠as, la procuraci√≥n de justicia, jueces y tribunales. No hay dicha confianza porque tales instituciones est√°n profundamente corrompidas, son ineficaces, torpes, negligentes y altamente penetradas o cooptadas por el crimen organizado. Hacer una denuncia implica una elevada probabilidad de estar denunciando al criminal ante el propio criminal, poni√©ndonos de inmediato en riesgo.

 

PARAJOSANTONIO

Marisela Escobedo.

Y la denuncia anónima, que protege nuestra identidad, puede prestarse -como se ha prestado- no sólo a bromas de mal gusto, sino a tender trampas sobre policías y militares. Con lo cual, la eficacia de tales denuncias se reduce significativamente. Y qué ciudadano quiere tomarse la molestia, o ponerse en riesgo -pese al anonimato- , ante lo que será una medida probablemente ineficaz. Mejor seguir cada quien en lo suyo. En un país tan disfuncional como México, parece lo más racional.

La disfuncionalidad mexicana se refleja como fiel espejo en los casos de las activistas Isabel Miranda de Wallace y Marisela Escobedo, que corrieron con suerte diversa. Ante la ineficacia o desd√©n de polic√≠as y ministerios p√ļblicos, decidieron hacer una investigaci√≥n particular para encontrar a los asesinos de sus respectivos hijos (Hugo y Rub√≠). En el caso de Hugo Wallace, hab√≠a sido v√≠ctima de secuestro,¬† cercenado despu√©s con una sierra el√©ctrica. No puede a√ļn saberse con certeza si se trat√≥ de negligencia policial o colusi√≥n con los secuestradores; la banda de secuestradores era dirigida por un ex polic√≠a, C√©sar Freire. Una vez localizados los secuestradores, hubo de presionar a la polic√≠a -que prefiri√≥ hacerse guaje- para su captura. Despu√©s hubo de ejercer estrecha vigilancia sobre Ministerio P√ļblico y jueces, tan dignos de desconfianza como los propios secuestradores.

El caso de Marisela Escobedo es parecido, pero con desenlace m√°s tr√°gico; hubo de descubrir al asesino de su hija ante la ineficacia policial, que result√≥ ser el marido de la v√≠ctima, Sergio Barraza. Una vez aprendido, Barraza se confes√≥ culpable del horrendo crimen (pues descuartiz√≥ e inciner√≥ a su mujer). Es cierto que en el nuevo modelo de justicia la confesi√≥n no basta como indicio determinante, pero la prueba de culpabilidad la dio el propio asesino; dijo d√≥nde enterr√≥ los restos de su v√≠ctima. Con eso bastaba y sobraba para despejar dudas. Sin embargo, los jueces que lo juzgaron no lo consideraron as√≠, provocando la reacci√≥n de la se√Īora Escobedo, quien exigi√≥ la justicia que la ‚Äújusticia‚ÄĚ mexicana le deneg√≥. Detect√≥ el paradero del asesino en Fresnillo, Zacatecas, pero el gobierno de Chihuahua no actu√≥, alegando ‚Äúvaguedad‚ÄĚ en la informaci√≥n (buen pretexto para no hacer nada).

La se√Īora Escobedo protestaba frente al palacio de Gobierno de Chihuahua cuando fue asesinada, justo ah√≠. Hab√≠a recibido amenazas de muerte por los familiares de Barraza, lo que provoc√≥ que exclamara: ‚ÄúSi me van a asesinar, que sea frente al Palacio de Gobierno, para que les d√© verg√ľenza‚ÄĚ. Pero verg√ľenza es lo que menos les da.

El gobierno hab√≠a proporcionado una ‚Äúprotecci√≥n discreta‚ÄĚ, tan discreta que no sirvi√≥ de nada; muri√≥ la activista y escaparon los asesinos. Ahora el gobierno dice que procesar√° a los jueces que dejaron ir a Sergio Barraza. ¬ŅHubo de morir la se√Īora Escobedo para ello? S√≠. La pregunta inevitable es; ¬Ņc√≥mo ganar una guerra contra el crimen - organizado y no- con un sistema policial, ministerial y de justicia tan ineficaz y corrupto como el mexicano? La respuesta es obvia; no puede ganarse‚Ķ aunque, en su obcecaci√≥n, no quiera verlo Felipe Calder√≥n.

 

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Investigador del CIDE.

 

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