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Edición 376

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El triunfo de AMLO y sus promesas de transformar a México activaron todas las resistencias contra el cambio verdadero, y se está viendo que no son fuerzas menores.

Resistencias al cambio

Feliciano Hernández*

TODAVÍA NO ES DEFINITIVO, pero ya influyeron en su decisión de corregir o matizar algunas de las propuestas, como es el caso en las licitaciones para la explotación petrolera, así como en la continuación del nuevo aeropuerto para la ciudad de México.

A ESTOS DOS megaproyectos, que de una u otra forma van a marcar al gobierno de Peña Nieto y al sucesor, el entonces candidato presidencial había prometido cancelarlos por ser “inconvenientes” para el país.

Chicago, Illinois. La transformación de México en su cuarta versión, según lo anticipado por Andrés Manuel López Obrador, corre el riesgo de naufragar si el entrante mandatario sigue cediendo terreno a los que resisten al cambio verdadero, dejando de lado que los electores le dieron amplia mayoría para emprender las reformas sin mayores obstáculos.

Todavía es temprano para hacer un juicio de lo que viene en todo un sexenio, pero no son buenas señales que AMLO decida continuar con los dos megaproyectos incubados por los empresarios y el gobierno de Peña Nieto y desaprobados por el entonces candidato no por buenos o malos en sí mismos, sino por responder primeramente a los intereses de sus impulsores antes que a las necesidades del país.

Independientemente de la utilidad de los dos megaproyectos del sexenio, que son el nuevo aeropuerto para la ciudad de México y las licitaciones para la explotación petrolera por empresas privadas, la cancelación de éstos fueron dos promesas con las que el candidato convenció a amplios sectores de quienes votaron por él; si finalmente AMLO sigue adelante, se van a sentir defraudados con el cambio de parecer.

Lo que se percibe es que AMLO quisiera quedar bien con dios y con el diablo al mismo tiempo, y llevársela bien con todos, como cuando fue Jefe de Gobierno en el entonces Distrito Federal. Su pragmatismo de los últimos meses, que exhibió a la vista de todos, era necesario y entendible desde una perspectiva incluyente, pero debe tener límites. Y uno de estos es que cumpla sus promesas a favor de las mayorías que exigimos un cambio.

De otra manera él será la decepción para unos y la burla para otros. Y a final de cuentas los que mayor carga le van a representar son los que votaron por su agenda de cambios, no los pobres o ricos que pensaron en las concesiones que les pueda otorgar. Lo demás no les importa.

Los obstáculos son muy poderosos

LOS OPOSITORES al cambio tienen varias cabezas visibles y muchos camuflajes. Unos son empresarios ideologizados y movidos únicamente por eso; otros son inversionistas y lo que los preocupa es el futuro de sus capitales; algunos son influyentes académicos o intelectuales y periodistas, con criterio propio o simples alfiles de intereses cupulares.

La lista incluye a toda la clase política: los dirigentes y seguidores de los partidos perdedores de la elección, por sí mismos o representados en el Congreso, y junto a ellos algunos importantes medios de difusión.

Las resistencias también están donde menos se las podría imaginar y son verdaderos caballos de Troya: se trata de algunos integrantes del propio círculo del gobierno entrante, diputados y senadores, gobernadores o altos funcionarios a quienes sólo interesa servirse del poder y no poder servir a los gobernados. Y no pasará mucho tiempo antes de que los electores nos demos cuenta de quienes son esos infiltrados indeseables.

No sobra recordar que el gobierno bajo el sistema republicano que impera en México, se divide en tres poderes: Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Esas tres instancias conforman lo que llamamos gobierno. A no poca gente se le olvida que los integrantes de estos tres poderes son corresponsables del mal estado de cosas en México.

Bajo el presidencialismo mexicano, todo lo bueno o malo se le carga al titular del Ejecutivo, mientras que los representantes de los otros dos poderes se esconden durante las situaciones adversas, y cuando les conviene entonces dan la cara; pero no, también son o deben ser responsabilizados de los fracasos nacionales en todos sus aspectos.

Los diputados del gobierno entrante con mayoría de Morena ya dieron un pésimo ejemplo de sus verdaderas motivaciones al traicionar su compromiso de reducir sus ingresos al 50 por ciento y reservarse para sí mismos la atractiva suma vigente en la Legislatura previa de 147 mil pesos de ingresos mensuales (75 mil de “dieta”, como tramposamente llaman a su sueldo; 47 mil por asistencia legislativa y 25 mil para apoyo a su gestión). Eso es mucho más de lo que estableció AMLO para sí mismo como sus ingresos en su calidad de titular del Ejecutivo. ¿Y dónde quedó el compromiso de los diputados de Morena de que nadie gane más que el presidente?

Las cabezas visibles

Desde antes de la elección y ya con una sólida ventaja, AMLO comenzó a sentir las presiones de grupos y personas en concreto, temerosos de que el cambio las sacara de la jugada. Luego en las primeras semanas de AMLO como presidente electo algunos se destaparon abiertamente como opositores al cambio, tratando de convencerlo de seguir por el camino previo o amenazándolo veladamente.

Una de estas fuerzas contra el cambio, que ha llamado la atención de un gran público por lo inesperado que resultó, es la del periodista Raymundo Riva Palacio, columnista del diario El Financiero, posiblemente no tan famoso como algún presentador de noticias en televisión, pero ni más ni menos que un respetado veterano de larga carrera en los medios.

Para los lectores no muy enterados en la materia, han de saber que Riva Palacio ha sido director de los más importantes medios, como El Universal, Milenio, la agencia Notimex, y otros. También ha sido destacado reportero y columnista, corresponsal internacional, y un largo etc.

Por momentos Riva Palacio ha sido unas de las voces más centradas, objetivas y oportunas como crítico o como directivo o simple informador durante varios sexenios en que le tocó dar cuenta del acontecer nacional y sus entrañas, muchas veces aportando información exclusiva a sus no pocos lectores.

No sorprende que en estos momentos históricos que atraviesa México ante la expectativa de un cambio de fondo en su devenir, ciertos periodistas estén como puntas de lanza de inconfesables intereses, antipopulares por supuesto, pero inquieta que Riva Palacio esté sonando más que ellos como saboteadores del cambio verdadero.

Las columnas que ha publicado el aludido, posteriores al histórico uno de julio, dan cuenta de lo dicho en estas líneas. En sus textos de El Financiero, Riva Palacio ha expresado en tono molesto su oposición a las reformas anunciadas por AMLO, ante su inminente entrada en vigor, y cuando todavía como presidente electo AMLO reconsideró sus propuestas, el periodista lo justificó una y otra vez: “Se vale rectificar”.

Así lo hizo ante el anuncio de AMLO de continuar con las licitaciones petroleras, por ejemplo. En otros casos se lanzó ferozmente contra el presidente electo y su anunciado titular de Comunicaciones y Transportes, Jiménez Espriu, ante la indecisión de estos frente a la encrucijada de continuar el nuevo aeropuerto en Texcoco o cancelar el proyecto.

Riva Palacio agarró a AMLO del cuello y no lo soltaba, un día y otro también. Lo más indignante para quienes votamos por el cambio es que este periodista haya justificado la vida paradisiaca de la alta burocracia con argumentos superficiales y simplones, totalmente a favor de mantener el statu quo de privilegios de esa clase dorada ineficiente y corrupta, apoyándose en algunos estudios de especialistas que bajo sus propios enfoques y conveniencias analizaron los temas polémicos.

Riva Palacio apuntó que, si se les reducían sueldos y otras prestaciones a los burócratas, como seguros médicos privados, la administración pública iba a entrar en shock. Y advirtió de renuncias y otras consecuencias casi apocalípticas para el gobierno de AMLO.

Cabe preguntar si el periodista simplemente respondió en su derecho a la libre expresión, como afectado en lo personal por los cambios anunciados, o en defensa de otros intereses. Porque antes Raymundo no dio mayor importancia a esos planteamientos reformadores de AMLO. Quizás porque calculaba que el persistente tabasqueño nunca llegaría al poder, pero cuando esa posibilidad se convirtió en realidad inevitable, Raymundo sacó al ultraconservador neoliberal que llevaba escondido y que disfrazó con una máscara de crítico light.

A este periodista, algunos lectores le respondimos en comentarios dejados en sus columnas que si esa alta burocracia fuera eficiente ningún inconveniente tendríamos en que estuvieran bien pagados, pero todo lo que hemos visto en estos lustros es que cobran mucho para sus malos resultados, a pesar de sus doctorados y maestrías de universidades privadas, porque dejan a México hecho un desastre: con 60% de la PEA en el desempleo y sobreviviendo en la informalidad; con los peores resultados en educación entre los miembros de la OCDE; con los más bajos sueldos en el marco del TLC, tanto que fue condición de los socios norteamericanos elevarlos para continuar con el acuerdo comercial; con una deuda pública interna y externa impagable, que acrecentaron por aumentar el gasto corriente, es decir sus privilegios, etc. etc.

Y en su cruzada contra el cambio (De reversa, Papi; El Financiero, 14 de septiembre) Raymundo se ha sobrepasado al descalificar, al modo alemanezco, a los críticos de sus posiciones, asumiendo que solo él tiene ese derecho de expresarse y que los lectores debemos guardar silencio y tragarnos sus palabras. Dirán algunos que no es obligación leerlo. Pero esa no es la respuesta. El derecho a expresarse es de todos y el que se lleva se aguanta.

Raymundo: ¿Por qué vamos a mantener los mexicanos lujos de burócratas incompetentes, con todo y sus maestrías y doctorados? Que se vayan y lleguen otros quizás mejores.

Para los que llevamos treinta años oponiéndonos al neoliberalismo excluyente y retardatario, sumados a las protestas de la izquierda democrática, la oposición de Raymundo nos parece más que sospechosa, inaceptable en un periodista de sus características, como las mencionadas líneas antes.

Un periodista comprometido con la sociedad de su tiempo opera bajo códigos que honran la profesión, abandera el sentir mayoritario, por equivocado que pudiera parecer, sin dejar de considerar la sentencia histórica latina como asidero básico para el análisis: vox populi, vox dei –la voz del pueblo es la voz de Dios-. (Y eso que a veces las masas se equivocan, y cómo no, si son manipuladas).

Por eso, a no pocos lectores y colegas de él que lo hemos seguido en su trayectoria nos ha sorprendido este marcado interés de Riva Palacio de pronunciarse contra el cambio, de descalificar a distinguidos miembros del gabinete de AMLO, diciendo que “no saben de administración pública”, proyectándose con toda claridad como un saboteador del cambio.

Podría ser simple coincidencia, pero luego de los columnazos de Riva Palacio en El Financiero, a las pocas horas o días miembros del gabinete de AMLO y el propio mandatario entrante salían a “rectificar”, a dar marcha atrás a las iniciativas de cambio.

Sus motivos, tendrá Riva Palacio para abanderar la permanencia del status de privilegios para la alta burocracia, que la mayoría de electores queremos acabar, pero el cambio tiene que ir.

Los guardianes del nuevo orden

A estas alturas del momento histórico, quien sabe si AMLO tendrá claro que una parte amplia de la sociedad lo conocemos en sus vaivenes, en la extraña simbiosis que él representa, como guadalupano y juarista al mismo tiempo.

En lo personal siempre he tenido bien claro que es un personaje que supo ganarse el aprecio de los sin voz, de los mexicanos de pie a tierra, de los adultos mayores, y de sectores medio ilustrados. Y que, al margen de sus contradicciones, era y es el único en décadas, capaz de creer en una reforma de fondo. Su Cuarta Transformación que propone es posible y es ahora o nunca.

Cabe decir que sería preferible ver que se equivoque y corrija en el camino a que permanezca en la inmovilidad, atenazado por las resistencias y amenazas de los saboteadores del cambio verdadero.

Esperamos que el presidente López Obrador resista las fuertes presiones y tentaciones que ha enfrentado y padecido, y que tenga bien claro que su compromiso de cambio verdadero y su apoyo está entre las bases que lo hemos apoyado durante todos estos difíciles años de lucha para él y sus seguidores y de frustraciones para los sectores más vulnerables cuando las fuerzas conservadoras alargaron su nefasto reinado.

Viene lo más importante. Ya festejamos el triunfo de AMLO, respaldado por fuerzas progresistas y apoyado por otras que todavía son un enigma de como actuarán en medio de la transformación que prometió como algo muy grande y que esperamos lleve a cabo.

Ahora pedimos que aterrice la agenda de cambios por lo menos en los aspectos más trascendentes: la reforma constitucional que garantice la equidad en la distribución de los ingresos; un país con oportunidades para los más vulnerables, que somos 70 millones de mexicanos, niños, jóvenes y adulto mayores, excluidos por el régimen difunto; y un sistema de transparencia y rendición de cuentas, con justicia para todos y sin impunidad.

Si en este sexenio se lograra llegar a ese estadio, habremos avanzado, y estaríamos entre las sociedades modernas y con viabilidad de largo plazo.

Pero no son los ricos ni los pobres los que van a luchar por lograr tales y tan altas metas: son las organizaciones con sus bases sociales y líderes más comprometidos junto con los sectores ilustrados los que debemos asumir el desafío de llevar esta lucha a buen puerto, porque los saboteadores del cambio son muy poderosos, están bien armados y brotan donde menos se los podría esperar.

*Periodista mexicano, radicado en Chicago, Il. USA. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

 



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